Obviamente, tuvo que obligarme a ir tras él. En mi defensa diré que estaba bastante conmocionada por la persecución de un cadáver andante, mi experiencia cercana a la muerte, los mareos, el golpe tremendo contra la pared del callejón... pero no fue consuelo para lo que sucedió después. Tras negarme débilmente, me agarró del brazo y echó a andar conmigo detrás. ¡No pude ni resistirme un poco! La única vez que conseguí soltarme, apenas di dos pasos volví a sentir unos mareos terribles, ahora junto con una jaqueca increíble. ¿Qué demonios me estaba pasando?
El chico llegó hasta la salida del callejón conmigo casi a cuestas. Iba maldiciendo, suspirando y gruñendo ante mi flaqueza. Al menos, le costó meterme en el coche negro de ventanas tintadas que esperaba aparcado justo enfrente del callejón. Tanto peor para él.
Una vez dentro yo, se sentó al volante y puso el coche en marcha.
-¿A dónde vamos? ¡Para! Déjame salir, tío. ¡Déjame salir o grito! -exclamé. Sabía que no tenía sentido, que nadie me iba a oír por la zona por la que estábamos; nadie se acercaba tanto a los barrios bajos. Pero tenía que intentarlo.
-Cállate y ponte el cinturón. Lo último que necesito es que te abras la cabeza en un frenazo. ¡Venga! -me urgió.
Cabreada, me puse el cinturón. Nos alejábamos cada vez más y más de mi barrio. No me podía creer lo que estaba pasando.
-¿Por qué me has ayudado antes?
-Porque ofrecen una mayor recompensa por ti viva, que muerta. Pero claro, un estúpido zombie. Madre mía, quién será el gilipollas que...
-¿Y tú quién eres? -le pregunté. Guardó silencio-. Venga ya. Llevo una semana huyendo de un zombie y ahora ésto. Exijo saber qué está pasando.
Parece que se lo pensó, porque después de un rato, me dijo:
-Liam. Me llamo Liam.
-Yo soy Alissa. Encantada de que me raptes -dije con ironía-. ¿A dónde me llevas?
Él sonrió.
-No querrías saberlo.
-Por supuesto que sí. Oh, vamos. ¿Por qué me buscan?
-Mira, Alissa... yo no hago más que cumplir órdenes de superiores. No tengo ni idea de por qué te quieren prisionera todos en el... de donde yo vengo. Lo único que sé es que estaría en un buen lío si no les obedeciera, así que aquí me tienes, raptando quinceañeras particularmente irritantes...
-¿Irritante yo? Pues no has visto nada -suspiré y miré por la ventana. Estábamos saliendo de la ciudad, y poco a poco los edificios se iban tornando fábricas, y luego almacenes, y luego campo agreste.
Me invadió un renovado terror. Aquel chico, Liam, me había alejado demasiado de mi lugar. Me encontraba perdida. ¿Cómo iba a volver ahora a casa? ¿Qué iba a pasar conmigo? ¿Tenía algo que ver Liam con aquel horroroso zombie? ¿Era él un monstruo también, enmascarado como un diecisieteañero cualquiera?
Aunque la verdad era que daba el cante con aquellos intensos ojos azules. Sí, decididamente Liam era diferente. Pero... ¿cómo de diferente?
Quería preguntar más cosas, pero notaba que el cansancio se adueñaba de mí. Estaba muy rara, se me ocurrió pensar, justo cuando se me cerraban los párpados. Tendría que interrogar a Liam más adelante acerca de ello. Quizá era un embrujo o algo así. Me esperaba cualquier cosa de aquellas personas que me estaban persiguiendo.
Pero, antes que nada, necesitaba descansar...
lunes, 20 de febrero de 2012
domingo, 19 de febrero de 2012
Cap. 5: Cómo matar a un zombie
Los días que siguieron los pasé yendo de esquina a esquina a hurtadillas. El zombie se presentaba a la puerta de mi casa todas las mañanas, sin excepción, a las ocho y cuarto de la mañana. Era mi hora habitual para ir al instituto. Empecé a salir antes, cada día unos minutos antes, y así conseguí burlarle. Pero, ¿cuánto tiempo tendría que seguir aplazándolo? Acabaría llegando el día en que el zombie me esperase en el portal todo el día. Entonces no tendría escapatoria.
Con los días aprendí a llevarme ropa de repuesto, y siempre salía totalmente distinta de como entraba. Pero sabía que no serviría de nada. El zombie siempre estaba allí, esperándome. Parecía que no se iba a cansar nunca.
Lo peor era que yo sabía que algún día me reconocería. Y entonces, ¿qué? ¿Cómo podía matarme un zombie? ¿Acaso tenía armas? ¿Podía defenderme? ¿Podía matarle yo a él?
Mi humor empeoró notablemente, así como las notas y la paciencia de los profesores. Si antes ya me tenían manía, ahora sentían hacia mí un odio indescriptible. Me pasaba las horas en el pasillo, dándole vueltas al tema del zombie. La situación no podía seguir así. Tenía que hacer algo antes de que descubriera mi truco.
Pude observar que el bicho en cuestión se ponía en lo alto del edificio de enfrente todos los días. Tardaba unos diez minutos en subir arriba, y otros diez en bajar, a la hora del recreo. Me di cuenta de que era bastante tonto. Era como un robot: siempre hacía lo mismo. Como si le hubieran programado.
Todos los recreos estaba en la misma esquina, escudriñando a través de la verja. Dos veces me atreví a acercarme. Era más un experimento que real curiosidad. Le pregunté de nuevo que quién era, y me dijo: 'He venido a matarte'. En parte me decepcionó un poco.
La segunda vez sí que fue espeluznante. Se rayó y comenzó a repetir la alegre frasecilla sin parar. He venido a matarte, he venido a matarte, hevenidoamatartehevenidoamatarte...
Cuando me fui, aún podía oír su chirriante voz de muerto como si estuviese susurrando en mi oído.
Pensaba que nunca iba a poder deshacerme de él; que un día nos encontraríamos en una calle solitaria y que ése sería el fin. Que la rutina se estaba haciendo insostenible y que todo el mundo, mis padres, los profesores y mis compañeros, estaban empezando a sospechar que yo me había metido en las drogas o algo por el estilo.
Entonces, seis días después de la primera persecución, ocurrió. El zombie me encontró.
Caminaba apresuradamente por la calle. Aquella mañana había ido al instituto con mis pantalones de gimnasia, mi chaqueta negra y las deportivas embarradas de toda la vida. Salí con unos leggings negros y una camiseta morada de lentejuelas (más acorde con mi estilo habitual). Llevaba Converse negras.
No sé cómo me reconoció el zombie. El caso es que, mientras caminaba de vuelta a casa, me di cuenta de que estaba sola por la calle. No me gustaba ni un pelo, así que agaché la cabeza y me di más prisa.
Oí un ruido a mi lado. Me pareció oír 'toc, toc', pero no me quedé para averiguarlo. Eché a correr, sintiendo resonar en mis oídos la voz quejumbrosa del zombie. Era él, seguro.
Un coche pasó por la carretera, y los faros me deslumbraron. Quería pararme a respirar, pero no podía dejar de correr. ¿Hacia dónde iba? No veía nada. Me estaba mareando y mis ojos seguían cegados por el destello del coche. Era vagamente consciente del zombie, siempre junto a mi. A veces delante, a veces al lado. Daba igual. Me rodeaba, y éso era lo que importaba.
Seguía corriendo. Tenía la esperanza de no haberme desviado hacia la izquierda, hacia la carretera. ¿Y si estaba corriendo a ciegas en medio de ésta? Estaría muerta en apenas un segundo. Al menos, escaparía del zombie.
Me asaltó otro pensamiento: ¿si el zombie acababa conmigo, yo también me convertiría en un zombie? Era demasiado desagradable para ser real. Además, ahora solo tenía que correr, correr con todas mis fuerzas.
El impacto fue brutal. Caí al suelo, medio inconsciente, y me preparé para morir bajo las ruedas de un coche. Quizá un camión. Quizá una furgoneta.
Con los días aprendí a llevarme ropa de repuesto, y siempre salía totalmente distinta de como entraba. Pero sabía que no serviría de nada. El zombie siempre estaba allí, esperándome. Parecía que no se iba a cansar nunca.
Lo peor era que yo sabía que algún día me reconocería. Y entonces, ¿qué? ¿Cómo podía matarme un zombie? ¿Acaso tenía armas? ¿Podía defenderme? ¿Podía matarle yo a él?
Mi humor empeoró notablemente, así como las notas y la paciencia de los profesores. Si antes ya me tenían manía, ahora sentían hacia mí un odio indescriptible. Me pasaba las horas en el pasillo, dándole vueltas al tema del zombie. La situación no podía seguir así. Tenía que hacer algo antes de que descubriera mi truco.
Pude observar que el bicho en cuestión se ponía en lo alto del edificio de enfrente todos los días. Tardaba unos diez minutos en subir arriba, y otros diez en bajar, a la hora del recreo. Me di cuenta de que era bastante tonto. Era como un robot: siempre hacía lo mismo. Como si le hubieran programado.
Todos los recreos estaba en la misma esquina, escudriñando a través de la verja. Dos veces me atreví a acercarme. Era más un experimento que real curiosidad. Le pregunté de nuevo que quién era, y me dijo: 'He venido a matarte'. En parte me decepcionó un poco.
La segunda vez sí que fue espeluznante. Se rayó y comenzó a repetir la alegre frasecilla sin parar. He venido a matarte, he venido a matarte, hevenidoamatartehevenidoamatarte...
Cuando me fui, aún podía oír su chirriante voz de muerto como si estuviese susurrando en mi oído.
Pensaba que nunca iba a poder deshacerme de él; que un día nos encontraríamos en una calle solitaria y que ése sería el fin. Que la rutina se estaba haciendo insostenible y que todo el mundo, mis padres, los profesores y mis compañeros, estaban empezando a sospechar que yo me había metido en las drogas o algo por el estilo.
Entonces, seis días después de la primera persecución, ocurrió. El zombie me encontró.
Caminaba apresuradamente por la calle. Aquella mañana había ido al instituto con mis pantalones de gimnasia, mi chaqueta negra y las deportivas embarradas de toda la vida. Salí con unos leggings negros y una camiseta morada de lentejuelas (más acorde con mi estilo habitual). Llevaba Converse negras.
No sé cómo me reconoció el zombie. El caso es que, mientras caminaba de vuelta a casa, me di cuenta de que estaba sola por la calle. No me gustaba ni un pelo, así que agaché la cabeza y me di más prisa.
Oí un ruido a mi lado. Me pareció oír 'toc, toc', pero no me quedé para averiguarlo. Eché a correr, sintiendo resonar en mis oídos la voz quejumbrosa del zombie. Era él, seguro.
Un coche pasó por la carretera, y los faros me deslumbraron. Quería pararme a respirar, pero no podía dejar de correr. ¿Hacia dónde iba? No veía nada. Me estaba mareando y mis ojos seguían cegados por el destello del coche. Era vagamente consciente del zombie, siempre junto a mi. A veces delante, a veces al lado. Daba igual. Me rodeaba, y éso era lo que importaba.
Seguía corriendo. Tenía la esperanza de no haberme desviado hacia la izquierda, hacia la carretera. ¿Y si estaba corriendo a ciegas en medio de ésta? Estaría muerta en apenas un segundo. Al menos, escaparía del zombie.
Me asaltó otro pensamiento: ¿si el zombie acababa conmigo, yo también me convertiría en un zombie? Era demasiado desagradable para ser real. Además, ahora solo tenía que correr, correr con todas mis fuerzas.
El impacto fue brutal. Caí al suelo, medio inconsciente, y me preparé para morir bajo las ruedas de un coche. Quizá un camión. Quizá una furgoneta.
* * *
No sabría decir si habían pasado horas o segundos. Aquella incómoda sensación del desmayo, que ya viví una vez, cuando estaba anémica perdida y perdí el sentido unos instantes, volvió a mí. Me incorporé, recuperando la visión poco a poco, y vi al zombie cernirse sobre mí, con su sonrisa manchada de sangre y pedazos de carne entre los dientes.
Por el rabillo del ojo vi que no había chocado contra un coche, sino contra un muro. ¡Un muro! Estaba en el callejón del Chino. ¡Había sobrepasado mi casa e ido a parar al único lugar por el que no pasaba ni dios!
Rodé hacia un lado y me levanté, con dificultad. Sentía que iba a volver a desmayarme en cualquier momento. ¿Qué coño me estaba pasando? Era el zombie. Era su olor dulzón y a la vez pútrido. Era el olor a muerto.
Traté de salir del callejón, pero sabía que ya era demasiado tarde. Él estaba taponando la salida. Miré a mi alrededor, aterrorizada, buscando algo que pudiera servirme de defensa. Nada.
Bueno, al menos no era minusválida.
El zombie se acercó a mí, ladeando la cabeza de un lado a otro. Pude apreciar que su piel pútrida, por la zona de la garganta, estaba abierta en canal. Le podía ver las venas, madre mía. Si antes no estaba lo suficientemente mareada...
-¡Espera! ¿Por qué quieres matarme?
-Ya no te importa -gruñó-. Estarás muerta.
Y rompió a reír con una terrible especie de cadencia repetitiva y ronca. Me aparté un paso más de él. Ahora estaba contra la pared. Genial.
-Eso es razón de más para contármelo. Venga, no me negarás mi última voluntad -supliqué.
El zombie se detuvo. Pareció considerarlo. Sentí que había dado en el clavo; hablando le distraería, ganando así más tiempo.
-No-no lo sé. Mi amo se-se enfadaría -parecía que le costaba hilar palabras 'fuera del programa'.
-Tu amo jamás lo sabrá. A propósito, ¿quién es?
El zombie me lanzó una mirada incendiaria.
-Eso n-no -alzó el brazo y me cogió por el cuello, aprentando más y más. No podía escapar. Sentía su piel pútrida contra la mía, quemándome y ahogándome.
-¿Por qué?
-Tú debes morir.
Pataleé con todas mis fuerzas, tratando de librarme del zombie. Incluso traté de morderle, pero no lo conseguí. Como último recurso, le agarré del brazo y tiré con todas mis fuerzas.
Lo bueno es que funcionó, porque pude respirar por fin. Lo malo es que me quedé con el brazo en las manos, y en un reflejo, lo lancé lejos de mí, asqueada. El zombie rugió y me cogió con el izquierdo, y vi cómo los dedos del brazo arrancado se retorcían y arrastraban el brazo de vuelta hacia nosotros.
Empecé a lanzar puñetazos furiosos hacia el zombie. ¿Sería capaz de desmontarlo literalmente? Quizá me diera tiempo de salir corriendo mientras los miembros volvían a unirse.
Pero, cuando mi puño se hundió en su pútrido pecho, sin hacerle ningún tipo de daño, perdí toda esperanza. El zombie volvió a ahogarme y ahora su brazo independiente me sujetaba un pie, con el que casi me tropiezo. No tenía escapatoria. Tenía una necesidad inmensa de respirar, pero su mano en mi cuello no me lo permitía. Me hacía mucho daño, y me empezaban a pitar los oídos.
Cerré los ojos, aguardando la muerte.
Entonces, se oyó el filo de un arma cortar el aire, y luego un ruido sordo contra el suelo. No abrí los ojos para comprobar qué había pasado; lo único que me importaba era que al fin podía respirar. El zombie me había soltado. Caí de rodillas, tosiendo y cubriéndome el cuello con las manos. Por un terrible instante, pensé que no iba a recuperar nunca la respiración; pero entonces escuché una voz serena y cercana que me dijo:
-Respira hondo y tranquilízate.
Y eso hice. Me serené y traté de respirar de una, no como los agitados intentos infructuosos anteriores. Sirvió. Por fin, sentí el aire en mis pulmones. Me apoyé en la pared y respiré un par de veces, reponiéndome. Luego abrí los ojos.
Allí estaba él. Mi salvador. Era un joven, de unos diecisiete años, de ojos azules penetrantes y de pelo negro azabache. Llevaba una daga en la mano, de un material casi del mismo tono que sus ojos. Era extraño, y tenía aspecto de ser peligroso, pero me acababa de salvar, ¿no?
-Gracias -susurré, confundida. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué era esa daga? ¿Cómo sabía cómo matar a un zombie?
-De nada, aunque sólo lo he aplazado un poco más -me dijo-. Levanta. Ahora eres mía. Ése estúpido zombie casi acaba contigo -sacudió la cabeza, como si no pudiera creérselo.
-¿Cómo que tuya? ¿Qué estás diciendo? -gruñí. Quizá no era tan bueno.
-Lo que oyes. ¿Vienes tú solita o tengo que obligarte?
martes, 7 de febrero de 2012
Cap. 4: A escondidas
Ni que decir tiene que no volví a acercarme a la verja en todo el recreo. Tampoco hablé con nadie. Entré a hurtadillas en el instituto, escondiéndome de los profesores de guardia que no te permitían subir las escaleras, y corrí como un rayo hasta el baño de las chicas. Después de asegurarme de que no estaba visible por la ventana, me acurruqué en un rincón y me abracé las piernas, asustada. Ése chico estaba pirado. Tenía que decírselo a alguien.
Pero, ¿a quien? No tenía a nadie que me conociera lo suficiente como para saber cuándo bromeaba y cuándo decía la verdad. Ojalá no fuera tan vacilona. Si fuera seria, la gente me creería. Pero, ¿quién iba a tomarse en serio lo de que un zombie perseguía a Alissa? ¿Después de lo del perro que sobrevoló la clase, supuestamente, la razón por la cual tiré un avioncito de papel, para darle? ¿Y del duende que vivía debajo de un coche, que no me dejaba pasar si no le daba el almuerzo, y que por su culpa siempre llegaba tarde?
Joder, ojalá no hubiera contado todas esas gilipolleces. Obviamente, todo el mundo se reía. Pero ahora pensarán que es una broma más, sólo. No importa cuánto jure y perjure que es cierto.
Mali me acompañaría a casa si se lo pedía. Ella era una amiga leal, y no me pediría explicaciones. Pero, entonces, ¿qué pasaría con ella al volver? ¿Nos seguiría el zombie a ambas?
No, no pensaba poner en peligro a la tranquila y cariñosa Mali.
¿Y Sergio? Decididamente, Sergio me acompañaría a donde fuera. No le tenía miedo a nada, pensé con una sonrisa. Aquella vez que Ellen amenazó con azuzarme a su primo, el camello del instituto, Sergio fue el único que se atrevió a defenderme. De hecho, tuvo una pelea bastante gorda con el chico, pero al menos sirvió para que nos dejara en paz.
Me daba igual. No iba a poner a Sergio en peligro. Nos conocíamos desde los 4 años y él era, en realidad, el único que podría llegar a creerme.
Otro método más fácil de que me creyeran era sacarme una foto con el zombie.
Claro, que no llegaría viva a enseñarla. Ni siquiera a subirla al Tuenti.
¿Qué podía hacer entonces? ¿Esconderme entre la gente a la salida? ¿Juntarme con los de bachillerato que siempre iban de veinte en veinte?
Nada me parecía servible. El zombie me encontraría. ¿Cómo, si no, me había visto desde la azotea del edificio, y después había venido justo al lado del recreo donde estaba yo?
Pero, ¿a quien? No tenía a nadie que me conociera lo suficiente como para saber cuándo bromeaba y cuándo decía la verdad. Ojalá no fuera tan vacilona. Si fuera seria, la gente me creería. Pero, ¿quién iba a tomarse en serio lo de que un zombie perseguía a Alissa? ¿Después de lo del perro que sobrevoló la clase, supuestamente, la razón por la cual tiré un avioncito de papel, para darle? ¿Y del duende que vivía debajo de un coche, que no me dejaba pasar si no le daba el almuerzo, y que por su culpa siempre llegaba tarde?
Joder, ojalá no hubiera contado todas esas gilipolleces. Obviamente, todo el mundo se reía. Pero ahora pensarán que es una broma más, sólo. No importa cuánto jure y perjure que es cierto.
Mali me acompañaría a casa si se lo pedía. Ella era una amiga leal, y no me pediría explicaciones. Pero, entonces, ¿qué pasaría con ella al volver? ¿Nos seguiría el zombie a ambas?
No, no pensaba poner en peligro a la tranquila y cariñosa Mali.
¿Y Sergio? Decididamente, Sergio me acompañaría a donde fuera. No le tenía miedo a nada, pensé con una sonrisa. Aquella vez que Ellen amenazó con azuzarme a su primo, el camello del instituto, Sergio fue el único que se atrevió a defenderme. De hecho, tuvo una pelea bastante gorda con el chico, pero al menos sirvió para que nos dejara en paz.
Me daba igual. No iba a poner a Sergio en peligro. Nos conocíamos desde los 4 años y él era, en realidad, el único que podría llegar a creerme.
Otro método más fácil de que me creyeran era sacarme una foto con el zombie.
Claro, que no llegaría viva a enseñarla. Ni siquiera a subirla al Tuenti.
¿Qué podía hacer entonces? ¿Esconderme entre la gente a la salida? ¿Juntarme con los de bachillerato que siempre iban de veinte en veinte?
Nada me parecía servible. El zombie me encontraría. ¿Cómo, si no, me había visto desde la azotea del edificio, y después había venido justo al lado del recreo donde estaba yo?
* * *
Esperé a que sonara la sirena para bajar corriendo al despacho de mi tutor. Se encontraba allí, en silencio, leyendo un ensayo y tamborileando con los dedos sobre su escritorio. Llamé a la puerta y aguardé a que acabara. Tardó un tiempo precioso en atenderme, y cuando lo hizo tuve la certeza de que, cuando saliera del instituto, saldría tarde y sola.
-Ah, bien, Jones. Tienes el trabajo -dijo, con voz de despistado, mientras tomaba el fajo de hojas que yo te tendía apresuradamente. Hice ademán de irme, pero me retuvo-. Espera, espera. ¿Qué te ha parecido el tema?
-Ha estado muy bien. Muy interesante -dije sin pensarlo mucho. No podía dejar de oír cómo los sonidos de los alumnos en el pasillo se iban reduciendo cada vez más.
-¿Y? ¿Hay algo que te haya llamado la atención?
-Bueno... es interesante lo de que se disfrazaban para ocultarse de los monstruos, ¿no? -murmuré.
-Exacto. Muy bien, muy bien. Nunca está de más saber truquillos de éstos, ¿verdad? Te harán falta, Alissa. Ya lo verás -se quedó un rato más admirando mi trabajo. No me atreví a irme. Ése tío iba a decidir si finalmente pasaba o no de curso-. Muy bien. A ver si te lo has aprendido bien. Puedes irte.
Salí del despacho del profesor pensativa. ¿A qué venía el rollo de que todo me iba a servir en la vida? ¿Me estaba mandando una indirecta?
De pronto, me di cuenta de que el pasillo estaba vacío. Ni siquiera el conserje estaba en su garita. Y juraría que, allá fuera, en la bruma, había una solitaria sombra ladeando la cabeza.
Joder.
Me escondí de nuevo tras el panel. Tenía que pensar algo. ¿Y si salia por la otra puerta? Pero no, estaba cerrada con llave. ¿Sería capaz de escalar la valla del patio? No, tardaría poco en verme ahí, encaramada a lo alto de los barrotes, y en venir a por mí. ¿Y por la ventana del despacho de la directora? Sí, ¿y qué le digo para irrumpir en su despacho y salir por la ventana?
Los minutos pasaban y no se me ocurría nada.
Tenía que haber alguna forma de burlar a aquellos zombies. Quiero decir, vale, estaban muertos, pero siempre había una forma de matarlos, en las películas, ¿no?
Habíamos visto que la luz del sol, no. Al menos, indirecta, porque no había habido ni un solo rayo de luz puro en todo el día, con la densa niebla y tal.
Parece que tampoco tenía miedo a las alturas. Y también una habilidad insospechada para meterse donde no le llamaban. ¿Cómo demonios habría conseguido la llave de la azotea desde la que me vigilaba?
La cosa no pintaba muy bien. 'Piensa, piensa', me obligué.
De pronto, se me ocurrió que probablemente estos zombies existían desde hacía muchísimo tiempo.
'¡Las leyendas! ¡Los celtas! ¡Halloween!'.
Claro. Me disfrazaría. Pero ¿de qué? No me iba a disfrazar de monstruo, como hacían los celtas, ¿no? Mi única opción consistía en cambiar de aspecto lo máximo posible. Quizá él no me reconocería. Al fin y al cabo, me estaba esperando a mí, ¿no? No seguiría a cualquier otra chica que saliera del instituto, solo a mí.
Me bastó un vistazo para saber que seguía allí. Sin atreverme a salir de mi escondite, me quité el abrigo y la chaqueta. Dejé el abrigo colgado del panel, esperando encontrarlo allí a la mañana siguiente. Me até la sudadera de la cintura, me enrollé los vaqueros hasta las rodillas y me hice un moño alto en la coronilla. Me estaba quedando helada, y era una estupidez pensar que no desentonaría de esa guisa por las calles en plena octubre (y tengo que decir, muy fría).
Pero quizá, sólo quizá, el zombie no era inteligente. Que estuviera programado para perseguir a la chica del abrigo blanco y los vaqueros, con el pelo claro suelto y los grandes ojos color miel asustados. Quizá no se daría cuenta de que me había cambiado de ropa.
Quizá, quizá... todo eran suposiciones.
No sabía qué hacer con la mochila. Al final, la invertí (dejando por fuera las costuras y la tela roja de dentro) y guardé los libros. Más o menos, estaba distinta, en cierto modo.
Al pasar por la garita del conserje, vi que tenía unas gafas de sol sobre la mesa. Era demasiado bueno para ser verdad.
Cuando salí, tuve que pasar a menos de un metro del monstruo. Estaba esperándome en la salida, justo al lado de la puerta donde se abrían las verjas del recreo. Temí que oyera mi corazón latir apresuradamente, pero parecía que era sordo. Traté por todos los medios de no alterar mi camino, de pasar a su lado como si fuera alguien normal, como si no fuera un zombie dispuesto a devorarme si me descubría.
Me fue bien. El bicho no me quitó la mirada de encima hasta que me perdí entre la niebla, pero no me siguió. Por si acaso, tras varios minutos de monótona caminata en línea recta, eché a correr.
Nadie me siguió esta vez. Creo.
domingo, 5 de febrero de 2012
Cap. 3: Incertidumbre
Toda la clase estaba en silencio. Mis compañeros se afanaban en el examen, y la profesora leía lenta y concienzudamente algún tipo de ejercicio de otra clase. No se oía ni el zumbido de una mosca.
Estresada, dejé el bolígrafo sobre la mesa y aparté el examen. Todo me sonaba a chino mandarino. Con todo el lío del trabajo de Halloween, se me había olvidado que hoy tenía un examen de Matemáticas.
Me apoyé en el radiador (por suerte, tenía el único sitio al lado del radiador) y miré por la ventana. Aquel día había sido un completo desastre. Aún no se le había pasado el susto de la persecución de la mañana, y sospechaba que tardaría mucho en hacerlo. ¿Qué demonios era ése chico? Humano no, desde luego. Jamás olvidaría ésos ojos, esa forma de avanzar y de ladear la cabeza... Tenía los pelos de punta. Aquello no podía estar pasando.
'Cálmate, Alissa. Estás haciendo una montaña de un grano de arena', me dije a mí misma. Todo tendría una explicación racional. Los zombies no existían, no era posible.
Quizá... quizá el chico tenía un problema en la cara. Quizá una enfermedad, o había sufrido un accidente que lo había deformado de aquella forma. A lo mejor sólo intentaba comunicarse conmigo... ¿pero qué demonios hacía persiguiéndome bajo la lluvia con aquella espeluznante sonrisa? Tenía suerte de que no le hubiera pegado una buena patada. No sería la primera vez que se la propinaba a un acosador en potencia, pensé, recordando a Derek, aquel estúpido chico que me perseguía el año pasado.
Pero el chico de esta mañana no tenía nada que ver con Derek. Por más que quisiera, no podía creerme que fuera humano.
De pronto, me fijé en algo. En el edificio de enfrente, el complejo de 16 pisos que prácticamente obstruía todas las demás vistas desde la ventana de clase. Allí, en el techo... había alguien.
'Cálmate. Es normal que haya técnicos arreglando cosas a éstas horas', me dije. Aunque la verdad era que el sujeto estaba de pie, oteando el horizonte, y no trabajando como debería.
'Estará descansando'.
¿Pero y si no fuese un trabajador?
'No seas ridícula. Lo estás llevando todo a un extremo'.
Me pareció que el trabajador tenía los ojos fijos en mi. Algo se revolvió en mis entrañas.
'No me está mirando. Es un efecto óptico. Probablemente esté admirando el instituto, o algo así'.
El trabajador ladeó la cabeza.
Tuve que contenerme para no gritar. ¡Era él! Era el zombie, el que me había perseguido aquella mañana. Oh, dios mío, me estaba mirando a mi. No había duda; me había localizado de nuevo.
Me estaba esperando hasta que saliera del instituto.
El corazón me latía a cien. Sentía que me iba a dar una crisis nerviosa si no salía de clase.
-Profesora, ¿puedo salir de clase? -dije atropelladamente. La bruja de matemáticas alzó la cabeza, me echó un vistazo y negó con la cabeza. Me balanceé en el asiento, sin ser capaz de desviar la vista del ser que me observaba desde la azotea del edificio de enfrente. ¿Estaba sonriendo de nuevo?
-Por favor, me encuentro muy mal -susurré.
-Estamos en un examen.
Esperé un instante más, y finalmente aparté la mesa y salí corriendo de clase. Me dirigí al baño, angustiada. Me lavé la cara una, dos, tres veces. El horror no desaparecía. ¿En qué lío estaba metida? ¿Quién era y por qué me perseguía aquél hombre? ¿Jamás iba a librarme de él? ¿Me quería hacer daño?
'Ni siquiera tendría que existir', me dije, temerosa.
Me di cuenta de que había una ventana en la esquina superior. Probablemente, desde allí también se vería el techo del edificio.
El monstruo no podía saber que yo estaba mirando por otra ventana. Me atreví a subirme encima de la tapa del váter, y a asomarme a la ventana.
Exacto. El edificio se veía perfectamente.
Pero no había nadie en la azotea.
Tendría que haberme alegrado, pero por alguna razón, éso me asustó aún más. ¿Se había ido a la vez que yo? Prefería poder verle que sospechar de su presencia todo el rato.
Atisbé un poco más, pero no le encontré en ninguna de las otras azoteas. Normal, a nadie le da tiempo a bajar de una y subir a otra en tan poco tiempo. Debía de estar todavía por la calle, pero no podía ver el suelo desde la ventana. Estaba demasiado alta.
Esperé un poco más, para asegurarme de que no subía a ningún otro edificio. Cuando ya tenía las articulaciones atrofiadas, me bajé del baño, y miré la hora. Quedaban 13 minutos para el recreo. Ya no merecía la pena volver a entrar en clase, de modo que revoloteé por los pasillos, parándome a mirar por cada ventana. No volví a ver al zombie.
Unos minutos antes de que sonara la campana, oí el timbre de la puerta de entrada. Me volví, atenta. ¿Quién venía a estas horas? Todos los profesores deberían estar en sus clases, y lo más normal era que se marcharan fuera a fumar a la hora del recreo... no que entrara alguien.
Oí los pasos lentos del conserje de nuevo. Me aventuré unos peldaños abajo de las escaleras, temiendo que me viera. No estaba permitido bajar al piso de abajo durante las clases, si es que te echaban de clase. Era el territorio de los profesores, con sus despachos y la garita del conserje.
Pude ver al aburrido conserje atisbando fuera. La niebla había empapado la ventana, de modo que limpió la humedad para ver quién llamaba.
Era él de nuevo.
Ésta vez sí que grité, pero creo que nadie me oyó porque a la vez el conserje soltó una exclamación inadecuada para estar en el instituto. Dio un salto atrás y miró de hito en hito al zombie que estaba plantado a las puertas del instituto. Después, con inseguridad y miedo, entró corriendo en la sala de profesores. No me vio.
Sabía que era cuestión de segundos que salieran todos a ver qué pasaba, y no pensaba dejar que me vieran; pero quería asegurarme de que no abrieran la puerta. De modo que bajé saltando los escalones de dos en dos y me escondí tras un gran panel de actividades con ruedas. Nadie se fijaría en mis botas, esperaba, que sobresalían por debajo de la madera.
Oí voces exaltadas. Por lo que pude entender, el conserje dijo algo de que sucedía otra vez. Oí risas y burlas, pero una voz tranquila y seria impuso silencio. Sabía perfectamente quién había dicho aquello.
Mi tutor. El mismo que me mandó el trabajo de Halloween.
Pronto, éste salió rápidamente de la sala de profesores, tras murmurar algo como 'esperad aquí'.
Desde mi posición, pude ver cómo se acercaba a la puerta y golpeaba el cristal, justo donde se encontraba la cara del zombie, que seguía allí. Con un escalofrío, me di cuenta de que éste no me quitaba ojo de encima. Me había visto cruzar el pasillo como una exhalación y esconderme. Sabía dónde estaba.
Mi tutor volvió a golpear el cristal, con algo parecido a la impaciencia, y el zombie acabó por marcharse. La bruma lo engulló, pero, ¿qué nos aseguraba que no se encontraba a dos metros esperándonos?
El profesor volvió a la sala de profesores y le oí asegurar que no había nadie en la puerta. Después de preguntarle al conserje que si tomaba algún tipo de pastillas, se marchó, satisfecho. El conserje volvió a su garito e hizo sonar la sirena. Enseguida bajó todo el mundo y pude mezclarme con la marea para salir al patio. Una vez fuera, me senté en una esquina, sobre una pila de vigas azules que en teoría estaban destinadas a la construcción de un ala nueva del instituto para ciencias, pero que habían quedado relegadas al olvido en nuestro patio. Me apoyé en la pared y traté de tranquilizarme. Vale, mi tutor había mentido a los demás profesores, y además parecía que el extraño ser le obedecía. Pero al fin y al cabo, había conseguido que se fuera, ¿no?
¿Qué era todo aquello? ¿Qué estaba pasando conmigo?
Todas estas cosas... eran cosas de películas y novelas fantásticas. No deberían estar pasando. Estaba asustada. No quería que mi vida se volviera así, para siempre...
'Hoy sólo ha sido un día extraño. Mañana todo volverá a ser normal...' no pude ni terminar de pensarlo, cuando sentí un resoplar a mis espaldas. Con el peor de los presentimientos del mundo, me volví, y allí, al otro lado de la valla, a pocos centímetros de mí, se encontraba de nuevo el puto zombie.
Salté lejos de las vigas. Parecía que nadie más se había percatado de su presencia. ¿Podían siquiera verlo?
'Claro que sí. El conserje y mi tutor lo vieron'.
¿Entonces por qué nadie gritaba?
Pronto reparé en que el zombie no era visible desde el resto del patio. Solo yo, desde la esquina, podía verlo. Además, la niebla lo inundaba todo y no había nadie lo suficientemente cerca como para fijarse en él.
-¿Quién eres? -susurré, consciente de su espantosa sonrisa. ¿Eso de los labios era sangre? Oh, dios, me estaba cagando del miedo.
Su sonrisa solo se acentuó más.
-He venido a matarte.
Estresada, dejé el bolígrafo sobre la mesa y aparté el examen. Todo me sonaba a chino mandarino. Con todo el lío del trabajo de Halloween, se me había olvidado que hoy tenía un examen de Matemáticas.
Me apoyé en el radiador (por suerte, tenía el único sitio al lado del radiador) y miré por la ventana. Aquel día había sido un completo desastre. Aún no se le había pasado el susto de la persecución de la mañana, y sospechaba que tardaría mucho en hacerlo. ¿Qué demonios era ése chico? Humano no, desde luego. Jamás olvidaría ésos ojos, esa forma de avanzar y de ladear la cabeza... Tenía los pelos de punta. Aquello no podía estar pasando.
'Cálmate, Alissa. Estás haciendo una montaña de un grano de arena', me dije a mí misma. Todo tendría una explicación racional. Los zombies no existían, no era posible.
Quizá... quizá el chico tenía un problema en la cara. Quizá una enfermedad, o había sufrido un accidente que lo había deformado de aquella forma. A lo mejor sólo intentaba comunicarse conmigo... ¿pero qué demonios hacía persiguiéndome bajo la lluvia con aquella espeluznante sonrisa? Tenía suerte de que no le hubiera pegado una buena patada. No sería la primera vez que se la propinaba a un acosador en potencia, pensé, recordando a Derek, aquel estúpido chico que me perseguía el año pasado.
Pero el chico de esta mañana no tenía nada que ver con Derek. Por más que quisiera, no podía creerme que fuera humano.
De pronto, me fijé en algo. En el edificio de enfrente, el complejo de 16 pisos que prácticamente obstruía todas las demás vistas desde la ventana de clase. Allí, en el techo... había alguien.
'Cálmate. Es normal que haya técnicos arreglando cosas a éstas horas', me dije. Aunque la verdad era que el sujeto estaba de pie, oteando el horizonte, y no trabajando como debería.
'Estará descansando'.
¿Pero y si no fuese un trabajador?
'No seas ridícula. Lo estás llevando todo a un extremo'.
Me pareció que el trabajador tenía los ojos fijos en mi. Algo se revolvió en mis entrañas.
'No me está mirando. Es un efecto óptico. Probablemente esté admirando el instituto, o algo así'.
El trabajador ladeó la cabeza.
Tuve que contenerme para no gritar. ¡Era él! Era el zombie, el que me había perseguido aquella mañana. Oh, dios mío, me estaba mirando a mi. No había duda; me había localizado de nuevo.
Me estaba esperando hasta que saliera del instituto.
El corazón me latía a cien. Sentía que me iba a dar una crisis nerviosa si no salía de clase.
-Profesora, ¿puedo salir de clase? -dije atropelladamente. La bruja de matemáticas alzó la cabeza, me echó un vistazo y negó con la cabeza. Me balanceé en el asiento, sin ser capaz de desviar la vista del ser que me observaba desde la azotea del edificio de enfrente. ¿Estaba sonriendo de nuevo?
-Por favor, me encuentro muy mal -susurré.
-Estamos en un examen.
Esperé un instante más, y finalmente aparté la mesa y salí corriendo de clase. Me dirigí al baño, angustiada. Me lavé la cara una, dos, tres veces. El horror no desaparecía. ¿En qué lío estaba metida? ¿Quién era y por qué me perseguía aquél hombre? ¿Jamás iba a librarme de él? ¿Me quería hacer daño?
'Ni siquiera tendría que existir', me dije, temerosa.
Me di cuenta de que había una ventana en la esquina superior. Probablemente, desde allí también se vería el techo del edificio.
El monstruo no podía saber que yo estaba mirando por otra ventana. Me atreví a subirme encima de la tapa del váter, y a asomarme a la ventana.
Exacto. El edificio se veía perfectamente.
Pero no había nadie en la azotea.
Tendría que haberme alegrado, pero por alguna razón, éso me asustó aún más. ¿Se había ido a la vez que yo? Prefería poder verle que sospechar de su presencia todo el rato.
Atisbé un poco más, pero no le encontré en ninguna de las otras azoteas. Normal, a nadie le da tiempo a bajar de una y subir a otra en tan poco tiempo. Debía de estar todavía por la calle, pero no podía ver el suelo desde la ventana. Estaba demasiado alta.
Esperé un poco más, para asegurarme de que no subía a ningún otro edificio. Cuando ya tenía las articulaciones atrofiadas, me bajé del baño, y miré la hora. Quedaban 13 minutos para el recreo. Ya no merecía la pena volver a entrar en clase, de modo que revoloteé por los pasillos, parándome a mirar por cada ventana. No volví a ver al zombie.
Unos minutos antes de que sonara la campana, oí el timbre de la puerta de entrada. Me volví, atenta. ¿Quién venía a estas horas? Todos los profesores deberían estar en sus clases, y lo más normal era que se marcharan fuera a fumar a la hora del recreo... no que entrara alguien.
Oí los pasos lentos del conserje de nuevo. Me aventuré unos peldaños abajo de las escaleras, temiendo que me viera. No estaba permitido bajar al piso de abajo durante las clases, si es que te echaban de clase. Era el territorio de los profesores, con sus despachos y la garita del conserje.
Pude ver al aburrido conserje atisbando fuera. La niebla había empapado la ventana, de modo que limpió la humedad para ver quién llamaba.
Era él de nuevo.
Ésta vez sí que grité, pero creo que nadie me oyó porque a la vez el conserje soltó una exclamación inadecuada para estar en el instituto. Dio un salto atrás y miró de hito en hito al zombie que estaba plantado a las puertas del instituto. Después, con inseguridad y miedo, entró corriendo en la sala de profesores. No me vio.
Sabía que era cuestión de segundos que salieran todos a ver qué pasaba, y no pensaba dejar que me vieran; pero quería asegurarme de que no abrieran la puerta. De modo que bajé saltando los escalones de dos en dos y me escondí tras un gran panel de actividades con ruedas. Nadie se fijaría en mis botas, esperaba, que sobresalían por debajo de la madera.
Oí voces exaltadas. Por lo que pude entender, el conserje dijo algo de que sucedía otra vez. Oí risas y burlas, pero una voz tranquila y seria impuso silencio. Sabía perfectamente quién había dicho aquello.
Mi tutor. El mismo que me mandó el trabajo de Halloween.
Pronto, éste salió rápidamente de la sala de profesores, tras murmurar algo como 'esperad aquí'.
Desde mi posición, pude ver cómo se acercaba a la puerta y golpeaba el cristal, justo donde se encontraba la cara del zombie, que seguía allí. Con un escalofrío, me di cuenta de que éste no me quitaba ojo de encima. Me había visto cruzar el pasillo como una exhalación y esconderme. Sabía dónde estaba.
Mi tutor volvió a golpear el cristal, con algo parecido a la impaciencia, y el zombie acabó por marcharse. La bruma lo engulló, pero, ¿qué nos aseguraba que no se encontraba a dos metros esperándonos?
El profesor volvió a la sala de profesores y le oí asegurar que no había nadie en la puerta. Después de preguntarle al conserje que si tomaba algún tipo de pastillas, se marchó, satisfecho. El conserje volvió a su garito e hizo sonar la sirena. Enseguida bajó todo el mundo y pude mezclarme con la marea para salir al patio. Una vez fuera, me senté en una esquina, sobre una pila de vigas azules que en teoría estaban destinadas a la construcción de un ala nueva del instituto para ciencias, pero que habían quedado relegadas al olvido en nuestro patio. Me apoyé en la pared y traté de tranquilizarme. Vale, mi tutor había mentido a los demás profesores, y además parecía que el extraño ser le obedecía. Pero al fin y al cabo, había conseguido que se fuera, ¿no?
¿Qué era todo aquello? ¿Qué estaba pasando conmigo?
Todas estas cosas... eran cosas de películas y novelas fantásticas. No deberían estar pasando. Estaba asustada. No quería que mi vida se volviera así, para siempre...
'Hoy sólo ha sido un día extraño. Mañana todo volverá a ser normal...' no pude ni terminar de pensarlo, cuando sentí un resoplar a mis espaldas. Con el peor de los presentimientos del mundo, me volví, y allí, al otro lado de la valla, a pocos centímetros de mí, se encontraba de nuevo el puto zombie.
Salté lejos de las vigas. Parecía que nadie más se había percatado de su presencia. ¿Podían siquiera verlo?
'Claro que sí. El conserje y mi tutor lo vieron'.
¿Entonces por qué nadie gritaba?
Pronto reparé en que el zombie no era visible desde el resto del patio. Solo yo, desde la esquina, podía verlo. Además, la niebla lo inundaba todo y no había nadie lo suficientemente cerca como para fijarse en él.
-¿Quién eres? -susurré, consciente de su espantosa sonrisa. ¿Eso de los labios era sangre? Oh, dios, me estaba cagando del miedo.
Su sonrisa solo se acentuó más.
-He venido a matarte.
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