Pero, ¿a quien? No tenía a nadie que me conociera lo suficiente como para saber cuándo bromeaba y cuándo decía la verdad. Ojalá no fuera tan vacilona. Si fuera seria, la gente me creería. Pero, ¿quién iba a tomarse en serio lo de que un zombie perseguía a Alissa? ¿Después de lo del perro que sobrevoló la clase, supuestamente, la razón por la cual tiré un avioncito de papel, para darle? ¿Y del duende que vivía debajo de un coche, que no me dejaba pasar si no le daba el almuerzo, y que por su culpa siempre llegaba tarde?
Joder, ojalá no hubiera contado todas esas gilipolleces. Obviamente, todo el mundo se reía. Pero ahora pensarán que es una broma más, sólo. No importa cuánto jure y perjure que es cierto.
Mali me acompañaría a casa si se lo pedía. Ella era una amiga leal, y no me pediría explicaciones. Pero, entonces, ¿qué pasaría con ella al volver? ¿Nos seguiría el zombie a ambas?
No, no pensaba poner en peligro a la tranquila y cariñosa Mali.
¿Y Sergio? Decididamente, Sergio me acompañaría a donde fuera. No le tenía miedo a nada, pensé con una sonrisa. Aquella vez que Ellen amenazó con azuzarme a su primo, el camello del instituto, Sergio fue el único que se atrevió a defenderme. De hecho, tuvo una pelea bastante gorda con el chico, pero al menos sirvió para que nos dejara en paz.
Me daba igual. No iba a poner a Sergio en peligro. Nos conocíamos desde los 4 años y él era, en realidad, el único que podría llegar a creerme.
Otro método más fácil de que me creyeran era sacarme una foto con el zombie.
Claro, que no llegaría viva a enseñarla. Ni siquiera a subirla al Tuenti.
¿Qué podía hacer entonces? ¿Esconderme entre la gente a la salida? ¿Juntarme con los de bachillerato que siempre iban de veinte en veinte?
Nada me parecía servible. El zombie me encontraría. ¿Cómo, si no, me había visto desde la azotea del edificio, y después había venido justo al lado del recreo donde estaba yo?
* * *
Esperé a que sonara la sirena para bajar corriendo al despacho de mi tutor. Se encontraba allí, en silencio, leyendo un ensayo y tamborileando con los dedos sobre su escritorio. Llamé a la puerta y aguardé a que acabara. Tardó un tiempo precioso en atenderme, y cuando lo hizo tuve la certeza de que, cuando saliera del instituto, saldría tarde y sola.
-Ah, bien, Jones. Tienes el trabajo -dijo, con voz de despistado, mientras tomaba el fajo de hojas que yo te tendía apresuradamente. Hice ademán de irme, pero me retuvo-. Espera, espera. ¿Qué te ha parecido el tema?
-Ha estado muy bien. Muy interesante -dije sin pensarlo mucho. No podía dejar de oír cómo los sonidos de los alumnos en el pasillo se iban reduciendo cada vez más.
-¿Y? ¿Hay algo que te haya llamado la atención?
-Bueno... es interesante lo de que se disfrazaban para ocultarse de los monstruos, ¿no? -murmuré.
-Exacto. Muy bien, muy bien. Nunca está de más saber truquillos de éstos, ¿verdad? Te harán falta, Alissa. Ya lo verás -se quedó un rato más admirando mi trabajo. No me atreví a irme. Ése tío iba a decidir si finalmente pasaba o no de curso-. Muy bien. A ver si te lo has aprendido bien. Puedes irte.
Salí del despacho del profesor pensativa. ¿A qué venía el rollo de que todo me iba a servir en la vida? ¿Me estaba mandando una indirecta?
De pronto, me di cuenta de que el pasillo estaba vacío. Ni siquiera el conserje estaba en su garita. Y juraría que, allá fuera, en la bruma, había una solitaria sombra ladeando la cabeza.
Joder.
Me escondí de nuevo tras el panel. Tenía que pensar algo. ¿Y si salia por la otra puerta? Pero no, estaba cerrada con llave. ¿Sería capaz de escalar la valla del patio? No, tardaría poco en verme ahí, encaramada a lo alto de los barrotes, y en venir a por mí. ¿Y por la ventana del despacho de la directora? Sí, ¿y qué le digo para irrumpir en su despacho y salir por la ventana?
Los minutos pasaban y no se me ocurría nada.
Tenía que haber alguna forma de burlar a aquellos zombies. Quiero decir, vale, estaban muertos, pero siempre había una forma de matarlos, en las películas, ¿no?
Habíamos visto que la luz del sol, no. Al menos, indirecta, porque no había habido ni un solo rayo de luz puro en todo el día, con la densa niebla y tal.
Parece que tampoco tenía miedo a las alturas. Y también una habilidad insospechada para meterse donde no le llamaban. ¿Cómo demonios habría conseguido la llave de la azotea desde la que me vigilaba?
La cosa no pintaba muy bien. 'Piensa, piensa', me obligué.
De pronto, se me ocurrió que probablemente estos zombies existían desde hacía muchísimo tiempo.
'¡Las leyendas! ¡Los celtas! ¡Halloween!'.
Claro. Me disfrazaría. Pero ¿de qué? No me iba a disfrazar de monstruo, como hacían los celtas, ¿no? Mi única opción consistía en cambiar de aspecto lo máximo posible. Quizá él no me reconocería. Al fin y al cabo, me estaba esperando a mí, ¿no? No seguiría a cualquier otra chica que saliera del instituto, solo a mí.
Me bastó un vistazo para saber que seguía allí. Sin atreverme a salir de mi escondite, me quité el abrigo y la chaqueta. Dejé el abrigo colgado del panel, esperando encontrarlo allí a la mañana siguiente. Me até la sudadera de la cintura, me enrollé los vaqueros hasta las rodillas y me hice un moño alto en la coronilla. Me estaba quedando helada, y era una estupidez pensar que no desentonaría de esa guisa por las calles en plena octubre (y tengo que decir, muy fría).
Pero quizá, sólo quizá, el zombie no era inteligente. Que estuviera programado para perseguir a la chica del abrigo blanco y los vaqueros, con el pelo claro suelto y los grandes ojos color miel asustados. Quizá no se daría cuenta de que me había cambiado de ropa.
Quizá, quizá... todo eran suposiciones.
No sabía qué hacer con la mochila. Al final, la invertí (dejando por fuera las costuras y la tela roja de dentro) y guardé los libros. Más o menos, estaba distinta, en cierto modo.
Al pasar por la garita del conserje, vi que tenía unas gafas de sol sobre la mesa. Era demasiado bueno para ser verdad.
Cuando salí, tuve que pasar a menos de un metro del monstruo. Estaba esperándome en la salida, justo al lado de la puerta donde se abrían las verjas del recreo. Temí que oyera mi corazón latir apresuradamente, pero parecía que era sordo. Traté por todos los medios de no alterar mi camino, de pasar a su lado como si fuera alguien normal, como si no fuera un zombie dispuesto a devorarme si me descubría.
Me fue bien. El bicho no me quitó la mirada de encima hasta que me perdí entre la niebla, pero no me siguió. Por si acaso, tras varios minutos de monótona caminata en línea recta, eché a correr.
Nadie me siguió esta vez. Creo.
BN! tia, pero pon mas combersacion que las parrafadas acaban casando
ResponderEliminarEs que a mi me gusta explayarme explicando como es cada cosa... además, intento transmitir lo solitaria que es la chica, lo poco que habla y se relaciona con los demás... 'vivos', por asi decir.
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