-¿Cómo es posible que no sepas cómo entrar al infierno? -pregunté. Llevaba media hora interrogando a Liam sobre los seres sobrenaturales, el infierno, el diablo y demás cosas que deberían asustarme, pero que en realidad sólo me suscitaban curiosidad.
-No es tan fácil. Nunca he estado allí personalmente, porque no es un lugar muy... agradable, que digamos. Allí van los seres humanos más malvados, después de morir. De allí salen los zombies y todo tipo de monstruos.
-Pero, a ver, ¿cómo piensas averiguar el camino?
-Esta mañana fui a pedir cita con un demonio muy poderoso. Estoy seguro de que él me dará alguna pista, pero nunca me dirá directamente cómo llegar al infierno. Está prohibido.
-¿Quién se enteraría?
-Lo saben todo, Alissa. Si yo, o cualquier otra persona, dice cómo entrar en el infierno en voz alta, aquí, en la superficie... será aniquilado por las llamas.
-Es bueno saberlo.
Hubo un breve silencio:
-Liam -dije, midiendo mis palabras-. ¿Por qué me cuentas todo esto? Se supone que no debería saber nada, ¿verdad?
-Es verdad.
Otro silencio.
-¿Y?
-Es que no puedo soportar tener que llevarte al infierno sin saber de qué va todo. No me han prohibido expresamente que te lo diga. De hecho, no creo que se esperaran que fueras tan... curiosa. Supongo que esperaban que te pusieras a llorar a las primeras de cambio y me dejases en paz el resto del trayecto.
-¿En serio?
Se encogió de hombros. Miré por la ventanilla. Habíamos salido del desierto (resulta que todo el rato había estado yendo en la dirección contraria, de modo que hubiera tardado más de una semana en encontrar vida) y nos habíamos internado en una pequeña zona comercial, con algunas chabolas, fábricas decrépitas, almacenes y, más que nada, clubs.
Liam me había convencido de no volver a intentar escapar nunca más. Con él estaba segura (bueno, al menos hasta que llegase al infierno) pero si me iba, no sólo me volverían a encontrar enseguida sino que serían otros más crueles y quizá prefirieran matarme antes que entregarme al diablo.
Liam me había contado que existían demonios, vampiros, hombres lobo, brujas, zombies, fantasmas, furias, etc. y que todos ellos estaban volcados a encontrarme porque el diablo había ofrecido la eternidad a quien me matase y la inmortalidad a quien me le llevase viva.
-¿Qué diferencia hay...? -empecé a preguntar, pero él ya se me había adelantado.
-La eternidad significa no envejecer; si no te matan, puedes vivir eternamente. Pero la inmortalidad supone inmunidad casi completa. Sólo teniendo una daga o veneno de sangre se puede matar a un inmortal.
-¿Cómo de sangre?
-Significa que se vuelven mágicos haciendo un sacrificio.
Asentí. Tenía tantas preguntas... pero no quería meter a Liam en problemas por contarme éstas cosas. Después de pensar ésto dos veces, y recordar que él me había secuestrado para llevarme al infierno, sacudí la cabeza y dije:
-¿Cómo puedo defenderme de los monstruos del infierno, Liam?
-No puedes.
-Pero tiene que haber una manera...
-Tú, no. Eres demasiado débil, Alissa. Cualquiera de nosotros podría obligarte a hacer algo y tú no enterarias. No me refiero a algo físico, sino mental.
Abrí la guantera y puse el mapa dentro, que había llevado en las manos todo el rato desde que entré al coche.
Él se rió quedamente:
-¿Lo ves?
-¿El qué?
-No has sido tú la que ha enviado la orden de guardar el mapa; yo te he obligado a hacerlo y no te has dado ni cuenta.
-¡¿Qué?! -exclamé, flexionando los dedos para asegurarme de que yo tenía el control sobre mis manos.
Se rió de nuevo.
-Qué gracia -gruñí. Estuve un rato mirando por la ventana, y finalmente dije-: Liam, quiero que me enseñes a protegerme de ese control mental. Así, al menos, tendré algo para defenderme cuando esté en el infierno.
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