-Hazlo -me retó Liam, apretándome la mano para darme una sensación de seguridad.
-¡Que no!
-Sabes que eres capaz. Sólo necesitas relajarte y actuar con naturalidad, o el cambio será débil y podría recordar con el tiempo.
-Pero... -sin darme más tiempo de pensar, Liam me empujó hacia la puerta de la tienda y las prendas que llevaba en la mano activaron la alarma, atrayendo la atención de uno de los guardias de seguridad.
-Perdonen, no pueden salir sin pagar -dijo con voz grave y dura. Me temblaban las rodillas.
-Verá, lo acabamos de pagar. Aquí está la factura -me concentré en manipular su mente para que viera mi mano alzarse y enseñarle la factura. Pero era tan complicado... tenía que pensar en cada detalle que quería que él viera, y además no podía parar de pensar en que alguien iba a darse cuenta de que estábamos abduciendo al segurata.
-Mm -murmuró él mientras cogía la factura imaginaria y fruncía el ceño al revisarla-. En ése caso, la alarma estará funcionando mal... -se rascó la cabeza, tratando de figurarse el motivo por el que nos había pitado. No lo estaba haciendo bien, él se había dado cuenta de que pasaba algo.
-¿Podemos irnos? -murmuré con impaciencia, deseando salir ya de aquella maldita tienda de ropa. La música alta me distraía, y el de seguridad seguía sosteniendo mi factura imaginaria en la mano. Tenía que concentrarme en que no se disolviera de repente.
-Supongo que sí... -le arrebaté el pedazo de aire de la mano y arrastré a Liam calle abajo, antes de que el tipo pudiera empezar a preguntarse qué había pasado.
Caminamos en silencio unos segundos hasta que Liam rompió a reir.
-¿Qué pasa? ¿Te hace gracia verme sudar? -gruñí, mientras llegábamos al hotel y él empujaba la puerta para entrar.
-No te ha ido tan mal. ¿Te cuento la primera vez que lo hice yo? Bueno... intenté robar un caballo, y no se me ocurrió mejor idea que volver el caballo invisible a los ojos del dueño de las cuadras, que me vio pasar a su lado solo, cuando en realidad tenía cogido de la brida a uno de sus mejores sementales. El caso es que el caballo se encabritó, y tuve que encargarme de él mientras intentaba volver corriendo hacia su dueño, por lo que el tío debió de verme peleando con la nada, y además el caballo relinchaba y daba coces... acabó tirándome al suelo, pero logré dominarlo -me eché a reír al imaginar a Liam luchando como un poseso contra algo invisible, y la cara que debió de poner el pobre dueño al verle en ese estado-. Tuve que marcharme aquella misma noche por miedo a que me descubrieran. Además, fue tan duro disimular un caballo entero que tuve una jaqueca de tres días.
-Y entonces no existían los Ibuprofenos, supongo -aventuré-. Tienes razón, no me ha ido tan mal para lo que podría haber pasado...
-Ésa es la actitud -se burló Liam de mí. Nos metimos en el ascensor, donde aprovechamos para sumirnos en un beso apasionado que terminó bruscamente cuando entró un señor mayor con cara de perro y se nos quedó mirando hasta que llegamos a nuestro piso. A duras penas logré contener la risa hasta que salimos del ascensor, donde prorrumpimos en carcajadas mientras yo sacaba la llave de la habitación y la metía en la cerradura.
En cuando entramos, me fui directa a la ducha con la ropa nueva que acabábamos de 'comprar'. Al salir, me miré al espejo y respiré hondo. Los últimos tres días habían sido felices, a diferencia de lo que imaginaba que sería mi vida lejos de casa. Había hecho cosas que hace una semana ni sabía que eran posibles; dominaba la lectura de mentes, había hecho avances en los poderes telepáticos y me manejaba bastante bien borrando la memoria. Lo último que había aprendido había sido a implantar recuerdos, visiones, sentimientos... a manipular la mente propiamente dicho.
Aquellos días habían pasado como en una nube y, sin embargo, no había olvidado mi propósito: abandonar a Liam y huir por mi cuenta lejos de las largas garras del diablo. El anuncio que había visto esta mañana por la tele, mientras Liam estaba fuera comprando pastillas para la anemia (aún no me había recuperado del todo del ataque de aquel vampiro), me había devuelto bruscamente a la realidad; mis padres me estaban buscando. Oficialmente estaba desaparecida y se estaba llevando una minuciosa investigación policial para comprender cómo una chica de casi quince años había desaparecido sin dejar rastro en el trayecto desde el instituto hasta su casa. Complicado, ¿verdad?
En el fondo no quería plantar a Liam. Me gustaba mucho, más que cualquier otro chico que se hubiera cruzado en mi vida. ¿Por qué no podía haberle conocido en condiciones normales? Claro que si él fuera normal, quizá no le hubiera echado una segunda mirada. Quizá sólo me iban los raritos que habían vendido su alma al diablo hacía cien años. El caso era que tenía que dejarle, por su bien.
Allí, frente al espejo, tomé una decisión; sería esta noche. Había avanzado mucho más rápido de lo que esperaba en mis 'aprendizajes paranormales' y ya me sentía preparada para dar el salto. A partir de mañana, tendría que andar con mil ojos y no volver a relajarme. Tendría que encontrar a un maestro que me enseñase a enfrentarme al diablo, y luego llamar a la puerta del infierno y resolver lo que tuviera que resolver con él. Sólo entonces, y si salía victoriosa, podría volver a empezar a plantearme la idea de ver a Liam.
Me vestí con la camiseta del hotel, que había pasado a ser mi pijama, y cené y me fui a la cama normalmente, pues no debía despertar las sospechas de Liam. Me refugié en sus brazos y le di un largo beso de buenas noches, y también de despedida, aunque él no podría saber éso hasta que fuera demasiado tarde. Pronto le oí respirar suavemente y supe que estaba dormido. Esperé un rato más, alargando el momento de marcharme, pero al final me incorporé en silencio y cogí mi mochila, que había dejado hecha sin que él le diera demasiada importancia. Dejé en la mesilla de noche la nota que había escrito esta mañana y me incliné una última vez sobre él para aspirar la menta de su aliento una vez más. Después, tratando de no hacer ruido, me escabullí por la puerta. En el pasillo no había nadie; eran las dos de la mañana y todos estaban dormidos o en el casino del hotel. Me puse los vaqueros rasgados que había comprado y una sudadera verde enorme con 'SK8' escrito en el pecho, y me calcé unas deportivas marrón oscuro muy cómodas. Ya lista para marchar, reprimí el impulso de volver a abrir la puerta para despedirme de nuevo de Liam, y me encaminé hacia el piso de abajo.
Ahora estaba sola.