domingo, 11 de marzo de 2012

Cap. 10: Entrenamiento

Liam no se negó. Simplemente siguió conduciendo hasta llegar a un trecho de carretera que parecía vacío, exceptuando una fábrica de piscinas vacía. Apagó el motor y se quedó en silencio.
-No debería hacer esto -dijo quedamente, más para sí que para mí.
No supe qué responderle.
-No dejo de repetirme que eres una humana insignificante, que otros muchos han pasado por lo mismo que tú y que sólo cumplo con un encargo, que no tengo más remedio que hacer ésto... Pero lo cierto es que no paro de arrepentirme de cada paso que doy para llevarte al infierno.
Aguanté la respiración.
-Mi vida peligra, Alissa -por fin me miró, y vi en sus ojos cansancio y miedo, y responsabilidad y astucia y algo más que no logré identificar-. Mi vida peligra si no te entrego. Pero no dejo de replanteármelo.
-No lo hagas -susurré-. Tienes que llevarme con el diablo, si no, te llevarás tú la culpa. Puedo aprender a defenderme, si tú me enseñas.
Sonrió de mala gana.
-¿De él? No conseguirías ni mirarle a los ojos antes de morir.
Me estremecí.
-Pero esa no es la manera, Liam. No puedo rendirme. Quiero luchar contra él, porque si no... ¿qué voy a hacer? ¿Pasar el resto de mi vida huyendo de zombies y demás criaturas del infierno? ¿No poder vivir en un sitio fijo, tener hijos, casarme, y cerrar los ojos sabiendo que no me pasará nada, que estoy a salvo? No puedo hacer eso. Tengo que enfrentarme a él o intentarlo, al menos.
Sacudió la cabeza, como si yo no comprendiese algo muy importante.
-Te enseñaré, entonces.
Suspiré, me até bien los cordones de los zapatos y volví a mirarle.
-¿Por dónde empezamos?
-Ya hemos empezado.
Mascullé algo:
-Espera... lo de los cordones, ¿me has obligado tú?
-Empiezas a entender.
-¡Pero recuerdo haberlo pensado!
-Eso es porque yo te he dicho que lo recordaras. Mira, primero de todo tienes que aceptar que tienes un sentido más.
-¿Cómo?
-Escucha: cuando te he obligado a atarte los cordones, no me escuchaste con el oído ni yo hablé con la boca. Te lo he transmitido a través de mi sexto sentido al tuyo.
-Espera... es como... ¿telepatía o algo así?
-Parecido. Lo más importante es que tú consigas dominar ése nuevo sentido. Si eres consciente de que te he hablado, te cuestionarás lo que digo. Si no lo eres, directamente pensarás que el pensamiento es tuyo y lo acatarás sin más.
-Vale. Y, ¿cómo percibo si me estás hablando o es mío el pensamiento?
-Sólo intenta adivinar en qué estoy pensando.
Le miré fijamente. Sus ojos negros profundos parecían querer decirme algo, pero ¿qué era?
-¿Es un número?
Asintió, sonriendo.
-Es... 933.
-Casi. 938. Pero lo has hecho muy bien, para ser tu primera vez. Debo decir que estoy impresionado.
-Pero yo no he oído tu voz en mi cabeza ni nada por el estilo.
Alzó las cejas.
-Pues resulta que he estado diciendo todo el rato el mismo número. Algo has pillado.
Me costó un rato asimilarlo.
-¡Liam, entonces los humanos tenemos poderes ocultos! ¡Es cierto!
-Es verdad. Pero casi nadie es consciente de ello. ¿Quieres que te diga una curiosidad? El 99% de los ciudadanos sólo utilizan un 5% de su mente. ¡Todo lo demás está sellado, Alissa! ¿Sabes cuánto poder tendría una persona que pudiera dominar el 100% de su mente? Sería un monstruo.
-Vale. Quiero intentarlo otra vez.
Me concentré en recibir su pensamiento. Él me estaba hablando, lo notaba. Trataba de romper mis barreras. Yo quería dejarle, porque entonces sería capaz de resistirme. Pero había algo más.
El pensamiento entró claro en mi mente. Cuando lo escuché, supe que él no había querido decirlo. Que se le había escapado.
Aturdida, fingí no haberlo oído y me concentré en el sonido de mi corazón, latiendo. Me esforcé por que mi rostro no cambiara de expresión, y creo que lo conseguí, porque después de un rato murmuró:
-Quizá es demasiado pronto. Además, he quedado con Kondor a las doce, y sólo quedan diez minutos.
Asentí, imaginando que Kondor era ese demonio tan poderoso.
Él se bajó del coche y, justo antes de cerrar la puerta, dijo:
-Ah... Alissa, no salgas del coche. Recuerda que siempre te encuentran.
Cerró el coche con llave.
Allí sola, de noche, cualquiera hubiera dicho que me entraría el pánico. Pero la verdad es que me acurruqué en mi sillón y me quedé pensativa.
¿Era posible que hubiera oído bien? Quizá aquel pensamiento era invención mía. Quizá fuera de otra persona, en su casa, lejos de nosotros...
Pero no. Era su voz.
Eran sus palabras:
'Te amo'.

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