jueves, 1 de noviembre de 2012

Cap. 19: Huyendo

No me fue difícil subir a un bus atestado de gente sin comprar billete; engañé al conductor y a un par de personas que me miraron fijamente y me fui a los asientos del fondo, donde extendí un mapa de la zona que había encontrado en un puesto turístico de camino a la parada. Estaba en el sur del país, demasiado al sur para el tiempo que habíamos viajado Liam y yo. No me cabía en la cabeza que hubiéramos podido llegar tan lejos, pero recordé que Liam tenía ayuda sobrenatural y se me ocurrió que quizá habíamos hecho alguna especie de 'recorrido exprés' al estilo monstruoso. Cuando amaneció, se me encogió el estómago al imaginarme a Liam levantarse y ver mi nota en la mesilla. Se sentiría traicionado, claro. ¿Quién podría evitarlo cuando alguien en quien confías huye de ti sin dejar más explicación que una carta excusándose? Seguro que acabaría por odiarme. ¿Y quién se lo reprocharía? Lo mejor sería que ambos nos olvidáramos el uno del otro lo antes posible, para poder volver a retomar nuestras vidas.
Hice un par de transbordos en autocares de largo recorrido, y al final terminé en el noroeste, cerca de la playa. Había recorrido medio país en un solo día, sin dinero y huyendo. No estaba mal para ser mi primera vez.
La razón por la que había escogido aquella ciudad era que probablemente había sido lo más parecido a un hogar que había tenido antes de mi casa en la capital. Cuando era pequeña, mis padres viajaban mucho, por razones de trabajo, y yo no había pasado más de un año en un mismo lugar. Pero todos los veranos, sin excepción, visitábamos la playa, alquilando un piso al lado de la playa durante unas semanas. Eran los días más felices de mi vida; adoraba el mar.
De modo que, al llegar a la tan conocida plaza donde había jugado de pequeña, no pude evitar suspirar de alivio. ¿Había llegado a un lugar seguro? Liam no podía saber lo mucho que significaba aquel lugar para mí... ¿o sí? ¿Lo habría leído en mi mente antes de que la barrera se activase en ella? Pensé que iba a cambiar de hotel cada noche por si acaso.
Pero ahora tenía tiempo libre, demasiado tiempo libre. Ser una fugitiva tenía su gancho cuando ibas acompañada de un chico perfecto que te protegía de los monstruos y te enseñaba a hacer cosas con tus poderes mentales, pero ahora que me había ido, me di cuenta de lo sola que estaba. Recordé el lugar donde solía ir cuando era pequeña y me escapaba de casa por la noche para ir a ver el mar desde otra perpectiva. Ahora que lo pensaba, de pequeña siempre me había gustado la noche; era como mi refugio, a los adultos les era difícil verme y yo podía escurrirme por debajo de ellos y salir corriendo, con la ligereza de una cría, a donde nadie pudiera encontrarme. Mis padres confiaban en mí y no se preocupaban demasiado cada vez que desaparecía; si me escondía era porque necesitaba estar sola, y además siempre volvía un par de horas después para pedir un bocadillo de queso, mi manjar favorito de aquella época.
Así que enfilé hacia la playa. Al llegar a la arena, me quité los zapatos, a pesar del frío que hacía en aquella época del año y del viento lluvioso que amenazaba con tirarnos a todas las personas que nos atrevíamos a pasear por la playa. Metí los pies en el agua y caminé hacia los acantilados, en el extremo derecho, donde la suave arena se convertía en escarpadas rocas. Si mis padres hubieran sabido que siempre iba allí, quizá no hubieran estado tan tranquilos cuando desaparecía. La gente iba disminuyendo según me acercaba a las rocas, hasta desaparecer gradualmente. Me puse los zapatos y empecé a escalar.
La gente no estaba interesada, o tenía miedo, o no lo sabía, pero mi pequeño secreto era la cueva que había a media altura del acantilado. Las olas no llegaban a salpicar, pero tú tenías todo el océano por delante y sentías rugir el mar con toda su fuerza; a veces daba miedo, y te hacía sentirte insignificante frente a aquellas aguas que lo habían visto todo.
Me encaramé a la entrada de la cueva y me senté con los pies colgando por el borde. Hacía frío, claro, pero las vistas compensaban todo lo demás. Recordé cómo me acurrucaba en aquella cueva de pequeña, y la verdadera razón por la que me gustaba ir allí.
No le había hablado a nadie de la cueva, excepto a él. Danny había sido mi amigo desde prácticamente siempre; vivía con su familia en una casucha que desafiaba al mar casi en el borde del precipicio. Solíamos ir juntos a la cueva y pasar horas hablando y riendo; con él no tenía que fingir. Era incluso más real que mi amistad con mis amigos del instituto, a los que veía todos los días. Danny había sido el mejor amigo que necesitaría tener ahora mismo a mi lado, pero que no estaba.
Danny murió cuando yo tenía ocho años. Cruzó la carretera para recoger una pelota que había salido rodando, y un camión le arrolló. Aquella época fue la más confusa de mi vida; vivía entre una bruma. El entierro, las palabras de consuelo de todo el mundo, el rictus doloroso en el rostro de su madre... Yo sólo sentía que Danny no estaba. Perdí el interés por comer, hasta el punto de que mis padres me llevaron al médico y me recetaron unas pastillas que me dejaban atontada unas horas. Me pasaba el día en la cueva, llorando en la soledad, viendo desaparecer los vestigios de la presencia de Danny entre las rocas. Habían pasado seis años desde entonces, y era la primera vez que volvía a aquella ciudad. Mis padres decidieron ir a veranear a otro sitio a partir de entonces, por los malos recuerdos. A mí no me había importado; Danny ya no estaba allí, ¿por qué iba a volver?
Entonces fue cuando me di cuenta. Aquella cueva ya no era lo mismo; estaba segura de que había pasado seis años desierta. Todo recuerdo que pudiese quedar de Danny o de mí... el tiempo lo había borrado. Aquella cueva ya no era la nuestra. Era más pequeña de lo que recordaba, era más fría y estaba más sucia. Y Danny no había estado allí en tanto tiempo... apenas se percibía su presencia entre las piedras donde solía repantigarse y mirar el cielo nocturno a mi lado.
No pude soportar estar más tiempo en aquella cueva desconocida. De algún modo, que hubiera sido tan importante para mí en otro tiempo hacía que ahora fuera insoportable estar allí. Salí del acantilado y caminé sin rumbo, observando el sol bajar por el horizonte hasta teñir el cielo de naranja. Primer día sin Liam. ¿Qué estaría haciendo? ¿Habría entendido mi carta y estaría volviendo a su normalidad? ¿Mentiría al diablo?
Me encontré frente a una tienda de licor y entré a pedir una botella de vodka. El tendero me reconoció de la televisión y tuve que borrarle la memoria, pero no olvidé llevarme el vodka. Esta noche lo necesitaba.
Mis pasos me llevaron hasta el cementerio, que a estas horas (las diez de la noche) estaba cerrado. Di un par de vueltas por la calle hasta que, en un momento en el que estaba vacía, me encaramé a la valla y la salté, internándome en la oscuridad de los muertos.
No tenía luz, pero tampoco se veía tan mal. Avancé por el césped, entre las tumbas, hasta que encontré la de Danny. Sólo había estado allí una vez, y fue hace mucho tiempo; el día que le enterraron. Pero lo recordaba como si fuera ayer. Me habían obligado a vestirme de negro, pero a Danny le gustaban los colores. Le habían hecho un funeral católico, mientras que Danny no creía en Dios. Todas las personas lloraban y se lamentaban, y yo no podía evitar pensar que a Danny le hubiera gustado una despedida alegre, un funeral lleno de buenos recuerdos y promesas de futuro para los que nos quedábamos.
Me arrodillé frente a la tumba y aparté una bola de papel de aluminio del bocadillo de alguien que había acabado sobre su fecha de nacimiento. Había un ramo de flores resecas, que debían de llevar allí semanas. Había plantas trepando por la lápida, pero pensé que a Danny no le molestarían, así que las dejé así.
Suspiré. ¿Qué estaba haciendo? Danny llevaba muerto seis años. Probablemente ni su madre se pasaba por allí más de un par de veces al mes. Sacudí la cabeza mientras destapaba el vodka y bebía un trago. El calor me recorrió la garganta y me hizo sentirme un poco mejor.
-¿Qué hay, Danny? -hacía tanto frío que una nubecilla blanca se escurría entre mis dientes cada vez que espiraba. Bebí otro trago-. Te preguntarás qué hago aquí.
Me apoyé en su tumba, deseando que no fuera tan dura ni tan fría. A lo mejor, si me concentraba, podía imaginar que estaba acurrucada a su lado y no sola en un cementerio.
-Pues... yo tampoco tengo la respuesta. Me gustaría decir que he crecido y me he vuelto más sabia y ahora tengo una vida estable de la que sentirme orgullosa... pero, joder, ahora mismo me siento como la cría que conocías, escapándome de casa como antes. Ni siquiera sé qué estoy haciendo con mi vida, pero eso no importa, porque probablemente el año que viene ya estaré muerta. El diablo me busca, ¿sabes? Sí, existe. Igual resulta que Dios también existe, ¿sabes? Ya sé que tú nunca creíste, pero no me gustaría saber que sólo existe el mal en el mundo.
Guardé silencio un rato.
-Siento lo de tu funeral. Fue una mierda de despedida. Deberíamos haberte hecho algo digno... y ya sé que querías ser incinerado. Pero sólo tenía ocho años, Dan. Nadie debería pasar por éso con ocho años.
Bajé la cabeza.
-¿Sabes qué? Los monstruos existen. He visto un zombie, y un vampiro... un amigo mío vendió su alma al diablo y tiene cien años -bebí más vodka, sintiendo los primeros efectos del alcohol-. Me he escapado de casa. Ahora mismo me están buscando por todo el país. Bueno, en realidad me secuestraron... pero ahora podría volver, y no lo he hecho. No puedo ponerles en peligro, ¿sabes?
El silencio era demasiado audible. Estaba hablando sola, pero el alcohol ayudaba.
-Ojalá estuvieras aquí. Tú sabrías qué decir.
Me quedé un rato pensando en las cosas que solía hacer; cuando solo era una chica normal yendo al instituto y tonteando con chicos. Me reí al pensar en el trabajo sobre Halloween que había tenido que hacer. ¿Era una broma del destino o de mi tutor? No había tenido mucho tiempo para pensar en él, pero sabía que había algo raro en él. Sabía lo de los monstruos, desde luego. ¿Y qué? ¿Me había intentado ayudar o matar? Porque entonces me había parecido que el zombie le obedecía, pero quizá simplemente sabía como ahuyentarlos. No debía olvidar que él me había dado la pista para escabullirme el primer día...
Me estremecí al pensar que sólo quedaban tres semanas para Halloween. ¿Serían verdad los mitos? Nunca había visto zombies por la calle el 31 de octubre, pero quién sabe... Estaba aprendiendo que nada es lo que parece.
-Danny... te odio por haberte ido. Me dejaste aquí, plantada, en un mundo que no es el mío. ¿O acaso me ves cenando con mi familia mientras vemos el telediario, como todo el mundo? Antes éramos dos bichos raros, pero ahora lo soy yo sola. Es un peso horrible. ¿Es que no me ves? Aquí estoy, hablando con una piedra que tiene tu nombre tallado en ella. ¿Cómo se supone que voy a sobrevivir a todo esto sin ti, compañero? -apoyé la cabeza en su lápida-. A veces me gustaría que me mataran ya de una vez, ¿sabes? Por fin podría olvidarme de todo. No más luchar, no más preocuparme. Pero entonces el lugar que solía ocupar en el mundo se quedaría vacío, y los que lo sufrirían serían todos los que me querían. Yo sé muy bien lo que es eso, Danny. Es la mejor forma de arruinarle la vida a una cría de ocho años.
Me mordí el labio inferior.
-No te estoy echando la culpa. Ya sé que, si hubieras podido elegir, no habrías cruzado aquella carretera. Pero todo es tan injusto... ¿quién merece morir antes de haber empezado a vivir? Ni siquiera habías cumplido tu sueño de construir un barco. Se quedó a medias, como todo lo demás en tu vida. ¿Cuántos años tenías, once? Lo miraría en tu tumba, pero los números no se quedan quietos. Estoy borracha, Danny. Ahora eso es todo a lo que puedo esperar; beber en solitario mientras me escondo entre las sombras para que ni Liam ni el diablo ni cualquier otro monstruo a sueldo me encuentren. Es deprimente.
No estaba llorando. ¿Por qué? Era lo que vivía todos los días; si no lloraba entonces, no iba a llorar ahora.
-Creo que debería irme ya, amigo. Espero que... bueno, que me hayas oído, ya sabes.
Me levanté y caminé arrastrando los pies hasta la verja, y con dificultad la salté. No tenía nada de ganas de ir a un hotel, así que me quedé vagabundeando por las calles (eran casi las once y mañana era lunes, así que no había casi nadie por allí). Entonces, escuché unos pasos precipitados. Me di la vuelta y vi a una chica corriendo calle arriba; tenía el pelo teñido de rojo y los ojos negros llenos de terror. Algo la seguía de cerca; algo que ladeaba mucho la cabeza y caminaba de una forma andrajosa, como si estuviera herido.
Gruñí. ¿Era posible que me volviera a encontrar un zombie? Eran como una plaga; en cuanto ése zombie me viera, me seguiría hasta matarme o que lo matara yo a él. Pero, ¿qué iba a hacer sin el cuchillo de Liam? La chica me chilló algo, que no oí. Estaba demasiado concentrada mirando mi botella de vodka. El vinagre curaba la infección, ¿y si el vodka también lo hacía? Técnicamente, ambos conservaban, ¿no?
De todas formas, aunque el vodka funcionase no garantizaría que matara al zombie; quizá solo funcionaba sobre heridas.
Pero, ¿qué otra opción tenía? El zombie ya me había visto y se dirigía hacia mí, y correr no me serviría de nada. Me acosaría hasta pillarme desprevenida.
Cuando el zombie estuvo a un metro de mí, le tiré el vodka a la cara. La botella se rompió y el líquido le recorrió el pseudo-rostro. Él (ello) empezó a gruñir, mientras su piel verdosa y desgarrada se consumía lentamente. ¡Funcionaba! La piel de la cara se le quemó y sus brazos se empezaron a descomponer. Al final, a mis pies se encontraba un montoncito de huesos y polvo que me provocó nauseas.
La chica me observaba, dudando entre salir corriendo y dar las gracias.
-Soy Alissa -le dije, tendiéndole la mano.
-Elie -susurró, dándome la mano-. Eres la de la tele, ¿verdad?
Gruñí.
-Supongo. ¿Por qué te perseguía ése zombie?
-Dijo... dijo algo de que iba a hacer algo en el futuro... que no quería que... algo de que el diablo no quería que hiciera algo...
Me tensé.
-¿El diablo? ¿Qué sabes del diablo?
-Bueno, a ti tampoco te ha sorprendido mucho, ¿verdad? Yo soy una bruja, y tú, ¿qué eres?

jueves, 25 de octubre de 2012

Cap. 18: Pasos de gigante

-Hazlo -me retó Liam, apretándome la mano para darme una sensación de seguridad.
-¡Que no!
-Sabes que eres capaz. Sólo necesitas relajarte y actuar con naturalidad, o el cambio será débil y podría recordar con el tiempo.
-Pero... -sin darme más tiempo de pensar, Liam me empujó hacia la puerta de la tienda y las prendas que llevaba en la mano activaron la alarma, atrayendo la atención de uno de los guardias de seguridad.
-Perdonen, no pueden salir sin pagar -dijo con voz grave y dura. Me temblaban las rodillas.
-Verá, lo acabamos de pagar. Aquí está la factura -me concentré en manipular su mente para que viera mi mano alzarse y enseñarle la factura. Pero era tan complicado... tenía que pensar en cada detalle que quería que él viera, y además no podía parar de pensar en que alguien iba a darse cuenta de que estábamos abduciendo al segurata.
-Mm -murmuró él mientras cogía la factura imaginaria y fruncía el ceño al revisarla-. En ése caso, la alarma estará funcionando mal... -se rascó la cabeza, tratando de figurarse el motivo por el que nos había pitado. No lo estaba haciendo bien, él se había dado cuenta de que pasaba algo.
-¿Podemos irnos? -murmuré con impaciencia, deseando salir ya de aquella maldita tienda de ropa. La música alta me distraía, y el de seguridad seguía sosteniendo mi factura imaginaria en la mano. Tenía que concentrarme en que no se disolviera de repente.
-Supongo que sí... -le arrebaté el pedazo de aire de la mano y arrastré a Liam calle abajo, antes de que el tipo pudiera empezar a preguntarse qué había pasado.
Caminamos en silencio unos segundos hasta que Liam rompió a reir.
-¿Qué pasa? ¿Te hace gracia verme sudar? -gruñí, mientras llegábamos al hotel y él empujaba la puerta para entrar.
-No te ha ido tan mal. ¿Te cuento la primera vez que lo hice yo? Bueno... intenté robar un caballo, y no se me ocurrió mejor idea que volver el caballo invisible a los ojos del dueño de las cuadras, que me vio pasar a su lado solo, cuando en realidad tenía cogido de la brida a uno de sus mejores sementales. El caso es que el caballo se encabritó, y tuve que encargarme de él mientras intentaba volver corriendo hacia su dueño, por lo que el tío debió de verme peleando con la nada, y además el caballo relinchaba y daba coces... acabó tirándome al suelo, pero logré dominarlo -me eché a reír al imaginar a Liam luchando como un poseso contra algo invisible, y la cara que debió de poner el pobre dueño al verle en ese estado-. Tuve que marcharme aquella misma noche por miedo a que me descubrieran. Además, fue tan duro disimular un caballo entero que tuve una jaqueca de tres días.
-Y entonces no existían los Ibuprofenos, supongo -aventuré-. Tienes razón, no me ha ido tan mal para lo que podría haber pasado...
-Ésa es la actitud -se burló Liam de mí. Nos metimos en el ascensor, donde aprovechamos para sumirnos en un beso apasionado que terminó bruscamente cuando entró un señor mayor con cara de perro y se nos quedó mirando hasta que llegamos a nuestro piso. A duras penas logré contener la risa hasta que salimos del ascensor, donde prorrumpimos en carcajadas mientras yo sacaba la llave de la habitación y la metía en la cerradura.
En cuando entramos, me fui directa a la ducha con la ropa nueva que acabábamos de 'comprar'. Al salir, me miré al espejo y respiré hondo. Los últimos tres días habían sido felices, a diferencia de lo que imaginaba que sería mi vida lejos de casa. Había hecho cosas que hace una semana ni sabía que eran posibles; dominaba la lectura de mentes, había hecho avances en los poderes telepáticos y me manejaba bastante bien borrando la memoria. Lo último que había aprendido había sido a implantar recuerdos, visiones, sentimientos... a manipular la mente propiamente dicho.
Aquellos días habían pasado como en una nube y, sin embargo, no había olvidado mi propósito: abandonar a Liam y huir por mi cuenta lejos de las largas garras del diablo. El anuncio que había visto esta mañana por la tele, mientras Liam estaba fuera comprando pastillas para la anemia (aún no me había recuperado del todo del ataque de aquel vampiro), me había devuelto bruscamente a la realidad; mis padres me estaban buscando. Oficialmente estaba desaparecida y se estaba llevando una minuciosa investigación policial para comprender cómo una chica de casi quince años había desaparecido sin dejar rastro en el trayecto desde el instituto hasta su casa. Complicado, ¿verdad?
En el fondo no quería plantar a Liam. Me gustaba mucho, más que cualquier otro chico que se hubiera cruzado en mi vida. ¿Por qué no podía haberle conocido en condiciones normales? Claro que si él fuera normal, quizá no le hubiera echado una segunda mirada. Quizá sólo me iban los raritos que habían vendido su alma al diablo hacía cien años. El caso era que tenía que dejarle, por su bien.
Allí, frente al espejo, tomé una decisión; sería esta noche. Había avanzado mucho más rápido de lo que esperaba en mis 'aprendizajes paranormales' y ya me sentía preparada para dar el salto. A partir de mañana, tendría que andar con mil ojos y no volver a relajarme. Tendría que encontrar a un maestro que me enseñase   a enfrentarme al diablo, y luego llamar a la puerta del infierno y resolver lo que tuviera que resolver con él. Sólo entonces, y si salía victoriosa, podría volver a empezar a plantearme la idea de ver a Liam.
Me vestí con la camiseta del hotel, que había pasado a ser mi pijama, y cené y me fui a la cama normalmente, pues no debía despertar las sospechas de Liam. Me refugié en sus brazos y le di un largo beso de buenas noches, y también de despedida, aunque él no podría saber éso hasta que fuera demasiado tarde. Pronto le oí respirar suavemente y supe que estaba dormido. Esperé un rato más, alargando el momento de marcharme, pero al final me incorporé en silencio y cogí mi mochila, que había dejado hecha sin que él le diera demasiada importancia. Dejé en la mesilla de noche la nota que había escrito esta mañana y me incliné una última vez sobre él para aspirar la menta de su aliento una vez más. Después, tratando de no hacer ruido, me escabullí por la puerta. En el pasillo no había nadie; eran las dos de la mañana y todos estaban dormidos o en el casino del hotel. Me puse los vaqueros rasgados que había comprado y una sudadera verde enorme con 'SK8' escrito en el pecho, y me calcé unas deportivas marrón oscuro muy cómodas. Ya lista para marchar, reprimí el impulso de volver a abrir la puerta para despedirme de nuevo de Liam, y me encaminé hacia el piso de abajo.
Ahora estaba sola.

jueves, 24 de mayo de 2012

Cap. 17: Vida normal

Lentamente abrí los ojos. ¿Era de día? Tenía la sensación de que habían pasado semanas desde que me acosté en aquel hotel. La cama era tan suave y cómoda... me sentía perfectamente a gusto. Así quería imaginarme la muerte; una comodidad absoluta. Ya no hay problemas, ya no tienes que preocuparte por nada. Solo tú y tu descanso. Ojalá.
Pero no; aún estaba viva. Y tenía muchos problemas.
Me levanté de un salto, recordando de golpe todo lo que habíamos pasado Liam y yo el día anterior. Primero, miré el reloj de la pared: eran las cuatro de la tarde del día siguiente. Hoy era jueves.
Hoy hacía una semana que conocía a Liam. Una semana desde que desaparecí de mi vida. Una semana desde que cambió tanto mi percepción del mundo.
Suspiré y me levanté de la cama. Me di la vuelta y vi a Liam, profundamente dormido, en el otro lado de la cama. Sonreí. Cuando me fuera, le iría bien.
Entré en el baño y me miré el cuello. No tenía mala pinta. Me lo lavé un poco más y me recogí el pelo en una coleta alta. Después, registré los cajones hasta que vi un botiquín. me puse una gasa desinfectada por si acaso en la mordedura del vampiro, aunque Liam me había asegurado que no era necesario. Luego, lo guardé todo como estaba y salí del baño. Liam seguía dormido, de modo que salí al balcón y me senté en una hamaca que había. Me gustaría estar allí para siempre. Estaba tan segura a su lado... ojalá pudiera quedarme con Liam toda la vida. Sería genial, pero él tenía que ser feliz. Yo ya estaba marcada de por vida.
Entonces, pensé qué sería de mí. ¿Qué haría cuando me fugara? Tendría que hacerlo muy bien, para que Liam jamás me encontrase. Me dolía en el alma tener que marcharme, no volver a escuchar su voz, a mirarle, a besarle...
Sacudí la cabeza. Tenía que ser. Tampoco es que me fuera a rendir. Jamás.
El diablo se las iba a ver conmigo. ¿Quería encontrarme? Pues bien, le iba a encontrar yo a él primero. Y le mataría. Por haberme destrozado la vida.
Probablemente necesitaría mucho entrenamiento. Primero, le pediría a Liam que me enseñase a manipular la mente. Odiaba admitirlo, pero sin hacer trampas no llegaría a ningún lado. Luego, robaría un coche, me largaría lejos y me alojaría en distintos hoteles cada noche. Aprendería a luchar, tanto psíquica como físicamente. Y, cuando estuviera lista, iría a por el diablo. Lo pagaría caro.
-¿Alissa? -escuché decir a Liam dentro de la habitación.
-En el balcón.
Unos momentos después, un amodorrado Liam se sentó a mi lado en la hamaca. Nos quedamos un rato en silencio, viendo a las personas pasar, ajenas a todos los secretos que se ocultaban tras las sombras. Felices.
-¿No te gustaría ser uno de ellos? -señalé con la cabeza a un grupo de adolescentes más o menos de nuestra edad que paseaban entre risas por la acera de enfrente.
-¿Qué quieres decir? ¿Si me gustaría ser normal? -se lo pensó un rato-. Sí, claro que sí. Pero supongo que si fuera normal querría vivir una aventura.
-Las aventuras están sobrevaloradas. En realidad, te sientes como una mierda -hice una mueca.
-Ya, pero conoces a gente interesante -me miró con intensidad.
Le sonreí.
-Te refieres a los vampiros. Sí, son curiosos. Aunque no estoy segura de querer repetir la experiencia.
Nos reímos, y me acerqué más a él. Nuestras bocas casi se tocaban, y podía sentir su delicioso aliento a menta en mis labios. Al fin, me decidí por los dos y le besé.
-¿Qué va a pasar ahora?
-Nada. Si quieres volver a tu vida normal, eres libre de hacerlo. Yo te protegeré de los monstruos que vengan a por ti.
-Y una mierda. ¿Vas a pasarte la vida vigilándome? Sé un poco más egoísta, ¿vale?
Me apretó contra él. Me encantaba su olor. Sí, decididamente había escogido el champú de menta.
-Bueno, por el momento pensemos en el presente. ¿Quieres desayunar?
-¡Afirmativo! ¿Te sobrará dinero para algo de ropa? No soporto las camisetas chillonas de hotel, ¿sabes?
Volvimos a la habitación y ordenamos un desayuno. Un rato después, nos trajeron unas bandejas llenas de manjares. En cuanto el camarero se fue, observé los platos con indecisión.
-Me hubiera conformado con unos cereales...
-¿En serio? ¿Has probado las tortitas para desayunar? -Liam me pasó unas tortitas dulces rellenas de queso que, decididamente, estaban buenísimas. Me devoré el desayuno y después bajamos a comprar ropa. Él se cogió unos vaqueros negros y una camisa de cuadros marrones, y yo unos vaqueros blancos y una camiseta morada y blanca de rayas. Después, caminando por la ciudad, me atreví a decirle:
-Quiero que me enseñes a manejar mis poderes. En serio, necesito poder defenderme. Ya sabes.
-De acuerdo. ¿Quieres practicar? Ven, sentémonos -escogió un banco de la calle, por el que pasaba muchísima gente. Me puse a su lado.
-¿Qué tengo que hacer?
-Leerle la mente a ése hombre de ahí.
Le observé. Era alto, negro y llevaba una camiseta amarilla horrorosa. Hablaba por teléfono y estaba parado enfrente de una pizzería.
-Vale. Especifica.
-Mira, sólo tienes que mirarle y escuchar. De verdad, viene solo.
Suspiré y centré la vista en él. No oía lo que estaba diciendo por teléfono, y tampoco lo que estaba pensando. Me concentré más. Le clavé la vista en los ojos negros, tan profundamente que pensé que me perdería. Entonces, Liam me cogió de la mano y de pronto oí: ''Llega tarde por segunda vez. ¿Será que no me quiere?''.
Me solté de la mano de Liam rápidamente, y el sonido cesó. Me volví hacia él.
-¿Me has canalizado sus pensamientos?
Se encogió de hombros.
-No tienes que esforzarte tanto. Sólo haz como si él te estuviera hablando de verdad.
Me imaginé que el hombre me estaba diciendo algo, pero que no le oía. Quería entender qué era lo que me estaba diciendo... ''Quizá lo del anillo sea demasiado precipitado. Debería esperar más tiempo...''
-¡Lo he hecho! ¡Liam, lo he conseguido!
Me volví hacia una chica que mascaba chicle apoyada en una farola. ''Ésta tía está pirada. Espera, ¿me está mirando? Dios, me está mirando. Yo me piro''. Entonces se levantó lentamente y se fue en otra dirección. Rompí a reír a carcajadas.
-Joder, creí que éstas cosas eran más difíciles.
-Y lo son. Pero es que tú... tú lo consigues todo de una. Ya te vale, Alissa -me miraba maravillado.
-Bueno, ya basta de entrenar por hoy, ¿no crees? ¿Hacemos algo normal?
-¿Normal... como ésto? -me besó de nuevo, pero ésta vez más intensamente. Le envolví con mis brazos y nos apoyamos en el banco, riéndonos. Por un momento, me sentí como cualquier otra, ilusionada con mi novio. ¿Eso éramos Liam y yo? No por mucho tiempo, entonces.
Paré en seco.
-Espera, Liam. ¿Tú... tú me puedes leer la mente ahora mismo?
-No. Tienes una barrera, Alissa. Sólo puedo si me esfuerzo mucho... Por éso no eres normal.
-¿Y tú tienes la misma barrera?
-Claro. La gente normal no, porque no está prevenida. Pero tu cuerpo la levanta en cuanto lo sabes, como mecanismo de defensa. Es algo involuntario.
-Vaya. Cuántas cosas estoy aprendiendo, y éso que me he saltado toda la semana de instituto.
-¿Te he contado que de pequeño quería ser profesor?
Y así siguió la tarde. Casi éramos normales. Casi.

domingo, 22 de abril de 2012

Cap. 16: Lujos

Liam me acompañó hasta el coche. Estaba harta de que me ayudara en todo, así que me solté de él y caminé los últimos pasos hasta llegar al coche yo sola. La verdad, no fue muy brillante, porque me cansé y me mareé, pero al menos había ayudado un poco a recomponer mi orgullo herido.
-Son las siete y veinte -susurré. Hice cálculos. Había entrado en la fábrica de piscinas sobre las cuatro y media de la madrugada, pero lo que no sabía era si había pasado allí la noche o no. Estaba tan confusa que mi mente no me respondía. Liam me dijo que entró en la fábrica a buscarme hacia las seis, así que tampoco tenía mucha idea del tiempo que habíamos pasado allí dentro. Me contó que, en las guaridas de los vampiros, el tiempo pasa de una forma diferente. A veces más rápido, a veces más lento. Quizá habían pasado sólo catorce horas, quizá treinta y ocho. O puede que más. Tendríamos que mirar un calendario para saberlo con seguridad.
-¿Y ahora qué? -le pregunté a Liam, mientras éste arrancaba y conducía en silencio por la carretera desierta, alejándonos de la fábrica de piscinas.
-Ahora, buscamos una farmacia y comemos algo.
En realidad, me refería a qué íbamos a hacer después de recuperarnos, me dije. Liam había dicho que no me llevaría al infierno. Pero, entonces, ¿qué otra opción quedaba? ¿Volvería a casa, contaría una mentira a mis padres y volvería a vivir mi vida anterior? Me parecía que habían pasado siglos, no unos cuantos días. Mi vida era tan banal... pero ahora era peligrosa.
De todas formas, no me serviría mucho volver a casa. Otros monstruos me seguirían la pista. Nunca estaría a salvo, así que, ¿por qué volver?
Podría huir con Liam. Pero él no sacrificaría toda su vida por mi. Tendría una casa, amigos, aficiones... Pronto, tendría ganas de volver a la normalidad. Pero ahora el diablo estaría enfadado con él, ¿no? Porque había desobedecido sus órdenes al no llevarme ante él.
Entonces, tendría que huir sola. Viviría como una fugitiva, sola, cambiando de ciudad. Sonaba a aventura, pero a mí me apetecía de todo menos eso. ¿Qué pensarían mis padres de todo ésto? ¿Qué estarían haciendo ahora mismo? ¿Pensarían en mí, o Liam les habría borrado la memoria para que no me recordaran?
El temor a que nadie me recordara, ni mis padres, ni Mali, ni Sergio, ni mis profesores, ni siquiera Derek, el acosador del año pasado, me golpeó de pronto. ¿Sería Liam capaz de hacerles olvidar? Le observé, con miedo de preguntar. No quería saber la respuesta. Porque, en realidad, tenía sentido; Liam podría secuestrarme y no tendría problemas con la policía porque me borraría de la faz de la tierra.
Suspiré. De todas formas, no iba a volver, ¿de qué me servía que me recordaran? Sólo causaría dolor a mis conocidos. Mejor que no supieran de mi existencia.
Me di cuenta de que habíamos entrado en una zona industrial; grandes complejos con marcas de coches, electrodomésticos, ropa, seguros de hogares... Aquí tampoco vi a nadie, pero al menos había algunos coches en los aparcamientos, lo que me indicaba que había gente trabajando en las naves industriales.
Liam siguió conduciendo, y pronto entramos en una ciudad. Traté de averiguar dónde estábamos, pero los nombres de las señalizaciones de tráfico no me sonaban de nada. Debíamos de estar en el culo del mundo.
Me fije en la gente. Iban muy veraniegos, pero yo recordaba que estábamos a principios de octubre. ¿Dónde demonios me había llevado Liam? Me contuve para no preguntárselo; tampoco quería saberlo. Sólo quería darme un baño para quitarme los restos de sangre del cuerpo y comer un montón de calorías. Me daba igual todo lo demás.
Por fin, Liam paró enfrente de una farmacia. Se volvió un momento hacia mí y me dijo:
-Alissa, creo que será mejor que entre yo solo. Tienes un aspecto bastante preocupante y prefiero que no se hagan preguntas, ¿vale?
-Pero tu camisa está desgarrada. Pareces salido de una guerra. Tú también despertarás sospechas.
-Les diré que se me rompió con un árbol. No es raro, en ésta zona. Hay arbustos de espinas que suelen estropear ropa a menudo.
Asentí, confiando en él. Total, ¿qué podían hacer los de la farmacia?
Liam me sonrió, y después salió del coche. Me quedé sola, y otra vez pensé en escapar. Esta vez era una estupidez, porque ya no quería huir de Liam; pero, si me iba a sus espaldas, tal vez el diablo no le castigaría. Liam estaría a tiempo de rectificar, y mentiría y diría que yo me escapé de camino al infierno. Quedaría indemne.
Yo, no.
Pero llegados a éste punto, era imposible que yo quedase indemne. Hiciera lo que hiciese.
La idea de ayudar a Liam era demasiado tentadora como para ignorarla. Consideré la posibilidad real de escapar, de librarle del peso de mi captura. Seguiría con su vida. Seguiría siendo libre, se enamoraría de otra chica, mucho más normal que yo, y la invitaría al cine los fines de semana. Al cabo de un año, retomaría su ritmo normal de crecimiento, se haría mayor y tendría hijos. Y, muchos años más tarde, moriría siendo un anciano, muy lejos ya de sus compromisos con el diablo. Sería feliz, algo que yo no podría volver a ser.
De todas formas, no podría correr ni esconderme de Liam en las condiciones en las que me encontraba. Me encontraría al instante, y entonces ya estaría en guardia y no me daría otra oportunidad de huir.
No, tenía que esperar. Pero, en cuanto se presentase la oportunidad... dejaría a Liam tener una vida normal.
En ése momento él salió de la farmacia, y me esforcé por que no viera mis intenciones plasmadas en mis ojos. Esperaba que no se dedicara a hurgar en mi cabeza.
Abrió la puerta y se metió dentro del coche. Llevaba una bolsa con unas pastillas dentro, que dejó en la guantera.
-Son para tomártelas después de comer. Si no, te pueden hacer daño.
-Vale. Tengo hambre.
-¿Te parece si vamos a un hotel y ya encargamos allí la comida?
-Lo que sea -le sonreí. Me hacía gracia imaginarnos a los dos en un hotel, como si fuéramos normales.
Liam arrancó de nuevo y, apenas unos minutos después, aparcó enfrente de un hotel. Parecía demasiado lujoso.
-¿Esto no va a ser demasiado caro, Liam? -dije, dudosa.
-Llevo ahorrando cien años. Puedo permitirme un capricho de vez en cuando -bromeó, aunque a mí me parecía que su coche de última generación ya era capricho suficiente.
Liam me ayudó a salir del coche y después me susurró al oído:
-Ahora, finge ser normal. Si te preguntan, eres mi novia, o mi hermana, o lo que quieras. Venimos del monte, de hacer un picnic, y somos unos turistas encantados.
-Guay -sonreí. Mi tripa rugió, y nos apresuramos a entrar en el hotel. Me esforcé por no cojear ni observar con demasiadas ganas los exhuberantes platos que había en la recepción, como para recibirnos.
Liam se acercó a la recepcionista y dijo:
-Buenos días. Querríamos quedarnos unos días en la ciudad y nos preguntábamos si habría habitaciones libres en éste hotel... -dijo, con una voz muy inocente.
-¿Cuántas habitaciones? -ella sonreía, como todos los recepcionistas de lujo. Ni siquiera nos había mirado las ropas raídas ni las ojeras.
Liam me miró, duduso. Hablé por él:
-Una -no pensaba dejar que gastara más dinero del necesario, me daba igual lo que pensara la recepcionista o el propio Liam-. ¿Cuánto es al día?
-Son 325 €, con el desayuno incluido.
-¿Al día? -exclamé yo, consternada.
-No hay problema -me interrumpió Liam-. ¿Cuál habitación podemos coger?
-Necesitaría ver su DNI primero, si no le importa -la secretaria se había fijado en que éramos demasiado jóvenes para poder permitirnos un hotel así de caro.
-Por supuesto. Aquí tiene -Liam la miró fijamente, sin hacer ningún gesto que indicara que estaba dispuesto a sacar un carné. Mi corazón se puso a palpitar al cien, al darme cuenta de que él estaba manipulando su mente, pero Liam parecía muy tranquilo. Quizá en eso se basaba su riqueza; hacía creer a la gente que ya la había pagado y aquí no ha pasado nada.
-Muy bien. Aquí tienen -la secretaria nos dio una llave. La cogí con rapidez, y Liam me siguió hasta el ascensor. Una vez dentro, miré el número: 34. Miramos el mapa que había en la pared y vimos que estaba en el segundo piso. No tardamos mucho en encontrar la habitación.
Una vez dentro, me lancé hacia el minibar y lo abrí, con urgencia. Dentro había un montón de latas de refrescos y energéticas, barritas y poco más. Agarré las barritas y las puse sobre la cama. Le di una a Liam y me comí otra, con rapidez. Él también tenía mucha hambre, porque los dos nos acabamos todos los comestibles en minutos. Liam pulsó un botón y pidió una comida completa. Dijeron que estarían aquí en cinco minutos.
Suspiré, eufórica. Por fin podía respirar tranquila. Abrí una lata de Coca Cola y me la bebí en pequeños sorbitos, anhelando que llegara la comida. Liam se levantó y miró por la ventana, nervioso.
-¿Qué pasa?
-Nada. Es que... en recepción, había un calendario. ¡Hoy es miércoles, ¿sabes?!
-¿Miércoles? Pero... cuando entramos en la guarida del vampiro, era... sábado. Es imposible que hayamos pasado tanto tiempo ahí dentro.
-Los vampiros también pueden jugar con nuestra mente, Alissa. ¿Acaso recuerdas la primera vez que te mordió?
-No, pero perdí el sentido. La segunda vez, en cambio...
-No le dio tiempo a borrarte la memoria. Oh, dios, cómo no lo sospeché antes. ¡Llevamos cinco días ahí encerrados, haciendo quién sabe qué, bajo sus órdenes! Se habrán cebado en ti.
-¿Y cómo es que estamos vivos?
-Nos habrán dado de comer cualquier cosa, para mantenernos vivos.
Pero otra pregunta me atenazaba.
-Liam, ¿por qué a ti no te han mordido?
Desvió la vista.
-Los humanos que nos unimos a las filas del diablo fuimos protegidos contra el ataque de muchas criaturas, entre ellas los vampiros. Nuestra sangre les resulta nauseabunda.
-Oh. Entonces, ¿por qué te retenían allí conmigo?
Liam no dijo nada. Me acerqué a él, y le puse una mano en el brazo. Se encogió de hombros.
-Los vampiros son unos salidos, Alissa. Y la presencia de ésa vampiresa en la fábrica... bueno, no me tranquiliza mucho. De ti querían sangre y dinero, y de mí, bueno...
Bajé la mirada. Era terrible. Ahora comprendía por qué Liam tenía la camisa destrozada.
-¿Recuerdas algo?
-Nada. Eso es lo peor.
Le di la mano, y él me la acarició distraídamente.
En ése instante, llamaron a la puerta y entró un camarero con un carrito lleno de platos. Nuestros estómagos gruñeron y ambos corrimos hacia la comida. El camarero se despidió con una sonrisa y Liam y yo empezamos a engullirlo todo. Estaba buenísimo. Mi familia nunca había tenido dinero de más, por éso nunca había probado platos de lujo.
Liam parecía saber de mi vegetarianismo, porque no me ofreció carne. En cambio, sí que me dio su ración de espaguetis a la boloñesa, hechos con carne de soja, que eran precisamente mi comida favorita. Casualidades de la vida.
Después de una abundante comida (hasta rebañamos los platos), me tragué mis pastillas y me metí en la ducha. El baño eran inmenso, más grande que mi habitación, allá en casa. Nunca había tenido agua caliente tan rápido; al instante en que cambiaba el grifo, cambiaba la temperatura. Era realmente cómodo. Me lavé a conciencia, intentando eliminar el sufrimiento de mi piel, ya de paso. El champú era suave y olía a fresas. Me pregunté si Liam eligiría ése o el otro, mentolado. Suponía que escogería el de menta, porque no era la primera vez que olía aquella hierba en él.
Después, me quité la venda del cuello y observé que había dejado de sangrar. Liam me había contado que la saliva de los vampiros tenía propiedades curativas, para que los cuellos se cerraran rápido después de morderlos. Me limpié como pude la herida, pero me dolía tanto que al final me rendí.
Al salir, me di cuenta de que no tenía ropa limpia. Me puse un albornoz de seda realmente suave y me peiné con cuidado. Después, recogí mi ropa sucia y ensangrentada y la tiré a la basura.
Cuando salí del baño, se estaba haciendo de noche. Liam me dijo que había una tienda de recuerdos en la planta baja, así que me puse su abrigo de cuero y bajé mientras él se duchaba. Allí encontré camisetas, chándales y más ropa. Compré algo para cada uno, y me subí a la habitación. Liam seguía en la ducha, así que me cambié corriendo para que no saliera y me encontrara desnuda. Después, cansada, me senté en la cama y cerré los ojos un instante...
Y me quedé profundamente dormida.

jueves, 19 de abril de 2012

Cap. 15: Negocios con vampiros

Ya no sabía ni qué día era, por no hablar de la hora. Intuí que llevábamos en aquella habitación polvorienta bastante tiempo, por el rugir de mis tripas y por lo seca que tenía la boca. Liam se había quedado dormido a mi lado, pero yo me moría de sed y necesitaba reponerme del brutal ataque a mis reservas de glóbulos rojos de ayer (o de cuando fuera). Así que me levanté con sigilo, para no despertarlo. Ya en pie, le vi tan indefenso ahí dormido que me quité su chaqueta y se la puse por encima, tapándole lo mejor que pude. Luego, me dirigí hacia la puerta y la intenté abrir. Estaba cerrada, por supuesto.
Di un par de golpes secos, rezando por no despertar a Liam. Me había advertido que era mejor no cabrear a un vampiro, pero, si no llamaba su atención, ¿cómo íbamos a sobrevivir Liam y yo sin comer? Tenía que ser fuerte.
Y la verdad es que estaba cagada de miedo. Una enorme parte de mí ansiaba correr hacia Liam y acurrucarme en sus brazos, y dejar que él hiciera todo el trabajo y que se interpusiera entre mí y el peligro. Pero sabía que era una estupidez, que Liam no era invencible y que no podría soportarlo si le pasara algo. Y por eso sabía que tenía que ser yo la que diera la cara, porque a mí no me podrían matar. Me querían entregar viva al diablo.
Llamé de nuevo.
-Eh, chupasangre. Sé que puedes oírme -murmuré. En realidad, no tenía la más mínima idea de si me podría escuchar o no, pero valía la pena intentarlo-. Si pretendes encerrarnos aquí dentro, al menos tienes que darnos de comer. Somos h-u-m-a-n-o-s, ¿comprendes? No sobreviviremos mucho tiempo sin sustento.
Aguardé unos instantes, y ningún sonido llegó hasta mi. Pero los vampiros eran totalmente sigilosos, ¿qué me decía que ése vampiro no se encontraba allí mismo, a pocos centímetros de mí con sólo una puerta en medio?  Me estremecí al imaginármelo tan cerca. Tan silencioso. Tan acechante.
-Tienes que abrirme. Tengo un trato.
Hubo un momento más de silencio, y entonces, la puerta emitió un chasquido. Lo habría oído mil veces. Era el sonido que hacía una cerradura al cerrarse. O al abrirse.
Giré el pomo con sumo cuidado y la puerta se abrió, en silencio. Fuera, no había nadie. Sólo oscuridad. Respiré hondo, di un paso adelante y la oscuridad me engulló. Cerré la puerta detrás mío y confié en ser capaz de distraer lo suficiente al vampiro como para que no se acordase de cerrarla con llave. Así, al menos Liam podría salir.
Ahora caminaba a oscuras. Me pegué a la pared y tanteé, buscando un interruptor. No encontraba nada. No oía ni un solo ruido, ni siquiera una respiración o un ligero crujido del suelo. Nada.
Pero sabía que no estaba sola.
-¿Hola? -susurré. Estar en la más completa oscuridad, a merced de un vampiro que ya había probado mi sangre y dispuesta a hacer un trato con él que no me beneficiaría para nada no entraba en mi lista de tareas de año nuevo. Pero era lo que había. La vida nunca te da lo que quieres.
De pronto, palpé algo frío y duro cerca de mí. Ahogué un grito al comprobar que era una mano. ¡La mano de un cadáver!
-¿Cuál es el trato? -susurró él. Por un lado, sentí alivio al saber que no era un cadáver muerto, sino uno vivo el que había rozado. Por otro lado, me aterró estar cara a cara con el vampiro.
-Primero, enciende la luz.
De nuevo no le vi moverse, pero la luz se encendió sola. Ya me sentía más segura. Con luz, estaba en mi territorio. Aunque, de todas formas, el vampiro me podía cazar en un microsegundo si intentaba huir.
Pero no pensaba hacerlo.
-Sé lo que quieres de mí. Quieres la recompensa que ofrece el diablo por entregarme viva.
-También ofrece una por entregarte muerta.
Un escalofrío me recorrió la médula.
-Pero te conviene más llevarme viva. Él quiere averiguar cuál es mi potencial, ¿verdad? Quiere investigar. Quiere saber si soy yo la de la profecía o si no merece la pena molestarse. Por éso me prefiere viva. Y pagará mejor.
-No es dinero lo que busco, niña tonta.
-Jamás lo he dicho. Pero quiero hacer un trato contigo.
-Te escucho -clavó sus ojos en mí, con interés, con avidez. Mi instinto me gritó que corriese, pero me obligué a hablar firme.
-Si... si dejas salir a Liam ileso de aquí, si dejas que se vaya, entonces no opondré resistencia a que me lleves ante el diablo. Te diré todo lo que sé, sin ocultarte nada. Pero tengo que ver a Liam marcharse vivo con mis propios ojos.
El vampiro me observó un instante más y rompió en sonoras carcajadas. Eran escalofriantes, porque tenían un timbre tan agudo que sonaban antinaturales.
-¿Y qué te hace creer, humana, que me interesa hacer un trato tan estúpido contigo? No puedes huir de mi. ¿Por qué preocuparme? -continuó riéndose de mí, y temí que el eco despertara a Liam-. No, pequeña. Tengo otros planes para ti y para tu amiguito. Vaya si tengo otros planes. ¡Nerea!
Hubo un silencio, solo roto por las carcajadas del pirado del vampiro. Me abracé a mí misma.
-Jamás te dejaré llevarme ante el diablo. Si dejas libre a Liam, haré lo que tú quieras.
-No estás en condición de negociar, pequeña. ¡Nerea! Tienes un invitado.
-Ya voy, querrido -Nerea tenía acento francés. Me parecía ridículo y a la vez terrorífico. Aquellos dos vampiros estaban idos de la cabeza, lo supe en cuanto los vi. Nerea se acercó, con andares muy finos, y le plantó un beso en la boca al vampiro con el que intentaba hacer tratos. Se siguieron liando un poco más, conmigo incómoda sopesando la idea de coger a Liam y largarme de ahí. Pero debieron de leerme la mente, porque ambos se volvieron hacia mí, con ojos ansiosos.
-Ah, sí, tu amiguito. Dime, ¿cuántos años tienes? -la pelirroja me cogió por la barbilla y me alzó la cabeza, para mirarme mejor. Todo lo hacía con ademanes de estirada. No podía ponerme más de los nervios.
-¿Cuántos años tienes tú? Tienes que darme el número de tu cirujano -le espeté. Me zafé de sus manos, pero ella me cruzó la cara con un bofetón que me lanzó al suelo y se volvió hacia el vampiro-. Iago, toda tuya. Espero que el otro sea más... ya sabes, sabroso.
Acto seguido entró en el almacén donde estaba Liam durmiendo.
-¡No, Liam! ¡Liam! -chillé, mientras Iago me cogía del brazo y tiraba de mí por el pasillo-. ¡Liam, cuidado!
Mis gritos se perdieron en la lejanía. De pronto, estábamos en otro lugar. Seguía siendo la fábrica de piscinas, porque las paredes estaban pintadas del mismo azul agrietado, pero éste lugar tenía un sofá de cuero nuevísimo y unos grandes ventanales cerrados con sendas persianas.
-Estás loco.
Él no dijo nada. Sólo me empujó sobre el sofá y se me tiró encima, buscando mi cuello con sus terribles dientes. Me revolví, pero solo conseguí hacerme más daño. Me mareaba al pensar en el revoltijo de carne que debía de ser mi cuello ahora mismo, pero al parecer al vampiro le gustaba, porque chupaba más y más y yo sentía cómo las fuerzas me abandonaban.
La mente se me iba y notaba cómo me desfallecía. "Otra vez no, por favor". Sabía que, si me desmayaba ahora, cuando despertara estaría muy lejos. Quizá en manos del diablo, quizá Iago aún me tuviera retenida. Pero Liam ya estaría muy lejos.
En un último acto de rebelión, agarré al vampiro del pelo y tiré hacia atrás, pero los brazos me fallaban. Por encima del hombro de Iago, me observé la mano, horrorizada. Estaba pálida y delgada. Nunca me había visto así de demacrada. Me preguntaba cómo estaría mi rostro en aquel momento.
Justo entonces, cuando la oscuridad comenzaba a nublarme la vista de nuevo, alcancé a ver a Liam detrás del vampiro. ¡Liam estaba allí! Él me hizo una señal de silencio y yo traté por todos los medios de que Iago no se diera cuenta. Un segundo después, Liam le clavó su daga en la espalda, justo en el corazón. El vampiro alzó la cabeza, sorprendido, y emitió un gruñido gutural. Después, se desplomó encima de mí.
Liam enseguida me ayudó a quitarme el muerto de encima, nunca mejor dicho. Menos mal, porque yo estaba tan débil que no podría ni haber levantado una mariposa en aquel momento. Cuando me ayudó a levantarme, me di cuenta de que tenía la camisa dorada totalmente manchada de sangre. Reprimí una arcada y me senté en el sofá, preguntándome si el charco rojo a mi lado era mío o del vampiro. Liam desapareció un instante y volvió con una sábana de las que cubrían las cajas. Rasgó un pedazo y me limpió el cuello, y me lo vendó con precisión. Me dolía mucho, pero podía esperar.
-¿Estás mejor? -me dijo, mientras me acariciaba una mejilla.
Asentí débilmente, cerrando los ojos e intentando no pensar en que estaba cubierta de sangre.
-¿Quieres cambiarte? Mi camiseta no sirve de mucho, pero puedo darte la chaqueta -me tendió su chupa de cuero negra. Agradecida, la tomé, me di la vuelta y me quité la camiseta. En otras circunstancias, hubiera llamado a Liam de todo por no irse de la habitación, pero ahora sólo quería que él estuviera a mi lado. Además, ¿qué era verme en sujetador comparado con lo que acababa de pasar? Me puse su chupa y me abroché, y en cuanto lo hube hecho, Liam subió las persianas y la luz del sol a pleno día nos deslumbró a los dos.
-¡Madre mía!
-Pero, ¿cuánto tiempo llevamos aquí dentro? -murmuré, levantándome para mirar por la ventana. Enseguida me mareé y me tuve que sentar.
-Tú quieta ahí. Tenemos que llevarte al hospital. Ahora sólo... déjame encargarme de esconder los muertos.
Odiaba quedarme allí sentada mirando mientras Liam arrastraba el cadáver de Iago hacia las cajas que había apiladas contra la pared. Sacó una, grande y larga, y entonces me di cuenta de que era un ataúd. ¡Un ataúd!
-Liam, ¿cómo...? -dije.
-Duermen aquí. Se ve que esta era su habitación.
-No me refería a éso. ¿Cómo conseguiste escapar de la otra?
Liam abrió el ataúd y metió el cadáver dentro. Después, empujó el féretro contra la pared y lo cubrió con una manta.
Parecía un par de cajas más.
Pobre del que revisara aquello.
-La daga estaba en la chaqueta. Me salvaste la vida.
Me empecé a reír, de lo ridícula que era la situación. Él me había salvado primero, cuando el zombie estuvo a punto de matarme. Después, me había salvado de una infección que me hubiera convertido en zombie. Más tarde, me volvió a salvar de caminar sin rumbo por el desierto con cuatro zombies acechándome. Y ahora, tras matar al vampiro que amenazaba con desangrarme, me dice que le salvé la vida. ¡Y todo lo que hice fue ponerle un abrigo encima!
Se acercó hasta mí, me puso un mechón de pelo detrás de la oreja y se disculpó. Tenía que ir a esconder el otro cadáver.

miércoles, 18 de abril de 2012

Cap. 14: Complicada situación

No fue hasta que me intenté levantar para estirarme cuando me di cuenta de la precaria situación en la que nos encontrábamos Liam y yo. Primero, observé que estábamos en una especie de almacén, rodeados de cajas de madera cubiertas por sábanas polvorientas y estanterías llenas de ficheros. La puerta estaba firmemente cerrada y no parecía que fuera a abrirse en absoluto.
Lo segundo que sentí fue cómo se me nublaban los sentidos, se me oscurecía la vista y me empezaban a pitar los oídos. Perdí el sentido del tiempo, y lo próximo que recuerdo es hallarme en el suelo, a lado de un preocupado Liam.
-¿Qué ha pasado? -tartamudeé, con la boca pastosa.
-Vaya, debí de haber previsto ésto. Lo siento.
-Venga, tú no tienes la culpa. ¿Me acabo de desmayar? -suspiré. Supuse que era por la falta de sangre, que, unida a mi habitual anemia, se convertía en un problema.
Liam se encogió de hombros y me ayudó a sentarme, apoyada contra la pared.
-Estoy cansada -le dije, y era verdad. Seguro que tenía las mejillas tan hundidas que parecía un dementor de Harry Potter.
-Entonces duerme. Te vendrá bien para recuperar glóbulos rojos -Liam me acomodó en su hombro y me abrazó.
Hubo unos minutos de silencio antes de que me decidiera a preguntar:
-Liam. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Qué quiere de nosotros ése vampiro?
-De mí, solo sangre. De ti, espera una buena recompensa. Pero los vampiros son muy enrevesados. Probablemente espere pasar un  buen rato jugando con tus sentimientos, y con los míos. Jugando a acabar con nuestras reservas una y otra vez, a que pensemos que estamos perdidos y que ya no hay salida, a que deseemos morir. Y entonces, dejarnos vivir un día más. Para luego volver a beber.
Me estremecí. La sola idea de imaginar al vampiro hundiendo sus afilados colmillos en mi cuello de nuevo me hacía temblar. ¿A qué se refería Liam con 'jugar con nuestros sentimientos'? Liam notó mi escalofrío y lo malinterpretó:
-No te preocupes. No te pasará nada permanente. Quiere entregarte al diablo, así que te dejará viva.
-¿Y a tí?
Liam guardó silencio.
Me incorporé, horrorizada.
-¡¿Y a ti?! Liam, contigo puede hacer lo que le venga en gana. Incluso matarte si quiere.
-Y lo hará. Si no se lo impedimos.
-No -susurré, volviendo a acurrucarme en su costado. Liam no podía morir. Simplemente, no podía.
Estuvimos más tiempo en silencio, tanto que pensé que quizás él ya se había dormido.
-¿Liam?
-¿Sí?
-Te quiero -le dije, y le di un beso en la mejilla. Él sonrió, gratamente sorprendido, me estrechó en sus brazos. Ya dispuesta a dormir, cerré los ojos, pero mi mente no me daba un descanso. No podía dejar de pensar en lo que sentía por Liam. Había tenido otros novios, pero todos eran líos de poca monta. Ninguno duró más de los dos meses, y éso con suerte. Todos ellos me caían bien, por supuesto; pero lo que tuvimos no fue más que físico, al fin y al cabo. No como entre Liam y yo. Liam tenía algo que me atraía irremediablemente, y no era precisamente su físico (nada envidiable, por otra parte). Liam era, simple y llanamente, el chico perfecto. Y me hacía sentirme completa cuando me rodeaba con su brazo. Me hacía sentir segura.

viernes, 23 de marzo de 2012

Cap. 13: Prisioneros

-Oh, no, Alissa, mírame. ¿Estás bien? Alissa, lo siento tanto... -Liam no paraba de disculparse una y otra vez, y yo clavaba los ojos en él, tratando de recordar cómo mover la boca para hablar-. No podía saber que ésto era una emboscada... Estás sangrando y no encuentro nada con qué curarte. Alissa, por favor, dime que estás bien.
Parpadeé, confusa. ¿Dónde había acabado? Mis últimos recuerdos giraban en torno a cierto vampiro sediento que se había abalanzado sobre mí para dejarme seca. Ahora, por lo que parecía, estaba en un lugar tranquilo, en brazos de Liam y con un dolor lacerante en el cuello y en la cabeza.
-Capullo. Me dejaste plantada -dije, dificultosamente, con una sonrisa a medias.
Él sonrió, con preocupación.
-Lo siento muchísimo. No me imagino lo que has debido de pasar ahí fuera... Yo... Bueno, pronto te lo explicaré todo. Tenemos mucho de qué hablar. Pero... primero déjame vendarte ésa herida.
Liam se arrancó la manga de la camiseta blanca que llevaba puesta y me la enrolló con cuidado alrededor del cuello. Cuando me tocó el lado derecho, donde me había mordido el vampiro, un latigazo de dolor me atravesó, y reprimí un grito.
-Lo siento.
-¿Voy a convertirme en una... de ellos, Liam? -le pregunté, asustada.
Él calló.
-Por favor, necesito saber la verdad. Es mi vida.
-No lo creo. No quiso matarte, así que espero que te haya dejado con la sangre suficiente como para que tu cuerpo se cure solo. Si no...
Asentí. Ya sabía lo que pasaría si no.
-No quiero ser un vampiro. Son asquerosos. Olía a muerto y a podrido.
-Lo sé, lo sé.
No me había dado cuenta, pero se me habían saltado las lágrimas. Liam me ayudó a incorporarme y me acogió en sus brazos. Sollozando, me aferré a él como si fuera mi salvavidas. Olía a madera húmeda, y a lluvia. Era un aroma delicioso.
Unos minutos después, conseguí soltarme lo suficiente como para mirarle a los ojos.
-Hablé con el demonio. No me quiso decir la entrada al infierno... pero ahora sé por qué te busca el diablo con tantas ganas. ¿Quieres saberlo?
-Por supuesto.
-Vale -echó hacia atrás la cabeza, dejando al descubierto su escultórico cuello a poca distancia de mi rostro. Sacudí la cabeza. Tenía que concentrarme-. Escucha, Alissa. Ya sé que ésto te sonará raro, pero no eres quien crees ser. Tu lugar no está allá atrás, en la ciudad que dejamos atrás hace mucho tiempo.
-¿Qué quieres decir?
-Pues... eres adoptada, Alissa. Tus verdaderos padres no son los que te criaron.
Tomé medio minuto para asimilarlo.
-Pero, entonces... ¿quiénes son mis padres?
-Por lo que sé, son miembros del ejército oscuro. Probablemente humanos, como yo, que vendieron su alma al diablo mucho tiempo atrás. Y resulta que tú naciste con una... extraña capacidad para los poderes mentales. No me mires así, al parecer eres una niña prodigio o algo así entre los míos.
-¿Y para qué me buscan, exactamente?
-Bueno, no es muy común encontrar a alguien con unas habilidades como las tuyas. Diría que eres única, y desde luego, muy, muy poderosa, Alissa. Tanto como para ser la más fiel ayudante del diablo... o como para derrocarlo.
-¡¿Qué?! ¿Piensas que yo podría desafiar al señor del infierno y salir victoriosa?
-Eh, eh, no te adelantes a los acontecimientos. Necesitas mucho entrenamiento y apenas sabes el alcance de tus poderes mentales. Ahora mismo, el diablo es inalcanzable para ti y para cualquiera que lo intente.
Asentí, resignada. Era demasiado bueno para ser verdad.
-Liam... ¿él me quiere matar para eliminar un posible peligro?
-Sí. He oído que alguien hizo una profecía mucho tiempo atrás: La unión de dos seres consagrados al mal por obligación dará en su fruto a la derrota del más poderoso ser de la oscuridad. El diablo se lo tomó muy en serio, y ahora revuelve cielo y tierra para encontrarte. Te teme, Alissa.
-Casi tanto como le temo yo a él.
Liam asintió, comprensivo.
Nos quedamos un rato en silencio, observándonos.
-Luego, el demonio se puso muy pesado porque quería ser él quien te llevara ante el diablo, para recibir la recompensa. Peleé con él, le maté y volví al coche, pero... ¡ya no estabas! No resultaba difícil adivinar dónde te habías metido. ¡En el nido de un vampiro, Alissa! -lo dijo como si fuera obvio.
-Y yo qué sé de vampiros.
-Cuando llegué, ya estabas tirada en el suelo, inconsciente. Creí... creí que estabas muerta. Jamás me perdonaré el haberte dejado sola -parecía atormentado. Le tomé de la mano, para consolarle-. Él me vio.  Me pilló desprevenido y me encerró en ésta habitación, contigo.
-¿Seguimos en la fábrica? ¿Prisioneros del vampiro? -un deje de terror atenazaba mi voz.
Liam bajó la cabeza.
Respiré hondo y me atreví a hablar, por fin.
-Antes, en el coche... cuando estabas enseñándome a escuchar tus pensamientos... creo que oí algo.
-¿Ah, sí? -evidentemente, no era una sorpresa para él. Seguro que se había dado cuenta nada más escucharlo yo-. ¿Y qué te pareció?
-No sé... ¿no es muy pronto? Quiero decir, apenas me conoces, Liam. ¿Cuándo me... sacaste del callejón donde el zombie? ¿Ayer?
-Es mediodía. Fue anteayer -me miró a los ojos-. Sé que te parecerá extraño, pero te conozco desde mucho antes. Mucho antes de que tú supieras siquiera de la existencia de monstruos y entraras de cabeza en mi mundo. Verás, llevamos mucho tiempo buscándote.
-¿Cuánto, aproximadamente?
-Se diría que toda tu vida. Pero fue difícil encontrarte. Creo que yo fui el primero en hacerlo. La primera vez que me crucé contigo, tenías once años.
-¿Qué? ¿Llevas casi cuatro años siguiéndome la pista? Pero, ¿por qué no me secuestraste antes?
-Estaba intrigado. No quería llevar a una niña ante el diablo sin una buena razón. Pero, en fin... el tiempo pasó, el diablo me amenazó y digamos que ya no eres una niña, así que me tuve que decidir anteayer. Si lo piensas, llevamos cruzándonos muchos meses.
Me puse a rememorar los últimos cuatro años de mi vida. Sí, había momentos en los que había sentido una presencia cercana... parecida a la que sentía ahora mismo, al lado de Liam. ¿Era posible que me hubiera estado acechando cuatro años?
-Sé que es confuso para ti. No me conoces, y voy a respetar eso. Pero lo que siento es lo que siento, Alissa. Yo sí te conozco. Te he visto crecer -pareció dudar un instante-. Era inevitable que me enamorara de ti.
Bajé la vista. Nuestras manos seguían entrelazadas, y yo no pensaba soltarlas. Había algo en Liam que me atraía sin remedio, pero ¿era aquello suficiente? Con Liam me sentía a salvo, como en casa. Pero no podía olvidar que él me había secuestrado y que planeaba llevarme al mismísimo infierno. Era peligroso sentirme en casa con él.
-Liam, yo... no sé qué decir. Hay tantas cosas que no me quedan claras... por ejemplo, ¿cuántos años tienes? ¿Y cuántos tenías cuando empezaste a perseguirme?
-Tengo diecisiete. En ambos casos. Cuando hice mi juramento, el diablo me concedió cien años de eternidad como recompensa. Esos cien años caducan el año que viene.
-¿Tienes cien años? -me había quedado boquiabierta.
-Así es. Siento no habértelo dicho antes.
Me estaba costando imaginarme a Liam así de viejo. Debía de haber vivido las guerras, los descubrimientos, las crisis... todo aquello que yo misma estudiaba en historia.
Era increíble.
-Y bueno... -me revolví inquieta-. ¿Qué va a pasar con lo del infierno?
-No te llevaré allí.
Hubo un silencio pesado.
-Pero no puedes olvidarlo y punto. ¡Te meterás en problemas! El diablo te encargó que me secuestraras, no puedes ignorarle.
-Ya te digo yo que sí.
-De todas formas, vendrán otros a por mí. Nunca estaré segura.
-Sí, porque yo estaré cerca, protegiéndote. No te dejaré sola, Alissa -se encogió de hombros-. Supongo que el diablo debería pensárselo dos veces antes de utilizar humanos con sentimientos.
-No, Liam. No te pongas en peligro, por favor. No por mí.
Me acerqué a él y, con suavidad le acaricié una mejilla. Liam se estremeció a mi tacto, como si llevara mucho tiempo deseando esa caricia. Lentamente, me rodeó la cintura con un brazo, apretándome contra su torso. Nuestros rostros estaban a centímetros el uno del otro. Tenía que contenerme para no besarle.
-No puedo vivir sin ti. Si te dejara ir, no me quedaría nada que hacer salvo buscarte de nuevo.
Le sonreí, abrumada. Era difícil aceptar que aquel chico estaba enamorado de mí. ¿De mí? Anteayer le miraba con temor, y hoy con amor. ¿Cómo era posible sentir algo tan rápidamente hacia alguien? Porque, si algo sabía bien, era que el sentimiento era mutuo.
Deslicé mi mano por detrás de su cuello, hechizada por su mirada. Le quería, le quería muchísimo.
Tras comprobar que no le oponía resistencia, Liam bajó su cabeza hasta que sus labios tocaron los míos. Al principio nos besamos con tiento, para más tarde fundirnos en un fuerte abrazo, alternando los besos con caricias con palabras de amor. Liam me sujetaba como si nunca fuera a soltarme, lo que me gustaba. Aquella tarde la pasamos pegados el uno al otro, hablando, riendo, besándonos. Era todo lo que podía pedir.
Amaba a un chico que me había secuestrado hacía dos días.

jueves, 22 de marzo de 2012

Cap. 12: Intento de rescate

¿Qué se suponía que debía hacer? Eran las cuatro de la madrugada y Liam no había dado señales de vida. Estaba desesperada. Liam debía de haber terminado su reunión con el diablo hacía horas... ¿Cómo es que no había vuelto todavía?
¿Había decidido renunciar a mí? Quizá el camino hacia el infierno le pareciese difícil, y prefiriera pasar de mí totalmente. Darse la vuelta y marcharse andando. Como si no hubiera pasado nada.
Era poco probable.
También era posible que el demonio no le hubiese permitido volver. Pero, ¿qué sentido tenía aquello? ¿Para qué apresar a Liam?
-Quizá, en el camino de vuelta, le atacó algo. Un zombie o un demonio, o algo peor -susurré, para mí misma. Llevaba dos horas de infructuosos intentos de comunicación mental con mi secuestrador.
¿Por qué no podía irme y ya está? No me hacía falta registrar el coche para saber que no habría unas llaves de repuesto debajo del asiento, pero no era la primera vez que le hacía un puente a un coche, ni la más difícil. Lo había hecho con un borracho pisándome los talones, en un tiempo récord, y había conducido de vuelta a casa sin saber cómo y bebida. Estaba en perfectas condiciones de hacerle un puente a el cochazo de Liam, en medio de la nada, dentro de él y sin nadie a mi alrededor ante el quien disimular.
Simplemente, cogía el coche y me largaba.
Pero me encontrarían otros.
-¿Y qué probabilidades hay de que no te encuentren igualmente, estando aquí? Quizá ya te hayan encontrado, incluso -me revolví inquieta, clavando la vista en la negrura a mi alrededor. La fábrica de piscinas parecía tétrica a la luz de la luna, pero eso era lo de menos.
Pero no podía irme. ¿Y si Liam volvía y no me encontraba allí? ¿Y si le habían hecho daño? Iban a ser las cuatro y cuarto y todavía no tenía un plan.
-Vale, tranquila. Puedes hacer tres cosas: a) Hacerle un puente al coche y largarte sin mirar atrás. b) esperar a Liam como una tonta hasta que vuelva, si es que lo hace, o te saque de aquí otra cosa. c) salir del puto coche e ir a buscarle por tí misma.
Desde luego, la primera opción era la más viable. Volvería a mi vida normal, a mi casa. Mi madre estaría asustadísima, pero seguro que lograba convencerla de que no había peligro. Y el lunes volvería al colegio, como siempre, y tendría una aventura más de fin de semana que contar a mis compañeros.
La segunda opción... no era mi estilo. No podría aguantar ni medio minuto más allí sentada sin hacer nada. Liam ya era mayorcito, podría cuidar de sí mismo. Yo tenía que hacer lo mismo conmigo.
Y bueno... llegados a éste punto, la tercera parecía una locura. ¿Salir del coche? A saber cuántos zombies iban a saltarme encima en cuanto pusiera un pie fuera del deportivo de Liam. Además, no sabía a dónde había ido y, si habían sido capaces de hacerle daño o retenerle, yo no sería capaz de ayudarle.
Pero tenía que ir a buscarle, y ya.
Quité el seguro de un manotazo y abrí la puerta. El aire fresco me avivó las neuronas. Me sentía casi bien. Y eso sin contar los monstruos que me acecharían ya entre las sombras.
Hacía frío; nada comparado con la temperatura que hacía en la llanura durante el día. Di la vuelta al coche y abrí la puerta trasera. Liam se había dejado su cazadora de cuero atrás. Bien.
Ataviada con el abrigo de mi secuestrador (al cual al parecer iba a buscar la propia víctima), cerré la puerta en silencio. No quería que nigún ser me oyera, todavía no.
Caminé un par de pasos hacia la dirección por la que desapareció Liam. Genial, ¿ahora dónde iba? No tenía ni idea de dónde se encontraba él. Quizá habían quedado en la fábrica de piscinas, pero éso estaba a mi derecha, y Liam había ido en otra dirección. Aunque quizá había girado en cuanto había desaparecido de mi vista, para despistarme.
Indecisa, me acerqué a la puerta de la fábrica. Le di una patada, y pareció moverse un poco. Con un par de golpes más, conseguí echarla abajo.
Contemplé el edificio que tenía delante. Era más terrorífico visto de cerca. Las piscinas vacías, azuladas y agrietadas, se apilaban contra la pared exterior, como amenazando con caerse encima mío. Una desvencijada verja (que ya había sido forzada en varias ocasiones, al parecer) se balanceaba, justo enfrente de las escaleras de acceso a la construcción. Lo demás... bueno, era ideal para una película de miedo.
'Estás en una película de miedo', me dije. Zombies, demonios, secuestradores... ¿qué más queria?
-¿Liam? -susurré, apenas audible.
No recibí respuesta. Resuelta, me aventuré hacia la fábrica. Iba a buscar a Liam, al menos lo iba a intentar. No podía dejar que el miedo me dominase y salir corriendo, y huir. Eso era lo que había hecho toda mi vida. Había huido cuando el borracho me perseguía, había huido cuando el zombie me esperaba en la puerta del instituto, y también había huido esta mañana, en cuanto me vi desprovista de la vigilancia de Liam. ¿Acaso no valía más que para correr de un lado a otro?
Pasé la verja y comencé a subir los escalones. Mi corazón latía, alocado. Tenía un deseo terrible de dar media vuelta y salir corriendo, pero ahora también me daba miedo darle la espalda a la fábrica. ¿Y si Liam estaba tan cerca de mí...?
Con un crujido, abrí la puerta. Dentro, todo era oscuridad, pero logré alargar el brazo y accionar un interruptor.
Las luces, una por una, se encendieron todas mostrándome el recibidor. Aquello era todo blanco y mugriento. Era evidente que aquel lugar llevaba tiempo en desuso, pero no me explicaba cómo es que había luz todavía. Podía deberse a un mal regente o a algún tipo de problemas con la empresa de la luz, pero a mí me beneficiaba. ¿Qué importancia tenía ahora, además?
Al caminar, mis pasos resonaron por todo el espacio. Daba un poco de miedo, y además así era más fácil localizar mi posición. Pero no podía hacer nada por evitarlo, así que seguí adelante, con todas las fibras en tensión.
Revisé pasillos y más pasillos, pero ninguno mostró actividad extraña. Había pisadas sobre el polvo, pero seguramente aquel había sido el lugar de muchos botellones entre adolescentes, así que no era nada extraño.
Me asomaba un poco a las habitaciones, pero había tantas... si Liam estaba allí, tardaría siglos en encontrarle.
Hubo un momento en el que estuve segura de haber oído el chirrido de una puerta. Me volví, aterrorizada, pero todo estaba en calma. Quizá había sido el viento. O mi imaginación.
Caminé unos pasos más y entonces se hizo evidente. Alguien me seguía. Intentaba que sus pasos sonaran a la vez que los míos, pero yo escuché más cosas. Un aletear. Otro crujido en el piso.
'Por favor. Que sea un borracho medio tonto. O que sea de la mafia. Cualquier cosa menos la que creo que es', recé, acelerando el paso. El aleteo se volvió más constante, hasta que mi caminar se volvió correr. Buscaba la salida, o un sitio donde esconderme. Pero, claro, no podía huir de un vampiro.
Me interné en un pasillo oscuro, y no me dio tiempo a encender la luz. 'Mejor, así no podrá encontrarme'.
Al ver sus ojos rojos reluciendo a centímetros de los míos, un instante después, recordé que los vampiros veían mejor en la oscuridad que en la luz.
'Joder, mierda, mierda, joder'.
-¿Buscabas a alguien? -dijo, con educación, el vampiro.
-Buscaba la luz, gracias -gruñí. El vampiro no pareció moverse, pero el interruptor se accionó y el pasillo se llenó de claridad. Por fin pude verle. Tendría veintitantos años, y era joven y guapo. Quitando, claro, la palidez mortal, los ojos rojos y los colmillos afilados que le sobresalían por entre los labios.
-Sabes que te encontraré igual si intentas huir. Da igual la de luces que enciendas, siempre podré olerte.
-Me alegro de haberme duchado esta mañana -le espeté, recorriendo el pasillo con los ojos, buscando una salida.
-Oh -sonrió, y me dio verdadero pánico-. Así que eres de las peleonas.
Apenas sentí el manotazo y ya estaba en el suelo. Me había dado un golpe muy fuerte en la cabeza, me pitaban los oídos y algo se me clavaba en la espalda. Tanteé, confusa. Era algo afilado. Algo que se encontraba en el bolsillo del abrigo de Liam.
Cogí el objeto y lo sopesé, en las manos. Sabía lo que era. Pero el vampiro se lanzó sobre mí y apenas me dio tiempo a guardarlo de nuevo en el bolsillo antes de sentir cómo sus afilados colmillos se clavaban en mi cuello. Lo único que pude sentir fue dolor, y él también, porque le había propinado una patada con todas mis fuerzas en la entrepierna.
Perdí el sentido a los pocos instantes. Recordaba blanco, blanco y más blanco. Cuando, más tarde, traté de rememorar, me topé con una barrera en mi mente imposible de traspasar.
Sólo recuerdo que me desperté con Liam.

Cap 11: Espera

La verdad es que Liam se hizo de esperar, pero casi no noté pasar el tiempo. De una piedra, me quedé observando cómo su espalda desaparecía en la noche. Iba a reunirse con el demonio ése, para que le dijera cómo llevarme al infierno. Era imposible que... debía de haber oído mal. Liam no sentía nada por mí. Amistad, pena, comprensión... quizá, pero no amor. No como lo oí yo.
Sin embargo, él me había transmitido ese pensamiento. No lo había hecho voluntariamente, desde luego. Pero era tan suyo como sus grandes ojos azules, que me miraban hacía instantes con gran convicción, como asintiendo ante la afirmación.
'Te amo'. Dos palabras, mil mundos. ¿Cómo podía ser esto tan complicado?
¿Acaso era posible que Liam estuviera enamorado de mí? Pero si apenas hacía dos días que le conocía. No me lo podía creer... ¡él era mi secuestrador! Había notado que hablábamos más, pero... no se me habría ocurrido nunca que la razón por la cual él se mostraba más abierto era que se había quedado prendado de mí.
Y tenía más preguntas. ¿Qué sentía yo por él? Desde luego, me atraía de algún modo que aún no era capaz de identificar. Pero quizá eran mis hormonas revolucionadas.
Vale, Liam estaba bueno. Pero eso no significaba nada. Podría significar un noviazgo de poca monta en condiciones normales, en el instituto. Pero, ¿habiéndome secuestrado? Necesitaba mucho más que una cara bonita para que me gustara.
Ni siquiera sabía si eso era posible.
Debería odiarlo por haberme arrancado de mi vida. Aunque, claro, visto desde su punto de vista, me había salvado de morir a manos de un zombie y me llevaba hacia un destino (quién sabe) quizá mejor. Quizá todo lo que quería el diablo era felicitarme por mi cumpleaños, que era el mítico 31 de octubre.
Sacudí la cabeza. Estaba loca. El diablo había ofrecido precio por mi cabeza, viva o muerta. Estaba condenada. Aunque, igualmente, Liam me había salvado la vida de momento, porque si no fuera por él ya estaría pudriéndome en el maletero de un zombie.
No podía escapar, porque enseguida me encontraría cualquier otro monstruo que sería mucho menos amable que Liam. Quizá les convendría más llevarme muerta ante el diablo, aunque entonces recibieran menos recompensa.
Mi vida pendía de un hilo: Liam.
En ése momento, me di cuenta, nerviosa, de que Liam llevaba ya mucho tiempo fuera. ¿Cuánto duraba una reunión normalizada con el demonio más poderoso de la zona? Había pasado casi hora y media desde que lo había visto por última vez. Empecé a precuparme.
'Liam puede cuidarse por sí solo, no seas tonta', me dije. Él sabía lo que le convenía, y también lo que me convenía a mí. Me había dicho que no saliera del coche. Era peligroso, ciertamente.
Ojalá me hubiera dicho cuánto tiempo tardaría en volver. Como una estúpida, me di cuenta de que ni siquiera sabía dónde había quedado con Kondor. Quizá en la fábrica de piscinas desierta, pensé. Pero no creía. Demasiado cerca. Sabía que a Liam no le gustaría estar tan visible.
Pasó media hora más. Eran las dos de la noche y no podía parar de estrujarme los dedos.
'Liam, ¿dónde estás?' pensé con todas mis fuerzas. Quizá él consiguiera captar mi pensamiento. Quizá podía oírme a distancia.
Pero la noche era cada vez más negra y en mi cabeza no había más voces que la mía.

domingo, 11 de marzo de 2012

Cap. 10: Entrenamiento

Liam no se negó. Simplemente siguió conduciendo hasta llegar a un trecho de carretera que parecía vacío, exceptuando una fábrica de piscinas vacía. Apagó el motor y se quedó en silencio.
-No debería hacer esto -dijo quedamente, más para sí que para mí.
No supe qué responderle.
-No dejo de repetirme que eres una humana insignificante, que otros muchos han pasado por lo mismo que tú y que sólo cumplo con un encargo, que no tengo más remedio que hacer ésto... Pero lo cierto es que no paro de arrepentirme de cada paso que doy para llevarte al infierno.
Aguanté la respiración.
-Mi vida peligra, Alissa -por fin me miró, y vi en sus ojos cansancio y miedo, y responsabilidad y astucia y algo más que no logré identificar-. Mi vida peligra si no te entrego. Pero no dejo de replanteármelo.
-No lo hagas -susurré-. Tienes que llevarme con el diablo, si no, te llevarás tú la culpa. Puedo aprender a defenderme, si tú me enseñas.
Sonrió de mala gana.
-¿De él? No conseguirías ni mirarle a los ojos antes de morir.
Me estremecí.
-Pero esa no es la manera, Liam. No puedo rendirme. Quiero luchar contra él, porque si no... ¿qué voy a hacer? ¿Pasar el resto de mi vida huyendo de zombies y demás criaturas del infierno? ¿No poder vivir en un sitio fijo, tener hijos, casarme, y cerrar los ojos sabiendo que no me pasará nada, que estoy a salvo? No puedo hacer eso. Tengo que enfrentarme a él o intentarlo, al menos.
Sacudió la cabeza, como si yo no comprendiese algo muy importante.
-Te enseñaré, entonces.
Suspiré, me até bien los cordones de los zapatos y volví a mirarle.
-¿Por dónde empezamos?
-Ya hemos empezado.
Mascullé algo:
-Espera... lo de los cordones, ¿me has obligado tú?
-Empiezas a entender.
-¡Pero recuerdo haberlo pensado!
-Eso es porque yo te he dicho que lo recordaras. Mira, primero de todo tienes que aceptar que tienes un sentido más.
-¿Cómo?
-Escucha: cuando te he obligado a atarte los cordones, no me escuchaste con el oído ni yo hablé con la boca. Te lo he transmitido a través de mi sexto sentido al tuyo.
-Espera... es como... ¿telepatía o algo así?
-Parecido. Lo más importante es que tú consigas dominar ése nuevo sentido. Si eres consciente de que te he hablado, te cuestionarás lo que digo. Si no lo eres, directamente pensarás que el pensamiento es tuyo y lo acatarás sin más.
-Vale. Y, ¿cómo percibo si me estás hablando o es mío el pensamiento?
-Sólo intenta adivinar en qué estoy pensando.
Le miré fijamente. Sus ojos negros profundos parecían querer decirme algo, pero ¿qué era?
-¿Es un número?
Asintió, sonriendo.
-Es... 933.
-Casi. 938. Pero lo has hecho muy bien, para ser tu primera vez. Debo decir que estoy impresionado.
-Pero yo no he oído tu voz en mi cabeza ni nada por el estilo.
Alzó las cejas.
-Pues resulta que he estado diciendo todo el rato el mismo número. Algo has pillado.
Me costó un rato asimilarlo.
-¡Liam, entonces los humanos tenemos poderes ocultos! ¡Es cierto!
-Es verdad. Pero casi nadie es consciente de ello. ¿Quieres que te diga una curiosidad? El 99% de los ciudadanos sólo utilizan un 5% de su mente. ¡Todo lo demás está sellado, Alissa! ¿Sabes cuánto poder tendría una persona que pudiera dominar el 100% de su mente? Sería un monstruo.
-Vale. Quiero intentarlo otra vez.
Me concentré en recibir su pensamiento. Él me estaba hablando, lo notaba. Trataba de romper mis barreras. Yo quería dejarle, porque entonces sería capaz de resistirme. Pero había algo más.
El pensamiento entró claro en mi mente. Cuando lo escuché, supe que él no había querido decirlo. Que se le había escapado.
Aturdida, fingí no haberlo oído y me concentré en el sonido de mi corazón, latiendo. Me esforcé por que mi rostro no cambiara de expresión, y creo que lo conseguí, porque después de un rato murmuró:
-Quizá es demasiado pronto. Además, he quedado con Kondor a las doce, y sólo quedan diez minutos.
Asentí, imaginando que Kondor era ese demonio tan poderoso.
Él se bajó del coche y, justo antes de cerrar la puerta, dijo:
-Ah... Alissa, no salgas del coche. Recuerda que siempre te encuentran.
Cerró el coche con llave.
Allí sola, de noche, cualquiera hubiera dicho que me entraría el pánico. Pero la verdad es que me acurruqué en mi sillón y me quedé pensativa.
¿Era posible que hubiera oído bien? Quizá aquel pensamiento era invención mía. Quizá fuera de otra persona, en su casa, lejos de nosotros...
Pero no. Era su voz.
Eran sus palabras:
'Te amo'.

Cap. 9: Curiosidad

-¿Cómo es posible que no sepas cómo entrar al infierno? -pregunté. Llevaba media hora interrogando a Liam sobre los seres sobrenaturales, el infierno, el diablo y demás cosas que deberían asustarme, pero que en realidad sólo me suscitaban curiosidad.
-No es tan fácil. Nunca he estado allí personalmente, porque no es un lugar muy... agradable, que digamos. Allí van los seres humanos más malvados, después de morir. De allí salen los zombies y todo tipo de monstruos.
-Pero, a ver, ¿cómo piensas averiguar el camino?
-Esta mañana fui a pedir cita con un demonio muy poderoso. Estoy seguro de que él me dará alguna pista, pero nunca me dirá directamente cómo llegar al infierno. Está prohibido.
-¿Quién se enteraría?
-Lo saben todo, Alissa. Si yo, o cualquier otra persona, dice cómo entrar en el infierno en voz alta, aquí, en la superficie... será aniquilado por las llamas.
-Es bueno saberlo.
Hubo un breve silencio:
-Liam -dije, midiendo mis palabras-. ¿Por qué me cuentas todo esto? Se supone que no debería saber nada, ¿verdad?
-Es verdad.
Otro silencio.
-¿Y?
-Es que no puedo soportar tener que llevarte al infierno sin saber de qué va todo. No me han prohibido expresamente que te lo diga. De hecho, no creo que se esperaran que fueras tan... curiosa. Supongo que esperaban que te pusieras a llorar a las primeras de cambio y me dejases en paz el resto del trayecto.
-¿En serio?
Se encogió de hombros. Miré por la ventanilla. Habíamos salido del desierto (resulta que todo el rato había estado yendo en la dirección contraria, de modo que hubiera tardado más de una semana en encontrar vida) y nos habíamos internado en una pequeña zona comercial, con algunas chabolas, fábricas decrépitas, almacenes y, más que nada, clubs.
Liam me había convencido de no volver a intentar escapar nunca más. Con él estaba segura (bueno, al menos hasta que llegase al infierno) pero si me iba, no sólo me volverían a encontrar enseguida sino que serían otros más crueles y quizá prefirieran matarme antes que entregarme al diablo.
Liam me había contado que existían demonios, vampiros, hombres lobo, brujas, zombies, fantasmas, furias, etc. y que todos ellos estaban volcados a encontrarme porque el diablo había ofrecido la eternidad a quien me matase y la inmortalidad a quien me le llevase viva.
-¿Qué diferencia hay...? -empecé a preguntar, pero él ya se me había adelantado.
-La eternidad significa no envejecer; si no te matan, puedes vivir eternamente. Pero la inmortalidad supone inmunidad casi completa. Sólo teniendo una daga o veneno de sangre se puede matar a un inmortal.
-¿Cómo de sangre?
-Significa que se vuelven mágicos haciendo un sacrificio.
Asentí. Tenía tantas preguntas... pero no quería meter a Liam en problemas por contarme éstas cosas. Después de pensar ésto dos veces, y recordar que él me había secuestrado para llevarme al infierno, sacudí la cabeza y dije:
-¿Cómo puedo defenderme de los monstruos del infierno, Liam?
-No puedes.
-Pero tiene que haber una manera...
-Tú, no. Eres demasiado débil, Alissa. Cualquiera de nosotros podría obligarte a hacer algo y tú no enterarias. No me refiero a algo físico, sino mental.
Abrí la guantera y puse el mapa dentro, que había llevado en las manos todo el rato desde que entré al coche.
Él se rió quedamente:
-¿Lo ves?
-¿El qué?
-No has sido tú la que ha enviado la orden de guardar el mapa; yo te he obligado a hacerlo y no te has dado ni cuenta.
-¡¿Qué?! -exclamé, flexionando los dedos para asegurarme de que yo tenía el control sobre mis manos.
Se rió de nuevo.
-Qué gracia -gruñí. Estuve un rato mirando por la ventana, y finalmente dije-: Liam, quiero que me enseñes a protegerme de ese control mental. Así, al menos, tendré algo para defenderme cuando esté en el infierno.

Cap. 8: Huída.

Me desperté con una resaca de mil demonios. Conseguí levantarme y vi que estaba en el mismo sofá donde me senté anoche, con la curiosa pareja inconsciente sentada delante. Menuda escena; no me costaba imaginarme durmiendo exactamente igual que ellos, momentos antes.
Me tambaleé por la casa, hasta que encontré un baño. Me miré al espejo y vi que aún seguía con la plasta de vinagre en el cuello. Ya no me dolía lo más mínimo. Por lo demás, estaba despeinada, sucia y ojerosa. Me di cuenta que desde la pelea con el zombie aún no me había limpiado sus trozos de piel de las manos y cuello. Me lavé la cara, asqueada. Viendo que no era suficiente, me duché con rapidez, deseando que Liam hubiera salido o estuviera durmiendo aún.
Cuando salí de la ducha, obervé mi pila de ropa maloliente a zombie y suspiré. Me puse un suave albornoz de seda que debía de pertenecer a la mujer de la casa y me aventuré por el pasillo.
Me encontraba un poco mejor. Tenía la cabeza más despejada, y ya no me sentía sucia e infectada. La cabeza me daba vueltas, pero eso era por la cantidad de Vodka ingerido anoche.
No era la primera vez que me emborrachaba, ni tampoco la peor, de modo que no le presté atención. Fui buscando por las habitaciones hasta que encontré una con un armario enorme lleno de ropa de mujer. No era mi estilo, pero no me podía permitir ser exquisita.
Por la cantidad inmensa de ropa, imaginé que la dueña dedicaba mucho tiempo a su vestuario. Decidí no coger nada de ahí, por si se daba cuenta de que le habían desaparecido algunas prendas. Me puse a rebuscar en el fondo del armario, donde había unas cajas de ropa, cerradas y con etiquetas. 'JAMIE 3-5', 'LOUISE 15', 'HENRY 6-12 MESES'... Parecían ropas clasificadas por edades. Abrí la de Louise y encontré unos vaqueros pitillo negros más o menos de mi talla, y una camiseta ancha y cómoda dorado desteñido. También me cogí ropa interior, porque dudaba que fuera a poder cambiarme en bastante tiempo.
Me fui al baño con todo ello y me cambié. Estaba bastante cómoda, además la dueña no se daría cuenta de que faltaba hasta que abriera las cajas, esperaba que dentro de bastante tiempo. Si es que no pensaba que se habían extraviado mientras la ordenaba.
Una vez vestida, me puse los calcetines de Louise y mis propias Converse negras, e hice un rollo con mi anterior ropa, dispuesta a tirarla cuanto antes. Dejé el albornoz donde estaba, esperando que no se notase. Luego, busqué en los cajones hasta hallar un cepillo aceptable y me concentré en desenmarañar mi pelo. Lo malo de tenerlo rizado y largo era que se enredaba muy fácilmente. Estuve un rato intentando peinarlo, pero al final me rendí y me hice una coleta alta.
Salí del baño, busqué una bolsa de plástico y metí dentro mi ropa. La puse al lado de la puerta, para no olvidarme.
Cuando fui a la cocina, empecé a preocuparme. ¿Dónde estaba Liam? No era posible que se hubiera ido, ¿verdad? No me podía haber dejado allí con la pareja inconsciente que podría despertarse en cualquier momento. Además, si me había secuestrado, ¿qué demonios hacía marchándose y dejándome sola?
Pensé en escapar, pero al asomarme a la ventana, desistí. ¿Dónde demonios estaba? No se parecía en nada a mi comunidad. A mi país, a decir verdad. ¿Era posible...? No, no podía haber dormido tanto como para no darme cuenta de que salíamos del país.
Cuando abrí la nevera, me di cuenta del tremendo hambre que tenía. Me cogí un yogur del fondo, y comí algo de sobras de aquí y allá, intentando que no se notara demasiado. Era vegetariana, y no había mucho que pudiera comer allí; la mayoría contenía carne o pescado.
Después, me corté una rebanada de pan y una de queso y me la comí, con hambre.
Alcancé a oír un gruñido desde el salón para saber que tenía que salir corriendo si no quería que me incriminasen por allanamiento de morada y agresión a los inquilinos. Volé hasta el pasillo, con mi rebanada de queso en la mano, y agarré la bolsa de ropa. Abrí la puerta con el mayor cuidado posible, mientras oía cómo una voz de mujer confundida decía:
-¿Arthur?
Cerré la puerta en silencio y me escabullí porche abajo con mi bolsa.
Una vez fuera, tenía que pensar qué hacer.
Me acerqué al coche, vigilando que Liam no se hubiese quedado allí a dormir. No, estaba vacío. Me pregunté vagamente dónde se habría metido aquel chico mientras probaba la puerta. No me lo podía creer, ¡estaba abierto!
Pensé rápidamente. Abrí la puerta de atrás y dejé allí la bolsa con mi ropa. Después, revisé la guantera hasta que hallé un mapa y mi móvil. Debía de habérmelo quitado mientras dormía.
El móvil estaba apagado y sin la tarjeta SIM, así que lo dejé allí. Pero el mapa indicaba que estábamos en una zona árida bastante lejana de mi ciudad, pero aún así en mi país.
Cerré las puertas y me encaminé hacia lo que creía que era el oeste. Era la dirección en donde se encontraba la ciudad más cercana. Apreté el paso, consciente de lo visible e indefensa que estaba allí, en medio de la tierra yerma amarilla y sin nada de vegetación ni piedras para esconderme. Solo yo, en medio de la nada.
Caminé varias horas, y a cada rato me alegraba de haber burlado a Liam y me maldecía por no haberme traído una botella de agua. A medida que el sol se alzaba en el horizonte, más calor hacía y más evidente se hacía mi borrachera del día anterior.
El algodón del cuello me daba mucho calor, de modo que me lo quité. Para mi sorpresa, estaba lleno de pus. Me toqué el cuello, pero no había nada fuera de lo normal. Me agaché, cavé un hoyo y enterré el algodón dentro.
Seguí caminando durante horas. Ya debían de ser las cuatro de la tarde, y estaba casi segura de que Liam estaría volviéndose loco buscándome. Empezaba a arrepentirme de haberme marchado. ¿Y si la veda de Alissa seguía abierta, y venían más zombies o seres sobrenaturales a por mí? Al menos, Liam me había tratado bien, para ser un secuestrador. No podía decir lo mismo del zombie.
Además, las tripas me rugían y estaba muy cansada. Tenía agujetas de haber peleado el día anterior con el zombie, y cada dos por tres me veía obligada a ponerme de cuclillas para recuperar el resuello.
Ojalá supiera quiénes me estaban persiguiendo y por qué. Además, Liam no había querido decirme a dónde me llevaba, lo cual había concitado mis sospechas desde el principio. ¿Tan malo era?
Lo que también me preocupaba era el motivo por el que me habían elegido a mí. No tenía nada que ver con sectas ni cosas raras. ¿Era porque descendía de alguien relacionado con ellas? ¿Simplemente buscaban una rubia de ojos color caramelo? No, Liam dijo que le habían encargado venir a por mí. Que daban una recompensa.
Todas estas preguntas hacían que me doliera la cabeza. Seguía caminando hacia delante, sin parar, deseando llegar ya a la civilización. Pero lo único que había conseguido en mi estúpida huída era perderme. Hacía mucho que había perdido de vista la casa y el coche, y aún no me había topado con la carretera que, según el mapa, había a medio camino entre mi posición inicial y la ciudad.
Debía de haber pasado una hora cuando empecé a tener ésa sensación de que te observan. Me volví, con el vello de la espalda erizado, pero no vi nada del otro mundo. Sólo un inacabable desierto.
Según seguía caminando, no podía evitar volver la cabeza, como tratando de pillar a mi observador, aunque sabía perfectamente que era imposible que alguien se pudiera esconder en aquella llanura sin fin.
Caminé un rato más, hasta que sentí su presencia a mi lado. Caminaba, como yo.
Evidentemente, era Liam. Lo supe desde que me sentí observada.
-Qué buen tiempo -comenté, mientras seguía caminando como si nada. Liam se limitaba a acomodar su paso al mío y a caminar a mi lado.
Asintió, como si fuera lo más normal del mundo.
-¿Cómo me has encontrado? -le dije, sin mirarle. Seguíamos caminando.
-Cuando volví a la casa, Arthur y Leslie estaban despiertos. Me vieron. Tuve que borrarles la memoria, lo que supuso una ventaja enorme para ti. Tardé bastante.
-Guay -Liam acababa de confesarme que no era humano, o al menos, que tenía poderes ocultos.
-Luego, vi que te habías llevado el mapa y me puse a rastrear la zona. No fue difícil encontrarte, después de deshacerme de los cuatro zombies que te acechaban.
Hubo un largo silencio, en el que tuve tiempo de ponerme histérica.
-¿Cuatro zombies? ¿Me estaban siguiendo todo el rato? -chillé, con la voz ronca. Me salió más bien como un gemido.
-Alissa -Liam me cogió por el brazo y me volvió hacia él. Por fin dejamos de caminar-. No sé si comprendes que alguien muy poderoso está tratando por todos los medios de secuestrarte o matarte. Quizá ambas. Ese alguien tiene a todos los siervos más espeluznantes dedicados a rastrearte y a encontrarte. ¡No puedes ir por ahí pensando que, como te has escapado de mí, estás a salvo!
Parecía hasta preocupado por mí.
-¿Y qué propones? ¿Que me deje llevar hasta tu secta extraña para que allí me torturen o lo que sea que se proponen? No, gracias. Prefiero intentarlo al menos.
-No tienes ni una posibilidad entre mil de conseguirlo.
-¿Quién eres?
-Soy un humano, si es lo que te preocupa.
-Pues no lo pareces.
Liam gruñó.
-Entra en el coche y hablaremos.
De pronto, fui consciente de que el coche negro estaba aparcado detrás de mí. Imposible que no lo hubiese oído llegar.
De mala gana, entré en el asiento de copiloto. No iba a volver a sentarme atrás, como los detenidos.
Él abrió la puerta del asiento del conductor y puso en marcha el motor.
-Vale. Vamos por partes. ¿Cómo haces eso de aparecer de repente sin que yo me de cuenta?
-Son trucos mentales sin importancia. Eres bastante ingenua... nunca había encontrado a alguien tan fácil de engañar.
-Vaya, muchas gracias. Entonces, ¿así es cómo no te he visto cuando me daba la vuelta?
-Exacto. Y también puedo obligarte a hacer cosas, o a sentir cosas, que no son reales.
-Como cuando me llevaste sin resistencia al coche.
Asintió.
-Vale. Segunda pregunta: ¿qué clase de ser eres? O sea, ¿de dónde sacas los poderes y tal si eres humano?
Suspiró, como si no le gustara ese tema.
-Soy humano. Pero un humano a medias porque... bueno, se podría decir que vendí mi alma al diablo hace mucho tiempo.
-¿Al diablo, diablo?
-En persona. Fui un estúpido, pero gracias a ello sigo vivo. Aunque tengo que cumplir sus órdenes.
-Es él quien te ha ordenado que me raptes. No es ninguna secta, es la realidad -susurré. Vale, era mucho peor de lo que me había imaginado. ¿El diablo en persona le había puesto precio a mi cabeza? Estaba perdida.
-¿Y a dónde coño habías ido esta mañana, si sabías que yo estaba en peligro?
-Pues averiguando cómo llegar a donde tengo que llevarte, que es...
-... el infierno -le interrumpí, adivinando-. Me vas a llevar al infierno.
-Y me lo estás poniendo muy difícil.

Cap. 7: Vinagre y sus utilidades

Cuando desperté, Liam me estaba sacudiendo los hombros. Estaba tumbada horizontalmente ocupando los dos asientos traseros del coche. Al principio, me costó ubicarme; tenía un gran dolor de cabeza que hacía que me resultara difícil pensar. Liam me ayudó a salir del coche. Me tambaleé. La verdad, tenía mucha hambre y me pitaban los oídos.
-¿Qué me está pasando? -le dije, asustada.
-Es lo que ocurre cuando te ataca un zombie. Ha debido de arañarte o algo... si la herida se te infecta, estarás perdida. Ahora mismo, tu cuerpo trata de defenderse contra las células mutantes que amenazan con... bueno, con convertirte en lo que era él.
-¡¿En zombie?!- le chillé en la cara-. ¿Y me lo dices ahora? ¿Cómo puedo evitarlo?
-¡Shh! No hay nada que puedas hacer por el momento. Solo ven conmigo hasta la casa y veré qué puedo encontrarte.
En ese momento, me di cuenta de que estábamos aparcados a unos cien metros de una bonita casa en medio del campo. No quedaba duda de que eran personas adineradas. El porche se alumbraba con un tono cálido, y las ventanas del comedor se veían iluminadas.
-Dudo que éso está vacío.
-Espera y verás.
Liam desapareció de mi lado y le vi deslizarse hacia la casa. Iba directo hacia la puerta.
-¿Qué vas a hacer? ¿Les conoces? -susurré, nerviosa. Aquellos adinerados inquilinos podrían ser mi posibilidad de volver a casa. Pero, si ellos estaban con Liam... entonces no había salida.
Liam subió al porche y llamó al timbre. Noté que se comportaba como si todo aquello fuera normal, como si él no acabara de raptar a una chica en un callejón oscuro y de conducir un llamativo coche por toda la ciudad sin problemas (a pesar de que estaba segura de que no había cumplido la edad necesaria para ser legal).
Unos instantes después, un hombre rechoncho y de rostro afable abrió la puerta. Liam murmuró unas palabras, y éste le dejó pasar. Cerraron la puerta. Me quedé sola en el exterior, sintiéndome como una idiota. Quería escapar, pero estaba en medio de una llanura con nada en kilómetros de distancia, con una probable infección zombie encima y el único que parecía saber cómo se curaba era Liam. Por tanto, más me convenía seguir a su lado, al menos de momento.
Unos cuantos minutos después, se oyó un ruido sordo y Liam se asomó a la puerta.
-Hecho. ¿Pasas o qué?
Entré corriendo al salón. Allí se encontraba el hombre que había invitado a entrar a Liam y, presumiblemente, su esposa, ambos tirados en el suelo.
-¿Están muertos? -dije, arrodillándome a su lado y tomándoles el pulso.
-No, no. Demasiado cantoso. Despertarán mañana con un montón de migraña y sin recordar la noche anterior. Con un poco de suerte, pensarán que bebieron demasiado -señaló una mesa cercana, donde había una botella de tequila. Suspiré y me senté en un sofá.
-Vale. Ahora, quítame ésta infección zombie o lo que sea, antes de que me vuelva verde y quiera comer tu cerebro.
Se rió quedamente mientras revisaba la habitación, probablemente en busca de otros inquilinos. No había más. Imaginé que ya habría hablado con la pareja lo suficiente como para saber que vivían solos.
Después, arrastró los cuerpos inertes hasta un sofá cercano y los dejó allí, como si se hubieran quedado dormidos. Daba mucho mal rollo estar sentada enfrente de ellos.
-Antes que nada, busca el arañazo que te ha hecho. Yo voy a la cocina a por un poco de vinagre.
No pregunté. Me dediqué a inspeccionar mis brazos, mi cara y mi cintura. Finalmente, encontré un arañazo considerable en el cuello. Lo curioso era que no me dolía, aunque cuando pasé los dedos por encima, me quemó las yemas. Era igual que la piel del zombie.
-¿Liam? Esto no tiene buena pinta.
-Nunca la tiene -gruñó él, regresando de la cocina con un frasco de vinagre de vino blanco en la mano. Me estremecí al verlo. Tenía que escocer.
-Primero: ¿para qué sirve el vinagre? -murmuré.
-Para aliñar ensaladas y tratar heridas causadas por un zombie.
-Pero, ¿por qué?
-Mira, el vinagre sirve para conservar las cosas. En otras palabras, impide que los virus entren y lo corrompan. Bueno, pues eso mismo vamos a hacer en tu herida -mientras hablaba, iba empapando vinagre en un pedazo de algodón.
-¿Me va a doler?
-Bastante.
Agradecí que no me mintiera, y cuando fue a ponerme el algodón en el cuello, donde le señalé, se lo quité de las manos y me lo apreté yo misma.
El dolor fue casi innmediato.
Primero sentí un hormigueo desagradable, como si un montón de hormiguan treparan por mi piel. Después, un escalofrío me sacudió de arriba a abajo. Y entonces, un ardor intenso me invadió y se me llenaron los ojos de lágrimas.
-¿Liam?
-¿Sí?
-¿Me pasas el tequila? -traté de controlar mi voz para que no dejara translucir el dolor que me atenazaba.
Se rió de nuevo. Me enfadaría porque se burlaba de mi sufrimiento, pero no tenía energías. Cada fibra de mi ser estaba concentrada en el dolor del cuello.
Quería quitarme el algodón, pero Liam me lo apretó con fuerza con un esparadrapo y me obligó a apoyarme en el sofá. Luego, me alcanzó la botella de tequila.
Me eché un trago tan rápido que el ardor de la garganta se sumó al de mi piel infectada. Pero el tequila mejoró el dolor. En unos minutos, ya casi no era consciente del desagradable picor que sentía en el cuello.