viernes, 23 de marzo de 2012

Cap. 13: Prisioneros

-Oh, no, Alissa, mírame. ¿Estás bien? Alissa, lo siento tanto... -Liam no paraba de disculparse una y otra vez, y yo clavaba los ojos en él, tratando de recordar cómo mover la boca para hablar-. No podía saber que ésto era una emboscada... Estás sangrando y no encuentro nada con qué curarte. Alissa, por favor, dime que estás bien.
Parpadeé, confusa. ¿Dónde había acabado? Mis últimos recuerdos giraban en torno a cierto vampiro sediento que se había abalanzado sobre mí para dejarme seca. Ahora, por lo que parecía, estaba en un lugar tranquilo, en brazos de Liam y con un dolor lacerante en el cuello y en la cabeza.
-Capullo. Me dejaste plantada -dije, dificultosamente, con una sonrisa a medias.
Él sonrió, con preocupación.
-Lo siento muchísimo. No me imagino lo que has debido de pasar ahí fuera... Yo... Bueno, pronto te lo explicaré todo. Tenemos mucho de qué hablar. Pero... primero déjame vendarte ésa herida.
Liam se arrancó la manga de la camiseta blanca que llevaba puesta y me la enrolló con cuidado alrededor del cuello. Cuando me tocó el lado derecho, donde me había mordido el vampiro, un latigazo de dolor me atravesó, y reprimí un grito.
-Lo siento.
-¿Voy a convertirme en una... de ellos, Liam? -le pregunté, asustada.
Él calló.
-Por favor, necesito saber la verdad. Es mi vida.
-No lo creo. No quiso matarte, así que espero que te haya dejado con la sangre suficiente como para que tu cuerpo se cure solo. Si no...
Asentí. Ya sabía lo que pasaría si no.
-No quiero ser un vampiro. Son asquerosos. Olía a muerto y a podrido.
-Lo sé, lo sé.
No me había dado cuenta, pero se me habían saltado las lágrimas. Liam me ayudó a incorporarme y me acogió en sus brazos. Sollozando, me aferré a él como si fuera mi salvavidas. Olía a madera húmeda, y a lluvia. Era un aroma delicioso.
Unos minutos después, conseguí soltarme lo suficiente como para mirarle a los ojos.
-Hablé con el demonio. No me quiso decir la entrada al infierno... pero ahora sé por qué te busca el diablo con tantas ganas. ¿Quieres saberlo?
-Por supuesto.
-Vale -echó hacia atrás la cabeza, dejando al descubierto su escultórico cuello a poca distancia de mi rostro. Sacudí la cabeza. Tenía que concentrarme-. Escucha, Alissa. Ya sé que ésto te sonará raro, pero no eres quien crees ser. Tu lugar no está allá atrás, en la ciudad que dejamos atrás hace mucho tiempo.
-¿Qué quieres decir?
-Pues... eres adoptada, Alissa. Tus verdaderos padres no son los que te criaron.
Tomé medio minuto para asimilarlo.
-Pero, entonces... ¿quiénes son mis padres?
-Por lo que sé, son miembros del ejército oscuro. Probablemente humanos, como yo, que vendieron su alma al diablo mucho tiempo atrás. Y resulta que tú naciste con una... extraña capacidad para los poderes mentales. No me mires así, al parecer eres una niña prodigio o algo así entre los míos.
-¿Y para qué me buscan, exactamente?
-Bueno, no es muy común encontrar a alguien con unas habilidades como las tuyas. Diría que eres única, y desde luego, muy, muy poderosa, Alissa. Tanto como para ser la más fiel ayudante del diablo... o como para derrocarlo.
-¡¿Qué?! ¿Piensas que yo podría desafiar al señor del infierno y salir victoriosa?
-Eh, eh, no te adelantes a los acontecimientos. Necesitas mucho entrenamiento y apenas sabes el alcance de tus poderes mentales. Ahora mismo, el diablo es inalcanzable para ti y para cualquiera que lo intente.
Asentí, resignada. Era demasiado bueno para ser verdad.
-Liam... ¿él me quiere matar para eliminar un posible peligro?
-Sí. He oído que alguien hizo una profecía mucho tiempo atrás: La unión de dos seres consagrados al mal por obligación dará en su fruto a la derrota del más poderoso ser de la oscuridad. El diablo se lo tomó muy en serio, y ahora revuelve cielo y tierra para encontrarte. Te teme, Alissa.
-Casi tanto como le temo yo a él.
Liam asintió, comprensivo.
Nos quedamos un rato en silencio, observándonos.
-Luego, el demonio se puso muy pesado porque quería ser él quien te llevara ante el diablo, para recibir la recompensa. Peleé con él, le maté y volví al coche, pero... ¡ya no estabas! No resultaba difícil adivinar dónde te habías metido. ¡En el nido de un vampiro, Alissa! -lo dijo como si fuera obvio.
-Y yo qué sé de vampiros.
-Cuando llegué, ya estabas tirada en el suelo, inconsciente. Creí... creí que estabas muerta. Jamás me perdonaré el haberte dejado sola -parecía atormentado. Le tomé de la mano, para consolarle-. Él me vio.  Me pilló desprevenido y me encerró en ésta habitación, contigo.
-¿Seguimos en la fábrica? ¿Prisioneros del vampiro? -un deje de terror atenazaba mi voz.
Liam bajó la cabeza.
Respiré hondo y me atreví a hablar, por fin.
-Antes, en el coche... cuando estabas enseñándome a escuchar tus pensamientos... creo que oí algo.
-¿Ah, sí? -evidentemente, no era una sorpresa para él. Seguro que se había dado cuenta nada más escucharlo yo-. ¿Y qué te pareció?
-No sé... ¿no es muy pronto? Quiero decir, apenas me conoces, Liam. ¿Cuándo me... sacaste del callejón donde el zombie? ¿Ayer?
-Es mediodía. Fue anteayer -me miró a los ojos-. Sé que te parecerá extraño, pero te conozco desde mucho antes. Mucho antes de que tú supieras siquiera de la existencia de monstruos y entraras de cabeza en mi mundo. Verás, llevamos mucho tiempo buscándote.
-¿Cuánto, aproximadamente?
-Se diría que toda tu vida. Pero fue difícil encontrarte. Creo que yo fui el primero en hacerlo. La primera vez que me crucé contigo, tenías once años.
-¿Qué? ¿Llevas casi cuatro años siguiéndome la pista? Pero, ¿por qué no me secuestraste antes?
-Estaba intrigado. No quería llevar a una niña ante el diablo sin una buena razón. Pero, en fin... el tiempo pasó, el diablo me amenazó y digamos que ya no eres una niña, así que me tuve que decidir anteayer. Si lo piensas, llevamos cruzándonos muchos meses.
Me puse a rememorar los últimos cuatro años de mi vida. Sí, había momentos en los que había sentido una presencia cercana... parecida a la que sentía ahora mismo, al lado de Liam. ¿Era posible que me hubiera estado acechando cuatro años?
-Sé que es confuso para ti. No me conoces, y voy a respetar eso. Pero lo que siento es lo que siento, Alissa. Yo sí te conozco. Te he visto crecer -pareció dudar un instante-. Era inevitable que me enamorara de ti.
Bajé la vista. Nuestras manos seguían entrelazadas, y yo no pensaba soltarlas. Había algo en Liam que me atraía sin remedio, pero ¿era aquello suficiente? Con Liam me sentía a salvo, como en casa. Pero no podía olvidar que él me había secuestrado y que planeaba llevarme al mismísimo infierno. Era peligroso sentirme en casa con él.
-Liam, yo... no sé qué decir. Hay tantas cosas que no me quedan claras... por ejemplo, ¿cuántos años tienes? ¿Y cuántos tenías cuando empezaste a perseguirme?
-Tengo diecisiete. En ambos casos. Cuando hice mi juramento, el diablo me concedió cien años de eternidad como recompensa. Esos cien años caducan el año que viene.
-¿Tienes cien años? -me había quedado boquiabierta.
-Así es. Siento no habértelo dicho antes.
Me estaba costando imaginarme a Liam así de viejo. Debía de haber vivido las guerras, los descubrimientos, las crisis... todo aquello que yo misma estudiaba en historia.
Era increíble.
-Y bueno... -me revolví inquieta-. ¿Qué va a pasar con lo del infierno?
-No te llevaré allí.
Hubo un silencio pesado.
-Pero no puedes olvidarlo y punto. ¡Te meterás en problemas! El diablo te encargó que me secuestraras, no puedes ignorarle.
-Ya te digo yo que sí.
-De todas formas, vendrán otros a por mí. Nunca estaré segura.
-Sí, porque yo estaré cerca, protegiéndote. No te dejaré sola, Alissa -se encogió de hombros-. Supongo que el diablo debería pensárselo dos veces antes de utilizar humanos con sentimientos.
-No, Liam. No te pongas en peligro, por favor. No por mí.
Me acerqué a él y, con suavidad le acaricié una mejilla. Liam se estremeció a mi tacto, como si llevara mucho tiempo deseando esa caricia. Lentamente, me rodeó la cintura con un brazo, apretándome contra su torso. Nuestros rostros estaban a centímetros el uno del otro. Tenía que contenerme para no besarle.
-No puedo vivir sin ti. Si te dejara ir, no me quedaría nada que hacer salvo buscarte de nuevo.
Le sonreí, abrumada. Era difícil aceptar que aquel chico estaba enamorado de mí. ¿De mí? Anteayer le miraba con temor, y hoy con amor. ¿Cómo era posible sentir algo tan rápidamente hacia alguien? Porque, si algo sabía bien, era que el sentimiento era mutuo.
Deslicé mi mano por detrás de su cuello, hechizada por su mirada. Le quería, le quería muchísimo.
Tras comprobar que no le oponía resistencia, Liam bajó su cabeza hasta que sus labios tocaron los míos. Al principio nos besamos con tiento, para más tarde fundirnos en un fuerte abrazo, alternando los besos con caricias con palabras de amor. Liam me sujetaba como si nunca fuera a soltarme, lo que me gustaba. Aquella tarde la pasamos pegados el uno al otro, hablando, riendo, besándonos. Era todo lo que podía pedir.
Amaba a un chico que me había secuestrado hacía dos días.

jueves, 22 de marzo de 2012

Cap. 12: Intento de rescate

¿Qué se suponía que debía hacer? Eran las cuatro de la madrugada y Liam no había dado señales de vida. Estaba desesperada. Liam debía de haber terminado su reunión con el diablo hacía horas... ¿Cómo es que no había vuelto todavía?
¿Había decidido renunciar a mí? Quizá el camino hacia el infierno le pareciese difícil, y prefiriera pasar de mí totalmente. Darse la vuelta y marcharse andando. Como si no hubiera pasado nada.
Era poco probable.
También era posible que el demonio no le hubiese permitido volver. Pero, ¿qué sentido tenía aquello? ¿Para qué apresar a Liam?
-Quizá, en el camino de vuelta, le atacó algo. Un zombie o un demonio, o algo peor -susurré, para mí misma. Llevaba dos horas de infructuosos intentos de comunicación mental con mi secuestrador.
¿Por qué no podía irme y ya está? No me hacía falta registrar el coche para saber que no habría unas llaves de repuesto debajo del asiento, pero no era la primera vez que le hacía un puente a un coche, ni la más difícil. Lo había hecho con un borracho pisándome los talones, en un tiempo récord, y había conducido de vuelta a casa sin saber cómo y bebida. Estaba en perfectas condiciones de hacerle un puente a el cochazo de Liam, en medio de la nada, dentro de él y sin nadie a mi alrededor ante el quien disimular.
Simplemente, cogía el coche y me largaba.
Pero me encontrarían otros.
-¿Y qué probabilidades hay de que no te encuentren igualmente, estando aquí? Quizá ya te hayan encontrado, incluso -me revolví inquieta, clavando la vista en la negrura a mi alrededor. La fábrica de piscinas parecía tétrica a la luz de la luna, pero eso era lo de menos.
Pero no podía irme. ¿Y si Liam volvía y no me encontraba allí? ¿Y si le habían hecho daño? Iban a ser las cuatro y cuarto y todavía no tenía un plan.
-Vale, tranquila. Puedes hacer tres cosas: a) Hacerle un puente al coche y largarte sin mirar atrás. b) esperar a Liam como una tonta hasta que vuelva, si es que lo hace, o te saque de aquí otra cosa. c) salir del puto coche e ir a buscarle por tí misma.
Desde luego, la primera opción era la más viable. Volvería a mi vida normal, a mi casa. Mi madre estaría asustadísima, pero seguro que lograba convencerla de que no había peligro. Y el lunes volvería al colegio, como siempre, y tendría una aventura más de fin de semana que contar a mis compañeros.
La segunda opción... no era mi estilo. No podría aguantar ni medio minuto más allí sentada sin hacer nada. Liam ya era mayorcito, podría cuidar de sí mismo. Yo tenía que hacer lo mismo conmigo.
Y bueno... llegados a éste punto, la tercera parecía una locura. ¿Salir del coche? A saber cuántos zombies iban a saltarme encima en cuanto pusiera un pie fuera del deportivo de Liam. Además, no sabía a dónde había ido y, si habían sido capaces de hacerle daño o retenerle, yo no sería capaz de ayudarle.
Pero tenía que ir a buscarle, y ya.
Quité el seguro de un manotazo y abrí la puerta. El aire fresco me avivó las neuronas. Me sentía casi bien. Y eso sin contar los monstruos que me acecharían ya entre las sombras.
Hacía frío; nada comparado con la temperatura que hacía en la llanura durante el día. Di la vuelta al coche y abrí la puerta trasera. Liam se había dejado su cazadora de cuero atrás. Bien.
Ataviada con el abrigo de mi secuestrador (al cual al parecer iba a buscar la propia víctima), cerré la puerta en silencio. No quería que nigún ser me oyera, todavía no.
Caminé un par de pasos hacia la dirección por la que desapareció Liam. Genial, ¿ahora dónde iba? No tenía ni idea de dónde se encontraba él. Quizá habían quedado en la fábrica de piscinas, pero éso estaba a mi derecha, y Liam había ido en otra dirección. Aunque quizá había girado en cuanto había desaparecido de mi vista, para despistarme.
Indecisa, me acerqué a la puerta de la fábrica. Le di una patada, y pareció moverse un poco. Con un par de golpes más, conseguí echarla abajo.
Contemplé el edificio que tenía delante. Era más terrorífico visto de cerca. Las piscinas vacías, azuladas y agrietadas, se apilaban contra la pared exterior, como amenazando con caerse encima mío. Una desvencijada verja (que ya había sido forzada en varias ocasiones, al parecer) se balanceaba, justo enfrente de las escaleras de acceso a la construcción. Lo demás... bueno, era ideal para una película de miedo.
'Estás en una película de miedo', me dije. Zombies, demonios, secuestradores... ¿qué más queria?
-¿Liam? -susurré, apenas audible.
No recibí respuesta. Resuelta, me aventuré hacia la fábrica. Iba a buscar a Liam, al menos lo iba a intentar. No podía dejar que el miedo me dominase y salir corriendo, y huir. Eso era lo que había hecho toda mi vida. Había huido cuando el borracho me perseguía, había huido cuando el zombie me esperaba en la puerta del instituto, y también había huido esta mañana, en cuanto me vi desprovista de la vigilancia de Liam. ¿Acaso no valía más que para correr de un lado a otro?
Pasé la verja y comencé a subir los escalones. Mi corazón latía, alocado. Tenía un deseo terrible de dar media vuelta y salir corriendo, pero ahora también me daba miedo darle la espalda a la fábrica. ¿Y si Liam estaba tan cerca de mí...?
Con un crujido, abrí la puerta. Dentro, todo era oscuridad, pero logré alargar el brazo y accionar un interruptor.
Las luces, una por una, se encendieron todas mostrándome el recibidor. Aquello era todo blanco y mugriento. Era evidente que aquel lugar llevaba tiempo en desuso, pero no me explicaba cómo es que había luz todavía. Podía deberse a un mal regente o a algún tipo de problemas con la empresa de la luz, pero a mí me beneficiaba. ¿Qué importancia tenía ahora, además?
Al caminar, mis pasos resonaron por todo el espacio. Daba un poco de miedo, y además así era más fácil localizar mi posición. Pero no podía hacer nada por evitarlo, así que seguí adelante, con todas las fibras en tensión.
Revisé pasillos y más pasillos, pero ninguno mostró actividad extraña. Había pisadas sobre el polvo, pero seguramente aquel había sido el lugar de muchos botellones entre adolescentes, así que no era nada extraño.
Me asomaba un poco a las habitaciones, pero había tantas... si Liam estaba allí, tardaría siglos en encontrarle.
Hubo un momento en el que estuve segura de haber oído el chirrido de una puerta. Me volví, aterrorizada, pero todo estaba en calma. Quizá había sido el viento. O mi imaginación.
Caminé unos pasos más y entonces se hizo evidente. Alguien me seguía. Intentaba que sus pasos sonaran a la vez que los míos, pero yo escuché más cosas. Un aletear. Otro crujido en el piso.
'Por favor. Que sea un borracho medio tonto. O que sea de la mafia. Cualquier cosa menos la que creo que es', recé, acelerando el paso. El aleteo se volvió más constante, hasta que mi caminar se volvió correr. Buscaba la salida, o un sitio donde esconderme. Pero, claro, no podía huir de un vampiro.
Me interné en un pasillo oscuro, y no me dio tiempo a encender la luz. 'Mejor, así no podrá encontrarme'.
Al ver sus ojos rojos reluciendo a centímetros de los míos, un instante después, recordé que los vampiros veían mejor en la oscuridad que en la luz.
'Joder, mierda, mierda, joder'.
-¿Buscabas a alguien? -dijo, con educación, el vampiro.
-Buscaba la luz, gracias -gruñí. El vampiro no pareció moverse, pero el interruptor se accionó y el pasillo se llenó de claridad. Por fin pude verle. Tendría veintitantos años, y era joven y guapo. Quitando, claro, la palidez mortal, los ojos rojos y los colmillos afilados que le sobresalían por entre los labios.
-Sabes que te encontraré igual si intentas huir. Da igual la de luces que enciendas, siempre podré olerte.
-Me alegro de haberme duchado esta mañana -le espeté, recorriendo el pasillo con los ojos, buscando una salida.
-Oh -sonrió, y me dio verdadero pánico-. Así que eres de las peleonas.
Apenas sentí el manotazo y ya estaba en el suelo. Me había dado un golpe muy fuerte en la cabeza, me pitaban los oídos y algo se me clavaba en la espalda. Tanteé, confusa. Era algo afilado. Algo que se encontraba en el bolsillo del abrigo de Liam.
Cogí el objeto y lo sopesé, en las manos. Sabía lo que era. Pero el vampiro se lanzó sobre mí y apenas me dio tiempo a guardarlo de nuevo en el bolsillo antes de sentir cómo sus afilados colmillos se clavaban en mi cuello. Lo único que pude sentir fue dolor, y él también, porque le había propinado una patada con todas mis fuerzas en la entrepierna.
Perdí el sentido a los pocos instantes. Recordaba blanco, blanco y más blanco. Cuando, más tarde, traté de rememorar, me topé con una barrera en mi mente imposible de traspasar.
Sólo recuerdo que me desperté con Liam.

Cap 11: Espera

La verdad es que Liam se hizo de esperar, pero casi no noté pasar el tiempo. De una piedra, me quedé observando cómo su espalda desaparecía en la noche. Iba a reunirse con el demonio ése, para que le dijera cómo llevarme al infierno. Era imposible que... debía de haber oído mal. Liam no sentía nada por mí. Amistad, pena, comprensión... quizá, pero no amor. No como lo oí yo.
Sin embargo, él me había transmitido ese pensamiento. No lo había hecho voluntariamente, desde luego. Pero era tan suyo como sus grandes ojos azules, que me miraban hacía instantes con gran convicción, como asintiendo ante la afirmación.
'Te amo'. Dos palabras, mil mundos. ¿Cómo podía ser esto tan complicado?
¿Acaso era posible que Liam estuviera enamorado de mí? Pero si apenas hacía dos días que le conocía. No me lo podía creer... ¡él era mi secuestrador! Había notado que hablábamos más, pero... no se me habría ocurrido nunca que la razón por la cual él se mostraba más abierto era que se había quedado prendado de mí.
Y tenía más preguntas. ¿Qué sentía yo por él? Desde luego, me atraía de algún modo que aún no era capaz de identificar. Pero quizá eran mis hormonas revolucionadas.
Vale, Liam estaba bueno. Pero eso no significaba nada. Podría significar un noviazgo de poca monta en condiciones normales, en el instituto. Pero, ¿habiéndome secuestrado? Necesitaba mucho más que una cara bonita para que me gustara.
Ni siquiera sabía si eso era posible.
Debería odiarlo por haberme arrancado de mi vida. Aunque, claro, visto desde su punto de vista, me había salvado de morir a manos de un zombie y me llevaba hacia un destino (quién sabe) quizá mejor. Quizá todo lo que quería el diablo era felicitarme por mi cumpleaños, que era el mítico 31 de octubre.
Sacudí la cabeza. Estaba loca. El diablo había ofrecido precio por mi cabeza, viva o muerta. Estaba condenada. Aunque, igualmente, Liam me había salvado la vida de momento, porque si no fuera por él ya estaría pudriéndome en el maletero de un zombie.
No podía escapar, porque enseguida me encontraría cualquier otro monstruo que sería mucho menos amable que Liam. Quizá les convendría más llevarme muerta ante el diablo, aunque entonces recibieran menos recompensa.
Mi vida pendía de un hilo: Liam.
En ése momento, me di cuenta, nerviosa, de que Liam llevaba ya mucho tiempo fuera. ¿Cuánto duraba una reunión normalizada con el demonio más poderoso de la zona? Había pasado casi hora y media desde que lo había visto por última vez. Empecé a precuparme.
'Liam puede cuidarse por sí solo, no seas tonta', me dije. Él sabía lo que le convenía, y también lo que me convenía a mí. Me había dicho que no saliera del coche. Era peligroso, ciertamente.
Ojalá me hubiera dicho cuánto tiempo tardaría en volver. Como una estúpida, me di cuenta de que ni siquiera sabía dónde había quedado con Kondor. Quizá en la fábrica de piscinas desierta, pensé. Pero no creía. Demasiado cerca. Sabía que a Liam no le gustaría estar tan visible.
Pasó media hora más. Eran las dos de la noche y no podía parar de estrujarme los dedos.
'Liam, ¿dónde estás?' pensé con todas mis fuerzas. Quizá él consiguiera captar mi pensamiento. Quizá podía oírme a distancia.
Pero la noche era cada vez más negra y en mi cabeza no había más voces que la mía.

domingo, 11 de marzo de 2012

Cap. 10: Entrenamiento

Liam no se negó. Simplemente siguió conduciendo hasta llegar a un trecho de carretera que parecía vacío, exceptuando una fábrica de piscinas vacía. Apagó el motor y se quedó en silencio.
-No debería hacer esto -dijo quedamente, más para sí que para mí.
No supe qué responderle.
-No dejo de repetirme que eres una humana insignificante, que otros muchos han pasado por lo mismo que tú y que sólo cumplo con un encargo, que no tengo más remedio que hacer ésto... Pero lo cierto es que no paro de arrepentirme de cada paso que doy para llevarte al infierno.
Aguanté la respiración.
-Mi vida peligra, Alissa -por fin me miró, y vi en sus ojos cansancio y miedo, y responsabilidad y astucia y algo más que no logré identificar-. Mi vida peligra si no te entrego. Pero no dejo de replanteármelo.
-No lo hagas -susurré-. Tienes que llevarme con el diablo, si no, te llevarás tú la culpa. Puedo aprender a defenderme, si tú me enseñas.
Sonrió de mala gana.
-¿De él? No conseguirías ni mirarle a los ojos antes de morir.
Me estremecí.
-Pero esa no es la manera, Liam. No puedo rendirme. Quiero luchar contra él, porque si no... ¿qué voy a hacer? ¿Pasar el resto de mi vida huyendo de zombies y demás criaturas del infierno? ¿No poder vivir en un sitio fijo, tener hijos, casarme, y cerrar los ojos sabiendo que no me pasará nada, que estoy a salvo? No puedo hacer eso. Tengo que enfrentarme a él o intentarlo, al menos.
Sacudió la cabeza, como si yo no comprendiese algo muy importante.
-Te enseñaré, entonces.
Suspiré, me até bien los cordones de los zapatos y volví a mirarle.
-¿Por dónde empezamos?
-Ya hemos empezado.
Mascullé algo:
-Espera... lo de los cordones, ¿me has obligado tú?
-Empiezas a entender.
-¡Pero recuerdo haberlo pensado!
-Eso es porque yo te he dicho que lo recordaras. Mira, primero de todo tienes que aceptar que tienes un sentido más.
-¿Cómo?
-Escucha: cuando te he obligado a atarte los cordones, no me escuchaste con el oído ni yo hablé con la boca. Te lo he transmitido a través de mi sexto sentido al tuyo.
-Espera... es como... ¿telepatía o algo así?
-Parecido. Lo más importante es que tú consigas dominar ése nuevo sentido. Si eres consciente de que te he hablado, te cuestionarás lo que digo. Si no lo eres, directamente pensarás que el pensamiento es tuyo y lo acatarás sin más.
-Vale. Y, ¿cómo percibo si me estás hablando o es mío el pensamiento?
-Sólo intenta adivinar en qué estoy pensando.
Le miré fijamente. Sus ojos negros profundos parecían querer decirme algo, pero ¿qué era?
-¿Es un número?
Asintió, sonriendo.
-Es... 933.
-Casi. 938. Pero lo has hecho muy bien, para ser tu primera vez. Debo decir que estoy impresionado.
-Pero yo no he oído tu voz en mi cabeza ni nada por el estilo.
Alzó las cejas.
-Pues resulta que he estado diciendo todo el rato el mismo número. Algo has pillado.
Me costó un rato asimilarlo.
-¡Liam, entonces los humanos tenemos poderes ocultos! ¡Es cierto!
-Es verdad. Pero casi nadie es consciente de ello. ¿Quieres que te diga una curiosidad? El 99% de los ciudadanos sólo utilizan un 5% de su mente. ¡Todo lo demás está sellado, Alissa! ¿Sabes cuánto poder tendría una persona que pudiera dominar el 100% de su mente? Sería un monstruo.
-Vale. Quiero intentarlo otra vez.
Me concentré en recibir su pensamiento. Él me estaba hablando, lo notaba. Trataba de romper mis barreras. Yo quería dejarle, porque entonces sería capaz de resistirme. Pero había algo más.
El pensamiento entró claro en mi mente. Cuando lo escuché, supe que él no había querido decirlo. Que se le había escapado.
Aturdida, fingí no haberlo oído y me concentré en el sonido de mi corazón, latiendo. Me esforcé por que mi rostro no cambiara de expresión, y creo que lo conseguí, porque después de un rato murmuró:
-Quizá es demasiado pronto. Además, he quedado con Kondor a las doce, y sólo quedan diez minutos.
Asentí, imaginando que Kondor era ese demonio tan poderoso.
Él se bajó del coche y, justo antes de cerrar la puerta, dijo:
-Ah... Alissa, no salgas del coche. Recuerda que siempre te encuentran.
Cerró el coche con llave.
Allí sola, de noche, cualquiera hubiera dicho que me entraría el pánico. Pero la verdad es que me acurruqué en mi sillón y me quedé pensativa.
¿Era posible que hubiera oído bien? Quizá aquel pensamiento era invención mía. Quizá fuera de otra persona, en su casa, lejos de nosotros...
Pero no. Era su voz.
Eran sus palabras:
'Te amo'.

Cap. 9: Curiosidad

-¿Cómo es posible que no sepas cómo entrar al infierno? -pregunté. Llevaba media hora interrogando a Liam sobre los seres sobrenaturales, el infierno, el diablo y demás cosas que deberían asustarme, pero que en realidad sólo me suscitaban curiosidad.
-No es tan fácil. Nunca he estado allí personalmente, porque no es un lugar muy... agradable, que digamos. Allí van los seres humanos más malvados, después de morir. De allí salen los zombies y todo tipo de monstruos.
-Pero, a ver, ¿cómo piensas averiguar el camino?
-Esta mañana fui a pedir cita con un demonio muy poderoso. Estoy seguro de que él me dará alguna pista, pero nunca me dirá directamente cómo llegar al infierno. Está prohibido.
-¿Quién se enteraría?
-Lo saben todo, Alissa. Si yo, o cualquier otra persona, dice cómo entrar en el infierno en voz alta, aquí, en la superficie... será aniquilado por las llamas.
-Es bueno saberlo.
Hubo un breve silencio:
-Liam -dije, midiendo mis palabras-. ¿Por qué me cuentas todo esto? Se supone que no debería saber nada, ¿verdad?
-Es verdad.
Otro silencio.
-¿Y?
-Es que no puedo soportar tener que llevarte al infierno sin saber de qué va todo. No me han prohibido expresamente que te lo diga. De hecho, no creo que se esperaran que fueras tan... curiosa. Supongo que esperaban que te pusieras a llorar a las primeras de cambio y me dejases en paz el resto del trayecto.
-¿En serio?
Se encogió de hombros. Miré por la ventanilla. Habíamos salido del desierto (resulta que todo el rato había estado yendo en la dirección contraria, de modo que hubiera tardado más de una semana en encontrar vida) y nos habíamos internado en una pequeña zona comercial, con algunas chabolas, fábricas decrépitas, almacenes y, más que nada, clubs.
Liam me había convencido de no volver a intentar escapar nunca más. Con él estaba segura (bueno, al menos hasta que llegase al infierno) pero si me iba, no sólo me volverían a encontrar enseguida sino que serían otros más crueles y quizá prefirieran matarme antes que entregarme al diablo.
Liam me había contado que existían demonios, vampiros, hombres lobo, brujas, zombies, fantasmas, furias, etc. y que todos ellos estaban volcados a encontrarme porque el diablo había ofrecido la eternidad a quien me matase y la inmortalidad a quien me le llevase viva.
-¿Qué diferencia hay...? -empecé a preguntar, pero él ya se me había adelantado.
-La eternidad significa no envejecer; si no te matan, puedes vivir eternamente. Pero la inmortalidad supone inmunidad casi completa. Sólo teniendo una daga o veneno de sangre se puede matar a un inmortal.
-¿Cómo de sangre?
-Significa que se vuelven mágicos haciendo un sacrificio.
Asentí. Tenía tantas preguntas... pero no quería meter a Liam en problemas por contarme éstas cosas. Después de pensar ésto dos veces, y recordar que él me había secuestrado para llevarme al infierno, sacudí la cabeza y dije:
-¿Cómo puedo defenderme de los monstruos del infierno, Liam?
-No puedes.
-Pero tiene que haber una manera...
-Tú, no. Eres demasiado débil, Alissa. Cualquiera de nosotros podría obligarte a hacer algo y tú no enterarias. No me refiero a algo físico, sino mental.
Abrí la guantera y puse el mapa dentro, que había llevado en las manos todo el rato desde que entré al coche.
Él se rió quedamente:
-¿Lo ves?
-¿El qué?
-No has sido tú la que ha enviado la orden de guardar el mapa; yo te he obligado a hacerlo y no te has dado ni cuenta.
-¡¿Qué?! -exclamé, flexionando los dedos para asegurarme de que yo tenía el control sobre mis manos.
Se rió de nuevo.
-Qué gracia -gruñí. Estuve un rato mirando por la ventana, y finalmente dije-: Liam, quiero que me enseñes a protegerme de ese control mental. Así, al menos, tendré algo para defenderme cuando esté en el infierno.

Cap. 8: Huída.

Me desperté con una resaca de mil demonios. Conseguí levantarme y vi que estaba en el mismo sofá donde me senté anoche, con la curiosa pareja inconsciente sentada delante. Menuda escena; no me costaba imaginarme durmiendo exactamente igual que ellos, momentos antes.
Me tambaleé por la casa, hasta que encontré un baño. Me miré al espejo y vi que aún seguía con la plasta de vinagre en el cuello. Ya no me dolía lo más mínimo. Por lo demás, estaba despeinada, sucia y ojerosa. Me di cuenta que desde la pelea con el zombie aún no me había limpiado sus trozos de piel de las manos y cuello. Me lavé la cara, asqueada. Viendo que no era suficiente, me duché con rapidez, deseando que Liam hubiera salido o estuviera durmiendo aún.
Cuando salí de la ducha, obervé mi pila de ropa maloliente a zombie y suspiré. Me puse un suave albornoz de seda que debía de pertenecer a la mujer de la casa y me aventuré por el pasillo.
Me encontraba un poco mejor. Tenía la cabeza más despejada, y ya no me sentía sucia e infectada. La cabeza me daba vueltas, pero eso era por la cantidad de Vodka ingerido anoche.
No era la primera vez que me emborrachaba, ni tampoco la peor, de modo que no le presté atención. Fui buscando por las habitaciones hasta que encontré una con un armario enorme lleno de ropa de mujer. No era mi estilo, pero no me podía permitir ser exquisita.
Por la cantidad inmensa de ropa, imaginé que la dueña dedicaba mucho tiempo a su vestuario. Decidí no coger nada de ahí, por si se daba cuenta de que le habían desaparecido algunas prendas. Me puse a rebuscar en el fondo del armario, donde había unas cajas de ropa, cerradas y con etiquetas. 'JAMIE 3-5', 'LOUISE 15', 'HENRY 6-12 MESES'... Parecían ropas clasificadas por edades. Abrí la de Louise y encontré unos vaqueros pitillo negros más o menos de mi talla, y una camiseta ancha y cómoda dorado desteñido. También me cogí ropa interior, porque dudaba que fuera a poder cambiarme en bastante tiempo.
Me fui al baño con todo ello y me cambié. Estaba bastante cómoda, además la dueña no se daría cuenta de que faltaba hasta que abriera las cajas, esperaba que dentro de bastante tiempo. Si es que no pensaba que se habían extraviado mientras la ordenaba.
Una vez vestida, me puse los calcetines de Louise y mis propias Converse negras, e hice un rollo con mi anterior ropa, dispuesta a tirarla cuanto antes. Dejé el albornoz donde estaba, esperando que no se notase. Luego, busqué en los cajones hasta hallar un cepillo aceptable y me concentré en desenmarañar mi pelo. Lo malo de tenerlo rizado y largo era que se enredaba muy fácilmente. Estuve un rato intentando peinarlo, pero al final me rendí y me hice una coleta alta.
Salí del baño, busqué una bolsa de plástico y metí dentro mi ropa. La puse al lado de la puerta, para no olvidarme.
Cuando fui a la cocina, empecé a preocuparme. ¿Dónde estaba Liam? No era posible que se hubiera ido, ¿verdad? No me podía haber dejado allí con la pareja inconsciente que podría despertarse en cualquier momento. Además, si me había secuestrado, ¿qué demonios hacía marchándose y dejándome sola?
Pensé en escapar, pero al asomarme a la ventana, desistí. ¿Dónde demonios estaba? No se parecía en nada a mi comunidad. A mi país, a decir verdad. ¿Era posible...? No, no podía haber dormido tanto como para no darme cuenta de que salíamos del país.
Cuando abrí la nevera, me di cuenta del tremendo hambre que tenía. Me cogí un yogur del fondo, y comí algo de sobras de aquí y allá, intentando que no se notara demasiado. Era vegetariana, y no había mucho que pudiera comer allí; la mayoría contenía carne o pescado.
Después, me corté una rebanada de pan y una de queso y me la comí, con hambre.
Alcancé a oír un gruñido desde el salón para saber que tenía que salir corriendo si no quería que me incriminasen por allanamiento de morada y agresión a los inquilinos. Volé hasta el pasillo, con mi rebanada de queso en la mano, y agarré la bolsa de ropa. Abrí la puerta con el mayor cuidado posible, mientras oía cómo una voz de mujer confundida decía:
-¿Arthur?
Cerré la puerta en silencio y me escabullí porche abajo con mi bolsa.
Una vez fuera, tenía que pensar qué hacer.
Me acerqué al coche, vigilando que Liam no se hubiese quedado allí a dormir. No, estaba vacío. Me pregunté vagamente dónde se habría metido aquel chico mientras probaba la puerta. No me lo podía creer, ¡estaba abierto!
Pensé rápidamente. Abrí la puerta de atrás y dejé allí la bolsa con mi ropa. Después, revisé la guantera hasta que hallé un mapa y mi móvil. Debía de habérmelo quitado mientras dormía.
El móvil estaba apagado y sin la tarjeta SIM, así que lo dejé allí. Pero el mapa indicaba que estábamos en una zona árida bastante lejana de mi ciudad, pero aún así en mi país.
Cerré las puertas y me encaminé hacia lo que creía que era el oeste. Era la dirección en donde se encontraba la ciudad más cercana. Apreté el paso, consciente de lo visible e indefensa que estaba allí, en medio de la tierra yerma amarilla y sin nada de vegetación ni piedras para esconderme. Solo yo, en medio de la nada.
Caminé varias horas, y a cada rato me alegraba de haber burlado a Liam y me maldecía por no haberme traído una botella de agua. A medida que el sol se alzaba en el horizonte, más calor hacía y más evidente se hacía mi borrachera del día anterior.
El algodón del cuello me daba mucho calor, de modo que me lo quité. Para mi sorpresa, estaba lleno de pus. Me toqué el cuello, pero no había nada fuera de lo normal. Me agaché, cavé un hoyo y enterré el algodón dentro.
Seguí caminando durante horas. Ya debían de ser las cuatro de la tarde, y estaba casi segura de que Liam estaría volviéndose loco buscándome. Empezaba a arrepentirme de haberme marchado. ¿Y si la veda de Alissa seguía abierta, y venían más zombies o seres sobrenaturales a por mí? Al menos, Liam me había tratado bien, para ser un secuestrador. No podía decir lo mismo del zombie.
Además, las tripas me rugían y estaba muy cansada. Tenía agujetas de haber peleado el día anterior con el zombie, y cada dos por tres me veía obligada a ponerme de cuclillas para recuperar el resuello.
Ojalá supiera quiénes me estaban persiguiendo y por qué. Además, Liam no había querido decirme a dónde me llevaba, lo cual había concitado mis sospechas desde el principio. ¿Tan malo era?
Lo que también me preocupaba era el motivo por el que me habían elegido a mí. No tenía nada que ver con sectas ni cosas raras. ¿Era porque descendía de alguien relacionado con ellas? ¿Simplemente buscaban una rubia de ojos color caramelo? No, Liam dijo que le habían encargado venir a por mí. Que daban una recompensa.
Todas estas preguntas hacían que me doliera la cabeza. Seguía caminando hacia delante, sin parar, deseando llegar ya a la civilización. Pero lo único que había conseguido en mi estúpida huída era perderme. Hacía mucho que había perdido de vista la casa y el coche, y aún no me había topado con la carretera que, según el mapa, había a medio camino entre mi posición inicial y la ciudad.
Debía de haber pasado una hora cuando empecé a tener ésa sensación de que te observan. Me volví, con el vello de la espalda erizado, pero no vi nada del otro mundo. Sólo un inacabable desierto.
Según seguía caminando, no podía evitar volver la cabeza, como tratando de pillar a mi observador, aunque sabía perfectamente que era imposible que alguien se pudiera esconder en aquella llanura sin fin.
Caminé un rato más, hasta que sentí su presencia a mi lado. Caminaba, como yo.
Evidentemente, era Liam. Lo supe desde que me sentí observada.
-Qué buen tiempo -comenté, mientras seguía caminando como si nada. Liam se limitaba a acomodar su paso al mío y a caminar a mi lado.
Asintió, como si fuera lo más normal del mundo.
-¿Cómo me has encontrado? -le dije, sin mirarle. Seguíamos caminando.
-Cuando volví a la casa, Arthur y Leslie estaban despiertos. Me vieron. Tuve que borrarles la memoria, lo que supuso una ventaja enorme para ti. Tardé bastante.
-Guay -Liam acababa de confesarme que no era humano, o al menos, que tenía poderes ocultos.
-Luego, vi que te habías llevado el mapa y me puse a rastrear la zona. No fue difícil encontrarte, después de deshacerme de los cuatro zombies que te acechaban.
Hubo un largo silencio, en el que tuve tiempo de ponerme histérica.
-¿Cuatro zombies? ¿Me estaban siguiendo todo el rato? -chillé, con la voz ronca. Me salió más bien como un gemido.
-Alissa -Liam me cogió por el brazo y me volvió hacia él. Por fin dejamos de caminar-. No sé si comprendes que alguien muy poderoso está tratando por todos los medios de secuestrarte o matarte. Quizá ambas. Ese alguien tiene a todos los siervos más espeluznantes dedicados a rastrearte y a encontrarte. ¡No puedes ir por ahí pensando que, como te has escapado de mí, estás a salvo!
Parecía hasta preocupado por mí.
-¿Y qué propones? ¿Que me deje llevar hasta tu secta extraña para que allí me torturen o lo que sea que se proponen? No, gracias. Prefiero intentarlo al menos.
-No tienes ni una posibilidad entre mil de conseguirlo.
-¿Quién eres?
-Soy un humano, si es lo que te preocupa.
-Pues no lo pareces.
Liam gruñó.
-Entra en el coche y hablaremos.
De pronto, fui consciente de que el coche negro estaba aparcado detrás de mí. Imposible que no lo hubiese oído llegar.
De mala gana, entré en el asiento de copiloto. No iba a volver a sentarme atrás, como los detenidos.
Él abrió la puerta del asiento del conductor y puso en marcha el motor.
-Vale. Vamos por partes. ¿Cómo haces eso de aparecer de repente sin que yo me de cuenta?
-Son trucos mentales sin importancia. Eres bastante ingenua... nunca había encontrado a alguien tan fácil de engañar.
-Vaya, muchas gracias. Entonces, ¿así es cómo no te he visto cuando me daba la vuelta?
-Exacto. Y también puedo obligarte a hacer cosas, o a sentir cosas, que no son reales.
-Como cuando me llevaste sin resistencia al coche.
Asintió.
-Vale. Segunda pregunta: ¿qué clase de ser eres? O sea, ¿de dónde sacas los poderes y tal si eres humano?
Suspiró, como si no le gustara ese tema.
-Soy humano. Pero un humano a medias porque... bueno, se podría decir que vendí mi alma al diablo hace mucho tiempo.
-¿Al diablo, diablo?
-En persona. Fui un estúpido, pero gracias a ello sigo vivo. Aunque tengo que cumplir sus órdenes.
-Es él quien te ha ordenado que me raptes. No es ninguna secta, es la realidad -susurré. Vale, era mucho peor de lo que me había imaginado. ¿El diablo en persona le había puesto precio a mi cabeza? Estaba perdida.
-¿Y a dónde coño habías ido esta mañana, si sabías que yo estaba en peligro?
-Pues averiguando cómo llegar a donde tengo que llevarte, que es...
-... el infierno -le interrumpí, adivinando-. Me vas a llevar al infierno.
-Y me lo estás poniendo muy difícil.

Cap. 7: Vinagre y sus utilidades

Cuando desperté, Liam me estaba sacudiendo los hombros. Estaba tumbada horizontalmente ocupando los dos asientos traseros del coche. Al principio, me costó ubicarme; tenía un gran dolor de cabeza que hacía que me resultara difícil pensar. Liam me ayudó a salir del coche. Me tambaleé. La verdad, tenía mucha hambre y me pitaban los oídos.
-¿Qué me está pasando? -le dije, asustada.
-Es lo que ocurre cuando te ataca un zombie. Ha debido de arañarte o algo... si la herida se te infecta, estarás perdida. Ahora mismo, tu cuerpo trata de defenderse contra las células mutantes que amenazan con... bueno, con convertirte en lo que era él.
-¡¿En zombie?!- le chillé en la cara-. ¿Y me lo dices ahora? ¿Cómo puedo evitarlo?
-¡Shh! No hay nada que puedas hacer por el momento. Solo ven conmigo hasta la casa y veré qué puedo encontrarte.
En ese momento, me di cuenta de que estábamos aparcados a unos cien metros de una bonita casa en medio del campo. No quedaba duda de que eran personas adineradas. El porche se alumbraba con un tono cálido, y las ventanas del comedor se veían iluminadas.
-Dudo que éso está vacío.
-Espera y verás.
Liam desapareció de mi lado y le vi deslizarse hacia la casa. Iba directo hacia la puerta.
-¿Qué vas a hacer? ¿Les conoces? -susurré, nerviosa. Aquellos adinerados inquilinos podrían ser mi posibilidad de volver a casa. Pero, si ellos estaban con Liam... entonces no había salida.
Liam subió al porche y llamó al timbre. Noté que se comportaba como si todo aquello fuera normal, como si él no acabara de raptar a una chica en un callejón oscuro y de conducir un llamativo coche por toda la ciudad sin problemas (a pesar de que estaba segura de que no había cumplido la edad necesaria para ser legal).
Unos instantes después, un hombre rechoncho y de rostro afable abrió la puerta. Liam murmuró unas palabras, y éste le dejó pasar. Cerraron la puerta. Me quedé sola en el exterior, sintiéndome como una idiota. Quería escapar, pero estaba en medio de una llanura con nada en kilómetros de distancia, con una probable infección zombie encima y el único que parecía saber cómo se curaba era Liam. Por tanto, más me convenía seguir a su lado, al menos de momento.
Unos cuantos minutos después, se oyó un ruido sordo y Liam se asomó a la puerta.
-Hecho. ¿Pasas o qué?
Entré corriendo al salón. Allí se encontraba el hombre que había invitado a entrar a Liam y, presumiblemente, su esposa, ambos tirados en el suelo.
-¿Están muertos? -dije, arrodillándome a su lado y tomándoles el pulso.
-No, no. Demasiado cantoso. Despertarán mañana con un montón de migraña y sin recordar la noche anterior. Con un poco de suerte, pensarán que bebieron demasiado -señaló una mesa cercana, donde había una botella de tequila. Suspiré y me senté en un sofá.
-Vale. Ahora, quítame ésta infección zombie o lo que sea, antes de que me vuelva verde y quiera comer tu cerebro.
Se rió quedamente mientras revisaba la habitación, probablemente en busca de otros inquilinos. No había más. Imaginé que ya habría hablado con la pareja lo suficiente como para saber que vivían solos.
Después, arrastró los cuerpos inertes hasta un sofá cercano y los dejó allí, como si se hubieran quedado dormidos. Daba mucho mal rollo estar sentada enfrente de ellos.
-Antes que nada, busca el arañazo que te ha hecho. Yo voy a la cocina a por un poco de vinagre.
No pregunté. Me dediqué a inspeccionar mis brazos, mi cara y mi cintura. Finalmente, encontré un arañazo considerable en el cuello. Lo curioso era que no me dolía, aunque cuando pasé los dedos por encima, me quemó las yemas. Era igual que la piel del zombie.
-¿Liam? Esto no tiene buena pinta.
-Nunca la tiene -gruñó él, regresando de la cocina con un frasco de vinagre de vino blanco en la mano. Me estremecí al verlo. Tenía que escocer.
-Primero: ¿para qué sirve el vinagre? -murmuré.
-Para aliñar ensaladas y tratar heridas causadas por un zombie.
-Pero, ¿por qué?
-Mira, el vinagre sirve para conservar las cosas. En otras palabras, impide que los virus entren y lo corrompan. Bueno, pues eso mismo vamos a hacer en tu herida -mientras hablaba, iba empapando vinagre en un pedazo de algodón.
-¿Me va a doler?
-Bastante.
Agradecí que no me mintiera, y cuando fue a ponerme el algodón en el cuello, donde le señalé, se lo quité de las manos y me lo apreté yo misma.
El dolor fue casi innmediato.
Primero sentí un hormigueo desagradable, como si un montón de hormiguan treparan por mi piel. Después, un escalofrío me sacudió de arriba a abajo. Y entonces, un ardor intenso me invadió y se me llenaron los ojos de lágrimas.
-¿Liam?
-¿Sí?
-¿Me pasas el tequila? -traté de controlar mi voz para que no dejara translucir el dolor que me atenazaba.
Se rió de nuevo. Me enfadaría porque se burlaba de mi sufrimiento, pero no tenía energías. Cada fibra de mi ser estaba concentrada en el dolor del cuello.
Quería quitarme el algodón, pero Liam me lo apretó con fuerza con un esparadrapo y me obligó a apoyarme en el sofá. Luego, me alcanzó la botella de tequila.
Me eché un trago tan rápido que el ardor de la garganta se sumó al de mi piel infectada. Pero el tequila mejoró el dolor. En unos minutos, ya casi no era consciente del desagradable picor que sentía en el cuello.