jueves, 1 de noviembre de 2012

Cap. 19: Huyendo

No me fue difícil subir a un bus atestado de gente sin comprar billete; engañé al conductor y a un par de personas que me miraron fijamente y me fui a los asientos del fondo, donde extendí un mapa de la zona que había encontrado en un puesto turístico de camino a la parada. Estaba en el sur del país, demasiado al sur para el tiempo que habíamos viajado Liam y yo. No me cabía en la cabeza que hubiéramos podido llegar tan lejos, pero recordé que Liam tenía ayuda sobrenatural y se me ocurrió que quizá habíamos hecho alguna especie de 'recorrido exprés' al estilo monstruoso. Cuando amaneció, se me encogió el estómago al imaginarme a Liam levantarse y ver mi nota en la mesilla. Se sentiría traicionado, claro. ¿Quién podría evitarlo cuando alguien en quien confías huye de ti sin dejar más explicación que una carta excusándose? Seguro que acabaría por odiarme. ¿Y quién se lo reprocharía? Lo mejor sería que ambos nos olvidáramos el uno del otro lo antes posible, para poder volver a retomar nuestras vidas.
Hice un par de transbordos en autocares de largo recorrido, y al final terminé en el noroeste, cerca de la playa. Había recorrido medio país en un solo día, sin dinero y huyendo. No estaba mal para ser mi primera vez.
La razón por la que había escogido aquella ciudad era que probablemente había sido lo más parecido a un hogar que había tenido antes de mi casa en la capital. Cuando era pequeña, mis padres viajaban mucho, por razones de trabajo, y yo no había pasado más de un año en un mismo lugar. Pero todos los veranos, sin excepción, visitábamos la playa, alquilando un piso al lado de la playa durante unas semanas. Eran los días más felices de mi vida; adoraba el mar.
De modo que, al llegar a la tan conocida plaza donde había jugado de pequeña, no pude evitar suspirar de alivio. ¿Había llegado a un lugar seguro? Liam no podía saber lo mucho que significaba aquel lugar para mí... ¿o sí? ¿Lo habría leído en mi mente antes de que la barrera se activase en ella? Pensé que iba a cambiar de hotel cada noche por si acaso.
Pero ahora tenía tiempo libre, demasiado tiempo libre. Ser una fugitiva tenía su gancho cuando ibas acompañada de un chico perfecto que te protegía de los monstruos y te enseñaba a hacer cosas con tus poderes mentales, pero ahora que me había ido, me di cuenta de lo sola que estaba. Recordé el lugar donde solía ir cuando era pequeña y me escapaba de casa por la noche para ir a ver el mar desde otra perpectiva. Ahora que lo pensaba, de pequeña siempre me había gustado la noche; era como mi refugio, a los adultos les era difícil verme y yo podía escurrirme por debajo de ellos y salir corriendo, con la ligereza de una cría, a donde nadie pudiera encontrarme. Mis padres confiaban en mí y no se preocupaban demasiado cada vez que desaparecía; si me escondía era porque necesitaba estar sola, y además siempre volvía un par de horas después para pedir un bocadillo de queso, mi manjar favorito de aquella época.
Así que enfilé hacia la playa. Al llegar a la arena, me quité los zapatos, a pesar del frío que hacía en aquella época del año y del viento lluvioso que amenazaba con tirarnos a todas las personas que nos atrevíamos a pasear por la playa. Metí los pies en el agua y caminé hacia los acantilados, en el extremo derecho, donde la suave arena se convertía en escarpadas rocas. Si mis padres hubieran sabido que siempre iba allí, quizá no hubieran estado tan tranquilos cuando desaparecía. La gente iba disminuyendo según me acercaba a las rocas, hasta desaparecer gradualmente. Me puse los zapatos y empecé a escalar.
La gente no estaba interesada, o tenía miedo, o no lo sabía, pero mi pequeño secreto era la cueva que había a media altura del acantilado. Las olas no llegaban a salpicar, pero tú tenías todo el océano por delante y sentías rugir el mar con toda su fuerza; a veces daba miedo, y te hacía sentirte insignificante frente a aquellas aguas que lo habían visto todo.
Me encaramé a la entrada de la cueva y me senté con los pies colgando por el borde. Hacía frío, claro, pero las vistas compensaban todo lo demás. Recordé cómo me acurrucaba en aquella cueva de pequeña, y la verdadera razón por la que me gustaba ir allí.
No le había hablado a nadie de la cueva, excepto a él. Danny había sido mi amigo desde prácticamente siempre; vivía con su familia en una casucha que desafiaba al mar casi en el borde del precipicio. Solíamos ir juntos a la cueva y pasar horas hablando y riendo; con él no tenía que fingir. Era incluso más real que mi amistad con mis amigos del instituto, a los que veía todos los días. Danny había sido el mejor amigo que necesitaría tener ahora mismo a mi lado, pero que no estaba.
Danny murió cuando yo tenía ocho años. Cruzó la carretera para recoger una pelota que había salido rodando, y un camión le arrolló. Aquella época fue la más confusa de mi vida; vivía entre una bruma. El entierro, las palabras de consuelo de todo el mundo, el rictus doloroso en el rostro de su madre... Yo sólo sentía que Danny no estaba. Perdí el interés por comer, hasta el punto de que mis padres me llevaron al médico y me recetaron unas pastillas que me dejaban atontada unas horas. Me pasaba el día en la cueva, llorando en la soledad, viendo desaparecer los vestigios de la presencia de Danny entre las rocas. Habían pasado seis años desde entonces, y era la primera vez que volvía a aquella ciudad. Mis padres decidieron ir a veranear a otro sitio a partir de entonces, por los malos recuerdos. A mí no me había importado; Danny ya no estaba allí, ¿por qué iba a volver?
Entonces fue cuando me di cuenta. Aquella cueva ya no era lo mismo; estaba segura de que había pasado seis años desierta. Todo recuerdo que pudiese quedar de Danny o de mí... el tiempo lo había borrado. Aquella cueva ya no era la nuestra. Era más pequeña de lo que recordaba, era más fría y estaba más sucia. Y Danny no había estado allí en tanto tiempo... apenas se percibía su presencia entre las piedras donde solía repantigarse y mirar el cielo nocturno a mi lado.
No pude soportar estar más tiempo en aquella cueva desconocida. De algún modo, que hubiera sido tan importante para mí en otro tiempo hacía que ahora fuera insoportable estar allí. Salí del acantilado y caminé sin rumbo, observando el sol bajar por el horizonte hasta teñir el cielo de naranja. Primer día sin Liam. ¿Qué estaría haciendo? ¿Habría entendido mi carta y estaría volviendo a su normalidad? ¿Mentiría al diablo?
Me encontré frente a una tienda de licor y entré a pedir una botella de vodka. El tendero me reconoció de la televisión y tuve que borrarle la memoria, pero no olvidé llevarme el vodka. Esta noche lo necesitaba.
Mis pasos me llevaron hasta el cementerio, que a estas horas (las diez de la noche) estaba cerrado. Di un par de vueltas por la calle hasta que, en un momento en el que estaba vacía, me encaramé a la valla y la salté, internándome en la oscuridad de los muertos.
No tenía luz, pero tampoco se veía tan mal. Avancé por el césped, entre las tumbas, hasta que encontré la de Danny. Sólo había estado allí una vez, y fue hace mucho tiempo; el día que le enterraron. Pero lo recordaba como si fuera ayer. Me habían obligado a vestirme de negro, pero a Danny le gustaban los colores. Le habían hecho un funeral católico, mientras que Danny no creía en Dios. Todas las personas lloraban y se lamentaban, y yo no podía evitar pensar que a Danny le hubiera gustado una despedida alegre, un funeral lleno de buenos recuerdos y promesas de futuro para los que nos quedábamos.
Me arrodillé frente a la tumba y aparté una bola de papel de aluminio del bocadillo de alguien que había acabado sobre su fecha de nacimiento. Había un ramo de flores resecas, que debían de llevar allí semanas. Había plantas trepando por la lápida, pero pensé que a Danny no le molestarían, así que las dejé así.
Suspiré. ¿Qué estaba haciendo? Danny llevaba muerto seis años. Probablemente ni su madre se pasaba por allí más de un par de veces al mes. Sacudí la cabeza mientras destapaba el vodka y bebía un trago. El calor me recorrió la garganta y me hizo sentirme un poco mejor.
-¿Qué hay, Danny? -hacía tanto frío que una nubecilla blanca se escurría entre mis dientes cada vez que espiraba. Bebí otro trago-. Te preguntarás qué hago aquí.
Me apoyé en su tumba, deseando que no fuera tan dura ni tan fría. A lo mejor, si me concentraba, podía imaginar que estaba acurrucada a su lado y no sola en un cementerio.
-Pues... yo tampoco tengo la respuesta. Me gustaría decir que he crecido y me he vuelto más sabia y ahora tengo una vida estable de la que sentirme orgullosa... pero, joder, ahora mismo me siento como la cría que conocías, escapándome de casa como antes. Ni siquiera sé qué estoy haciendo con mi vida, pero eso no importa, porque probablemente el año que viene ya estaré muerta. El diablo me busca, ¿sabes? Sí, existe. Igual resulta que Dios también existe, ¿sabes? Ya sé que tú nunca creíste, pero no me gustaría saber que sólo existe el mal en el mundo.
Guardé silencio un rato.
-Siento lo de tu funeral. Fue una mierda de despedida. Deberíamos haberte hecho algo digno... y ya sé que querías ser incinerado. Pero sólo tenía ocho años, Dan. Nadie debería pasar por éso con ocho años.
Bajé la cabeza.
-¿Sabes qué? Los monstruos existen. He visto un zombie, y un vampiro... un amigo mío vendió su alma al diablo y tiene cien años -bebí más vodka, sintiendo los primeros efectos del alcohol-. Me he escapado de casa. Ahora mismo me están buscando por todo el país. Bueno, en realidad me secuestraron... pero ahora podría volver, y no lo he hecho. No puedo ponerles en peligro, ¿sabes?
El silencio era demasiado audible. Estaba hablando sola, pero el alcohol ayudaba.
-Ojalá estuvieras aquí. Tú sabrías qué decir.
Me quedé un rato pensando en las cosas que solía hacer; cuando solo era una chica normal yendo al instituto y tonteando con chicos. Me reí al pensar en el trabajo sobre Halloween que había tenido que hacer. ¿Era una broma del destino o de mi tutor? No había tenido mucho tiempo para pensar en él, pero sabía que había algo raro en él. Sabía lo de los monstruos, desde luego. ¿Y qué? ¿Me había intentado ayudar o matar? Porque entonces me había parecido que el zombie le obedecía, pero quizá simplemente sabía como ahuyentarlos. No debía olvidar que él me había dado la pista para escabullirme el primer día...
Me estremecí al pensar que sólo quedaban tres semanas para Halloween. ¿Serían verdad los mitos? Nunca había visto zombies por la calle el 31 de octubre, pero quién sabe... Estaba aprendiendo que nada es lo que parece.
-Danny... te odio por haberte ido. Me dejaste aquí, plantada, en un mundo que no es el mío. ¿O acaso me ves cenando con mi familia mientras vemos el telediario, como todo el mundo? Antes éramos dos bichos raros, pero ahora lo soy yo sola. Es un peso horrible. ¿Es que no me ves? Aquí estoy, hablando con una piedra que tiene tu nombre tallado en ella. ¿Cómo se supone que voy a sobrevivir a todo esto sin ti, compañero? -apoyé la cabeza en su lápida-. A veces me gustaría que me mataran ya de una vez, ¿sabes? Por fin podría olvidarme de todo. No más luchar, no más preocuparme. Pero entonces el lugar que solía ocupar en el mundo se quedaría vacío, y los que lo sufrirían serían todos los que me querían. Yo sé muy bien lo que es eso, Danny. Es la mejor forma de arruinarle la vida a una cría de ocho años.
Me mordí el labio inferior.
-No te estoy echando la culpa. Ya sé que, si hubieras podido elegir, no habrías cruzado aquella carretera. Pero todo es tan injusto... ¿quién merece morir antes de haber empezado a vivir? Ni siquiera habías cumplido tu sueño de construir un barco. Se quedó a medias, como todo lo demás en tu vida. ¿Cuántos años tenías, once? Lo miraría en tu tumba, pero los números no se quedan quietos. Estoy borracha, Danny. Ahora eso es todo a lo que puedo esperar; beber en solitario mientras me escondo entre las sombras para que ni Liam ni el diablo ni cualquier otro monstruo a sueldo me encuentren. Es deprimente.
No estaba llorando. ¿Por qué? Era lo que vivía todos los días; si no lloraba entonces, no iba a llorar ahora.
-Creo que debería irme ya, amigo. Espero que... bueno, que me hayas oído, ya sabes.
Me levanté y caminé arrastrando los pies hasta la verja, y con dificultad la salté. No tenía nada de ganas de ir a un hotel, así que me quedé vagabundeando por las calles (eran casi las once y mañana era lunes, así que no había casi nadie por allí). Entonces, escuché unos pasos precipitados. Me di la vuelta y vi a una chica corriendo calle arriba; tenía el pelo teñido de rojo y los ojos negros llenos de terror. Algo la seguía de cerca; algo que ladeaba mucho la cabeza y caminaba de una forma andrajosa, como si estuviera herido.
Gruñí. ¿Era posible que me volviera a encontrar un zombie? Eran como una plaga; en cuanto ése zombie me viera, me seguiría hasta matarme o que lo matara yo a él. Pero, ¿qué iba a hacer sin el cuchillo de Liam? La chica me chilló algo, que no oí. Estaba demasiado concentrada mirando mi botella de vodka. El vinagre curaba la infección, ¿y si el vodka también lo hacía? Técnicamente, ambos conservaban, ¿no?
De todas formas, aunque el vodka funcionase no garantizaría que matara al zombie; quizá solo funcionaba sobre heridas.
Pero, ¿qué otra opción tenía? El zombie ya me había visto y se dirigía hacia mí, y correr no me serviría de nada. Me acosaría hasta pillarme desprevenida.
Cuando el zombie estuvo a un metro de mí, le tiré el vodka a la cara. La botella se rompió y el líquido le recorrió el pseudo-rostro. Él (ello) empezó a gruñir, mientras su piel verdosa y desgarrada se consumía lentamente. ¡Funcionaba! La piel de la cara se le quemó y sus brazos se empezaron a descomponer. Al final, a mis pies se encontraba un montoncito de huesos y polvo que me provocó nauseas.
La chica me observaba, dudando entre salir corriendo y dar las gracias.
-Soy Alissa -le dije, tendiéndole la mano.
-Elie -susurró, dándome la mano-. Eres la de la tele, ¿verdad?
Gruñí.
-Supongo. ¿Por qué te perseguía ése zombie?
-Dijo... dijo algo de que iba a hacer algo en el futuro... que no quería que... algo de que el diablo no quería que hiciera algo...
Me tensé.
-¿El diablo? ¿Qué sabes del diablo?
-Bueno, a ti tampoco te ha sorprendido mucho, ¿verdad? Yo soy una bruja, y tú, ¿qué eres?

No hay comentarios:

Publicar un comentario