Salí corriendo de casa; llegaba tarde al instituto y me había despertado hacía apenas diez minutos. Me había dado el tiempo justo para cepillarme el pelo, lavarme los dientes, ponerme lo primero que pillara y embutir algunos libros del instituto al azar en la mochila, esperando que hoy tocaran la mayoría de las materias que había guardado. No olvidé guardar el trabajo de Halloween.
Llevaba en la mano un cruasán medio comido y caminaba rápido por la calle. Estaba desierta, eran las ocho de la mañana y la niebla inundaba todo, de modo que me costaba ver a un metro por delante mía. El silencio era estremecedor; me sentía como si fuera la única en el mundo, en éste momento. Pensar en el instituto, en todo el bullicio, en las risas, en las regañinas de los profesores, en la multitud... todo aquello estaba fuera de lugar entre la niebla y la solitaria calle.
No podía evitar estar nerviosa cuando empecé a oír pasos detrás mía. Seguramente era alguien bastante lejos mío, pero con el silencio todo se amplificaba. Me di la vuelta varias veces, pero era imposible atisbar nada entre la niebla. De todas formas, aceleré el paso.
Comenzó a caer una lenta llovizna que pronto me caló hasta los huesos; el ambiente se tornó helado enseguida. Mientras pensaba en lo mucho que quedaba para llegar al instituto, suspiré. Iba a llegar tarde, empapada y deprimida.
La lluvia fue incrementando, y yo no tenía capucha ni nada para cubrirme la cabeza. Se me estaba corriendo todo el rímel, así que me lo limpié con la manga, que acabó negra. Llegó un momento en que la lluvia se volvió tan intensa que corrientes de agua barrían las aceras, haciendo difícil caminar por ellas. Nunca había visto tanta lluvia, pensé, alucinando. Mi pelo correaba, como yo entera. Estaba preocupada por el estado de mis libros en el interior de la mochila, y por mi móvil, en el bolsillo del vaquero.
Hubo un relámpago que iluminó toda la zona durante un instante. Me quedé sobrecogida por la visión; las gotas de lluvia parecían haberse inmovilizado un segundo, la calle estaba irreconocible y prácticamente inundada y todo parecía gris y peligroso.
El rugido de la lluvia no me permitía oír nada más, pero juraría haber oído pasos de nuevo detrás de mí.
Me di la vuelta, pero no vi a nadie.
Decidí que estaba haciendo el estúpido, que todo era paranoia mía por haber hecho aquél maldito trabajo de Halloween y que lo mejor iba a ser seguir hasta el instituto sin pensarlo más. En condiciones normales me hubiera vuelto a casa, porque en realidad el instituto no me importaba lo más mínimo, pero hoy tenía que entregar mi trabajo o suspendería el trimestre.
Aún recordaba a mi tutor, el año pasado, diciéndome muy severamente:
-Alissa, pasas de curso por los pelos. Tienes que ponerte las pilas el año que viene, porque si suspendes un solo trimestre, repetirás curso.
Fruncí el ceño cuando un nuevo relámpago iluminó la calle; me había dejado deslumbrada.
Los siguientes segundos fueron confusos: me paré para recuperar la vista, sonó un trueno que me sacudió los huesos y perdí el equilibrio. Me apoyé en un coche que estaba aparcado en un lado de la carretera, sin entender qué pasaba. Volvió a haber un relámpago, y ésta vez, sin duda, vi a alguien. Era una silueta de un hombre, más bien un chico. Estaba a unos tres metros de mí, parado, inmóvil.
Mirándome fijamente.
Todo mi cuerpo se puso en guardia, anunciando: PELIGRO. Ni siquiera entendía por qué me asustaba tanto, seguramente era un chico normal que iba al instituto como yo y se había parado al verme trastabillar.
Pero en aquel momento no pensé en explicaciones racionales ni me detuve a mirarle de nuevo. Me bastó con un instante para saber con certeza que tenía que huir. Como si mi vida dependiera de ello, porque probablemente así era.
De modo que, mareada y con el corazón latiéndome a cien, eché a correr en dirección opuesta al chico. Mientras aceleraba, no podía quitarme de la cabeza su figura encorvada; como si me estuviera observando, como si me estuviera acechando. Tenía todos los pelos de punta y estaba asustadísima.
Los relámpagos se sucedían rápidamente, y yo lo estaba viviendo todo como un sueño; la adrenalina por mis venas me tenía confusa. Ni siquiera sentía mis pies, porque lo único que podía pensar era: HUYE.
A veces, me parecía ver a la misma figura delante de mí, apoyada en la pared o en el otro lado de la calle. Aquello era imposible, seguramente era mi mente colapsada que se imaginaba cosas.
Tardé poco en llegar al instituto, pero fue como una eternidad para mí. Cuando llegué, miré hacia atrás y no había nadie detrás mía. Pensé que era una estúpida por salir corriendo así, y crucé la verja para entrar en el patio. Llamé a la puerta, pues el portero la había cerrado hacía rato. Esperé pacientemente, pues sabía que se tardaba un poco en salir de conserjería y venir a abrir la puerta.
Impaciente, golpeaba el suelo con los pies. Era un sonido rítmico en medio de la lluvia.
Y, entonces, se oyó otro sonido; el chirrido de la puerta. Sin poder creérmelo, me volví, aterrada. Allí estaba él, de nuevo. Había abierto la verja y venía hacia mi, con tranquilidad. Como si me tuviera atrapada. Como si yo no pudiera escapar.
Y eso era cierto. Me cortaba la salida, estaba atascada entre la puerta cerrada del instituto y él.
Empecé a aporrear frenéticamente la puerta, gritando al conserje y empujando, como si así pudiera remediar el hecho de que estaba cerrada con llave. Oí pasos cansados dentro del instituto, y me imaginé que ya estaba viniendo, pero que se tomaba su tiempo, como con todo lo demás.
Me volví y le planté cara al chico que tan asustada me tenía. Había algo en la forma en la que caminaba que asustaba. Además, no era solo eso, sino que no le distinguía la cara, y además me daba mala espina ya de por sí. El modo en el que ladeaba la cabeza cuando me miraba, inmóvil.
"No, por favor, no", pensé, horrorizada, cuando levantó las manos hacia mí, como si fuera un zombie. "Es un loco peligroso, dios mío", me dije, golpeando la puerta más fuerte. El chico se acercaba a mí, y le oí rezongar cosas en voz baja. Cosas sin sentido, como si estuviera gruñendo o hablando sin vocalizar.
De pronto, el conserje abrió la puerta y yo caí dentro del instituto, sorprendida. Había estado tan atenta al loco aquél que no me había dado cuenta de que el conserje había abierto la puerta.
-¿Se puede saber qué pasa, Alissa? -me dijo, enfadado.
-Yo... había un chico que me estaba persiguiendo -señalé fuera, pero con la niebla no se veía nada. Además, tenía la sensación de que ya no estaba allí.
-Allí no hay nadie. Si quieres inventarte una excusa, tienes que ser un poco más realista -gruñó, mientras volvía a cerrar la puerta con llave y entraba de nuevo en su garito de conserjería.
Me quedé parada un instante, atisbando a través del cristal. ¿Era posible que hubiese desaparecido?
Lo que acababa de vivir me parecía tan irreal que comencé a dudar de mí misma. A lo mejor me había vuelto loca, y tenía alucinaciones. A lo mejor, algún compañero me quería gastar una broma. A lo mejor...
Apareció de la nada. Parpadeé un instante y allí estaba, pegado contra el cristal. Tenía los ojos fijos en mí, y una terrible sonrisa, más parecida a una mueca, pintada en los labios.
Sus ojos, amarillentos y rojizos, daban escalofríos. Pero lo peor eran sus dientes; afilados e irregulares, parecían tener pedazos de carne y basura atascados entre uno y otro.
Salí corriendo, demasiado asustada para gritar. Nadie me creería, pero aquello era real. No era una broma.
Acababa de escapar de un zombie.